Misiones y obras sociales. Misioneros por necesidad

Religiosos, laicos y voluntarios misioneros

La mayor parte de los misioneros católicos forman parte de una congregación religiosa. Muchas de esas congregaciones han nacido con esta motivación; su estilo de vida favorece entregar tiempo y voluntad a tareas poco cómodas y sencillas; por último, su estructura interna les permite una presencia continuada y proyectos a largo plazo.

Hay congregaciones que han nacido exclusivamente para la misión. En otros casos, la misión ha sido una más de sus ocupaciones, a veces ni siquiera a la que han dedicado más esfuerzos y recursos. Es el caso de la Orden de Agustinos Recoletos. En ella, la misión es una necesidad, un imperativo, algo indispensable; pero no es su único modo de estar en el mundo, la única dedicación. Además de religiosos, religiosas y sacerdotes, en las misiones católicas había en 2010 un total de 316.836 laicos (Agencia Fides). Todo bautizado tiene un componente “misionero” ineludible, pues el cristiano no puede ser indiferente al mundo que le rodea, quedarse quieto ante quienes necesitan de él.

La Provincia de San Nicolás de Tolentino no cuenta con ningún laico misionero a tiempo completo. Sí existen en la Prelatura de Lábrea, en virtud de un acuerdo con asociaciones laicales brasileñas para la atención de algunos puestos misionales.

Además de esos “misioneros laicos profesionales”, el otro gran campo (y mucho más numeroso) de trabajo misionero está en el voluntariado, personas que por compromisos familiares o laborales no pueden llevar a cabo una dedicación completa y permanente a la solidaridad, pero dedican sus fines de semana, vacaciones y horas quitadas al ocio para ser y sentirse colaboradores de la misión. Aportan profesionalidad y recursos sin los cuales dejarían de tener efecto muchas de las obras misioneras.

El voluntariado no requiere una plena comunión ideológica o religiosa con la Iglesia. Por las misiones agustino-recoletas han pasado voluntarios adscritos a otras religiones o incluso no adscritos a ninguna, pero que han trabajado con empeño y con respeto por el bien de los beneficiados desde la estructura solidaria ofrecida por las misiones.

En estos casos, tan sólo se pide y ofrece a los voluntarios un respeto mutuo y una aceptación del trabajo y vida de los religiosos misioneros, de los valores y principios en los que basan su relación con la población local, así como algunos acuerdos de mínimos fácilmente alcanzables. Es más lo que une a dos personas empeñadas por un mundo justo y solidario que lo que les pueda separar en otros ámbitos.

La misión es, por tanto, algo abierto a todos y todas, desde sus posibilidades, desde su realidad, desde su compromiso e incluso desde su ideología. Nadie pide más de lo que se puede, pero bueno es no contentarse con menos de lo que se debe. La generosidad es un valor humano y uno de los testimonios más significativos en el mundo de hoy.

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