san agustín. El árbol que plantó Agustín

Captado por una secta

La revolución que este libro causó en mi espíritu me hizo empezar a buscar la verdad con auténtica pasión. Lo primero que hice fue ponerme a leer la biblia, pero -¡pobre de mí!- sólo valoraba la literatura brillante, y la desprecié. Entonces tropecé con una secta llamada de los «maniqueos», que me engañaron y me hice uno de ellos. Creía que me enseñarían el camino de la verdad, pero todo se quedó en promesas. Si queréis imaginaros lo que era, pensad en alguna de las sectas que abundan en vuestra sociedad, o en el mundo oscuro de la droga: era algo que te atenazaba, de lo que no podías desembarazarte. Conseguir librarme me costó muchos años y muchas lágrimas; sólo gracias a Cristo pude llegar a superarlo.

Al terminar mis estudios, ya maniqueo, regresé con mi mujer y con Adeodato a Tagaste. Allí abrí una escuela. Estuve poco tiempo, en parte porque quería hacer carrera, pero también porque se me murió un amigo. Tengo que confesar una cosa: junto al ansia de saber, la otra gran pasión de mi vida fue el amor y la amistad. De vuelta en Tagaste entablé una profunda amistad con un antiguo compañero de escuela. Ocurrió que, al poco tiempo, cayó enfermo y lo bautizaron estando inconsciente. Yo lo había arrastrado al maniqueísmo y pensaba que, al mejorar, despreciaría el bautismo. Cuál no será mi sorpresa al ver que a mis chanzas respondía totalmente en serio advirtiéndome que, si quería seguir siendo amigo suyo, tenía que respetarlo. Al poco tiempo, murió. Para mí fue un golpe tremendo. No pude seguir allí y me fui a vivir a Cartago. De él siempre he guardado un recuerdo maravilloso porque aprendí dos cosas importantes sobre la amistad: que debe ser sincera y respetuosa, y que es más fuerte cuando Cristo cuenta de verdad en tu vida.

También en Cartago estuve poco tiempo, el justo para ganar un concurso de poesía. Allí los estudiantes no tenían gran interés por el estudio, y además eran muy violentos; a veces, las bromas
y novatadas eran demasiado pesadas, hasta terminar en tragedia, con muertes incluso. Así que decidí marcharme a Roma, con mi mujer y mi hijo.

Tampoco me agradó Roma. Los alumnos eran más pacíficos que en Cartago, pero no pagaban al final del curso. Además me volvió a dar la enfermedad que tuve de niño, y otra vez estuve a punto de morir.

Aquí, en Roma, perdí ya del todo la ilusión por el maniqueísmo. Poco antes de salir de Cartago, me había llevado un chasco con un famoso dirigente, llamado Fausto. Todo el mundo lo ponderaba como la eminencia gris. Me decían que iba a solucionarme todas las preguntas e inquietudes que tenía, porque yo lo leía todo y no llegaba a ver claro lo que decían los maniqueos. Pero vi que el tal Fausto era un pobre charlatán; algo más hábil que los demás, pero de ahí no pasaba. Y en Roma se me terminaron de abrir los ojos. Se quiso organizar una especie de comunidad donde vivir con todo rigor lo que predicaban, y los primeros en echarse atrás fueron los maestros de la secta, poniendo toda clase de excusas. Entonces lo vi claro: lo único que preten­dían era vivir a costa de la gente crédula que se dejaba engañar.

Estando todavía allí, llegó uno de mis mejores amigos: Alipio. Nuestra amistad había empezado cuando yo era profesor en Tagaste. Él era de familia rica, y más joven que yo. Habíamos tenido nuestras discusiones y nuestros enfados, y hasta habíamos estado temporadas sin hablarnos; pero la amistad se había mantenido. En Roma volvimos a juntarnos, y a partir de entonces nuestras vidas irán siempre unidas.

Visto lo visto, busqué la primera ocasión para irme de aquella ciudad. La oportunidad surgió cuando se convocaron oposiciones para la cátedra de retórica en Milán, que era entonces la capital del Imperio. Tuve suerte y las gané. En cuanto pude, me trasladé a mi nuevo destino.


Ambrosio
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