san agustín. El árbol que plantó Agustín

Siglo XIX: invierno

La prueba definitiva de que se conserva un mínimo de vitalidad le llega a la planta cuando los elementos se conjuran contra ella: si sobrevive a la sequía y las heladas y reverdece, es porque conserva vida. Y la Recolección agustiniana se ve, durante el siglo XIX, machacada por las adversidades del tiempo.

Primero fue en España la Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1814), que se llevó por delante algunos conventos y dispersó a muchos religiosos; luego, el llamado Trienio Liberal (1821-1823) podó el árbol recoleto de sus ramas más débiles; finalmente, en 1835-1836, la desamortización echó de los conventos a casi todos mis frailes.

A partir de ahora, jurídicamente, no le queda a la Recolección más que Colombia y Filipinas. Y, tanto en España como enseguida en Colombia, se abre la etapa letárgica de los frailes exclaustrados, que viven dispersos en parroquias, ejerciendo el ministerio. De un plumazo, leyes inicuas han hecho de mi Recolección conventual y contemplativa una Orden entregada a la cura de almas en el Oriente, con tan sólo dos conventos: Monteagudo (Navarra, España) y Manila, donde se lleva vida de comunidad.

Durante todo este período, el centro y el horizonte de la Orden es Filipinas: allí se multiplican los recoletos, pasando en sesenta años de ochenta y seis -en 1837- a quinientos sesenta religiosos -en 1898-. Es la oleada misional más fuerte de la historia de la Orden, que inunda el interior del Archipiélago y lleva a cabo la labor de evangelización y colonización más importante de Filipinas.

Mientras, la Recolección está en situación de emergencia, con un sistema de gobierno excepcional, el de los Comisarios Apostólicos directamente nombrados por la Santa Sede. Claro que, aun en las situaciones más adversas, el fuerte temple de mis recoletos responde a la raza. Ahí están para demostrarlo hombres como los padres Gabino Sánchez, Toribio Minguella, Enrique Pérez..., y, por encima de todos, los santos: san Ezequiel Moreno y los siete mártires sacrificados en Motril (Granada, España) en 1936. Auténticos hijos de mi sangre, todos ellos; cada uno en su lugar correspondiente.


Primavera imprevista en América
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