san agustín. El árbol que plantó Agustín

Santos, sabios… y sombras

El siglo XVI es, por todo eso, un tiempo de auge y esplendor. La observancia ha cuajado, se ha convertido en una mentalidad. El protestantismo era, en el fondo, una fuerte llamada a la renovación. Y el concilio de Trento (1545-1563) no quería ser ni más ni menos que eso: una reforma. Los mismos gobernantes estaban decididos a llevar a los religiosos hasta el cenit de la renovación. Sobre todo en España; de modo especial con Felipe II.

En Castilla la Orden agustiniana brillaba con luz propia por su pléyade de santos y sabios. Lo cual no obsta para que existieran sombras que oscurecían este brillante panorama; la Observancia había llegado a englobar a toda la Provincia y, en consecuencia, había decaído bastante. Existían, como en otros tiempos, las exenciones, el apego a los cargos... Y muchos no lo podían soportar en este tiempo de espiritualidad vigorosa y exigente.

Los religiosos mejores vuelven a dejar oír su voz de protesta. Alonso de Orozco -que luego será beatificado- funda un convento de monjas de observan­cia estricta. Y en especial Luis de León, una de las figuras principales: catedrático de teo­lo­gía de la Universidad de Salamanca, gran estudioso de la Sagrada Escritura, poeta de altísimos vuelos... y, por temperamento y aspiración, fraile contestatario. Una y otra vez denuncia las faltas contra la comunidad, envía memoriales al rey y a los Capítulos, aspira a renovar la Provincia de Castilla.


Agustinos descalzos o recoletos
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