Misiones y obras sociales. Misioneros por necesidad

Misión, un término complejo y englobante

El concepto de misión ha estado rodeado de gestas heróicas, implicaciones políticas y sociales, justificaciones más o menos acertadas y cercanas a su sentido original e incluso de cierta confusión conceptual dentro de la Iglesia.

La palabra “misión” se generalizó en los siglos XVI y XVII para designar los “esfuerzos a favor de los no bautizados” y con vistas a la llamada “implantación de la Iglesia” entre los paganos. Anteriormente se designaron esos hechos como “apostolado”, “propagación de la fe” o “propagación de la salud”.

El carácter proselitista de lo “misionero” surgió en el periodo expansivo de los descubrimientos, cuando la única religión era uno de los pilares del Estado y salvaguarda de la unidad de los Imperios. Sin embargo, el sentido originario de la “misión” ignoraba esa connotación casi agresiva: “misión” o “envío”; indicaba más bien la “llegada del amor de Dios a los hombres”.

Con la palabra “misión” se han designado también algunos de los conceptos más íntimos de la fe cristiana. Así, en la concepción de Dios como una Trinidad de personas, al intercambio recíproco de amor y conocimiento entre Padre, Hijo y Espíritu Santo se le llamaba “misión” (“envío”). Y este modo de ser interior de Dios se transformaba en “misión” exterior en la creación (Padre), la redención (Hijo) y la continua asistencia e inspiración al cristiano (Espíritu Santo).

La “misión” es, ante todo, la expresión del amor de Dios manifestada como voluntad de salvación para toda persona en todos los tiempos. La motivación de la Iglesia misionera no obedece a un hecho pastoral, proselitista, mucho menos político. Es algo constitutivo de la propia Iglesia, está en su genética transmitida por generaciones de cristianos. Esta motivación no es otra que el amor de Dios a la humanidad, y especialmente a los que menos tienen en bienes materiales, en esperanzas, en poder. Los misioneros católicos no son agentes proselitistas, representantes de una multinacional, ni personas que desean a toda costa hacer del no creyente un miembro de su Iglesia. Anuncian a Cristo como liberación donde es más necesario, donde hay ausencia de los bienes mesiánicos, donde hay miedo, violencia, desgracia, conflictos, miseria, hambre, amargura, exilio, mortalidad infantil, abuso, explotación. No se trata de un “cometido exterior” de la Iglesia, sino su fundamento existencial.

Por ello no es la Iglesia la que decide la misión, sino que es la propia misión la que define el lugar donde la Iglesia ha de estar presente: donde falta el anuncio de Cristo, donde se carece de esperanza y de paz, donde falta Dios.

El destinatario de la misión es toda persona y lugar adonde deba llevarse el mensaje contrastante de la resurrección de Cristo y la redención del ser humano. El mundo muestra dónde debe haber un cristiano anunciando que Cristo vive.

El trato del misionero con ese mundo no está cargado de formas arrogantes, dictatoriales o impositivas. El modelo es Jesús de Nazaret, quien entrega su vida por los demás y, siendo Dios, se hace hombre para estar con los que sufren.

El misionero cristiano no es poseedor de la Verdad o de una técnica de desarrollo, sino un “sacramento”, un “Cristo” en medio de los que necesitan esperanza y que, como Cristo, se vacía a sí mismo, se libra de sus prejuicios y hasta de su raíz cultural, lingüística o social; no para predicarse a sí mismo, a su cultura, a su civilización o a su forma religiosa, sino a Cristo.

Misión no es el lugar donde la fe cristiana es una minoría, o donde la Iglesia carece de estructuras. Este concepto geográfico ha quedado superado, entre otras cosas porque el peso sociodemográfico del catolicismo ha variado mucho y porque muchas de esas Iglesias sin estructuras organizativas están mucho más vivas y son mucho más dinámicas que estructuras eclesiales con siglos de historia. La globalización también ha venido a dinamitar el significado geográfico de misión.

Misión, en su sentido original y en su concepto actual, es buscar los lugares donde es más necesario anunciar a Cristo, donde las desigualdades y la falta de ética política o económica han llevado al malvivir de muchos; a espacios de acción como los inmigrantes, las personas con dependencias químicas, los parados sin esperanza, las niñas que han sufrido abusos y explotación, los enfermos que no tienen quién les acompañe o la sociedad rica que adolece de valores y en la que la dignidad se pierde entre el mercantilismo o el consumismo.

Religiosos, laicos y voluntarios misioneros
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