san agustín. El árbol que plantó Agustín

El camino de vuelta a casa

En este tiempo se agolparon los acontecimientos. Mi madre se ocupó de buscarme un buen partido para casarme con todas las de la ley. Pensaba que de este modo asentaría la cabeza. Debido a mi posición social, sólo podía casarme con una mujer de clase alta; así era entonces la vida. Por eso tuve que separarme de la compañera con la que había vivido tanto tiempo. La despedida fue muy triste, sobre todo para ella; ya no volvería a vernos, ni a mí ni a nuestro hijo Adeodato.

Agustín en Casiciaco. Santiago Bellido, lámina. Valladolid, 1999. Agustín en Casiciaco. Santiago Bellido, lámina. Valladolid, 1999.

También por los mismos días me topé con un círculo de intelectuales que estudiaban a unos filósofos llamados «neoplatónicos». Esto significó en mi vida el abandono definitivo del maniqueísmo y la luz para entrever el camino que lleva a la verdad. Decidí prepararme a dar el paso y hacerme cristiano. No es que Cristo hubiera desaparecido de mi horizonte vital. De una u otra forma, yo siempre lo había tenido presente y había alimentado la sospecha, o la esperanza, de que Él me llevaría a la verdad. Mi problema era que me había alejado de la Iglesia. Ahora quería volver a ella.

Con todo, aunque los sermones de Ambrosio y la lectura de los filósofos me abrían un camino luminoso, mi espíritu no estaba tranquilo. Yo seguía angustiado. Aún me acuerdo de aquel borracho que vi un día andando a trompicones, y recuerdo el comentario que hice a los amigos: aquel borracho era más feliz que yo; había ahogado sus penas en vino, mientras que yo, con toda mi ciencia, las seguía sufriendo.

Decidí confiarme a un tal Simpliciano, que era un sacerdote famoso por su vida y sabiduría. Él me recibió con cariño, y me recomendó leer las cartas de san Pablo. En ello estaba cuando vino a visitarme mi paisano Ponticiano. Al ver que me interesaba por estas cosas, comenzó a hablarme de los monasterios y de la vida que llevaban los monjes. Me contó la vida de Antonio, el monje del desierto egipcio, y la de unos jóvenes de Tréveris: todos habían abandonado riquezas y honores para servir a Dios y seguir con más libertad a Cristo. Y lo mismo habían hecho las novias de estos últimos, al enterarse. Se desató dentro de mí un torbellino: yo nunca había oído hablar de estas cosas y, a medida que Ponticiano iba contando, descubría que era eso lo que yo buscaba. ¡Claro que existía un modo de conocer, amar y entregarse plenamente a Dios! Ése era el camino.

Cuando se fue Ponticiano, yo estaba fuera de mí. Tenia unas ganas enormes de llorar, y me salí al jardín. Sí, aquel era el camino; pero no me atrevía a consagrarme a Dios y renunciar a las mujeres. El sexo me podía. Mientras lloraba, me imaginé a tanta gente de toda edad, sexo y condición social que sí lo había conseguido. ¿Y yo no iba a ser capaz? Oí entonces una voz infantil que canturreaba: «Toma y lee. Toma y lee». Sentí una punzada interior: aquello iba por mí. Cogí el libro de las cartas de san Pablo y leí donde estaba abierto: Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujuria ni desenfreno; nada de rivalidades ni envidias. Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer su concupiscencia (Rm 13, 13-14).

Dios tuvo misericordia de mí. Todo se terminó. Se deshizo el nudo que me oprimía el corazón. Me sentí con fuerzas para lo que fuese necesario y dichoso como nunca. Al fin era libre. ¡Libre! Ahora podía caminar, conocer a Dios y amar de verdad a los hermanos.

Alipio tuvo la misma experiencia que yo y los dos fuimos corriendo a contárselo a mi madre. Aquel día la casa fue el lugar más feliz del mundo. Todo fue nuevo para mí.


El nuevo Agustín
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