Domingo V de Cuaresma: Al menos un árbol

«Quien quiera acercarse a Jesús, quien quiera seguirlo, tendrá que mirarlo como el que da la vida, dando su propia vida, echándose en el surco en el que le toque vivir. El único límite al compromiso del seguimiento es la muerte. Así de radical. Nos pasamos la vida tratando de evitar sufrimientos y problemas. La cultura del bienestar nos empuja a todos a organizarnos de la manera más cómoda y placentera posible. Es el ideal supremo. Sin embargo, hay sufrimientos y renuncias que es necesario asumir si queremos que nuestra vida sea fecunda y creativa».
pastoral | 18 mar 2018

Cuentan que hace años el gobierno filipino no permitía salir a ningún extranjero que tras una larga estancia en el país no pudiera certificar que había plantado un árbol. Había que dejar una huella para la posteridad y el futuro del país.

Falta muy poco para la celebración de la Pascua. Las lecturas de hoy nos presentan como el Padre y el Hijo abren su corazón y dejan salir sus sentimientos a borbotones. Mientras que a Jesús le aflige el miedo, el fracaso y la amenaza de la muerte; Jeremías nos presenta como a Dios se le parte el corazón porque todas las alianzas selladas antaño se han roto. Pero reacciona con generosidad. La “alianza nueva” estará asentada en el corazón de cada persona. “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.

En el evangelio, Jesús va al grano. Pocas frases encontramos tan desafiantes como estas palabras: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». La idea de Jesús es clara. Con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo, que tiene que morir para liberar toda su energía y producir fruto, muere para levantarse trayendo consigo nuevos granos y nueva vida. La muerte de Jesús, lejos de ser un fracaso, dará fecundidad a su vida. No lo olvidemos: solamente comunica la vida el darla, quien arriesga por el otro produce fruto.

Quien quiera acercarse a Jesús, quien quiera seguirlo, tendrá que mirarlo como el que da la vida, dando su propia vida, echándose en el surco en el que le toque vivir. El único límite al compromiso del seguimiento es la muerte. Así de radical. Nos pasamos la vida tratando de evitar sufrimientos y problemas. La cultura del bienestar nos empuja a todos a organizarnos de la manera más cómoda y placentera posible. Es el ideal supremo. Sin embargo, hay sufrimientos y renuncias que es necesario asumir si queremos que nuestra vida sea fecunda y creativa. La obsesión por la comodidad, por mantenernos al margen de lo que puede inquietarnos, nos empequeñece y enjaula. Yacemos adormecidos por la indiferencia que nos sirve de somnífero frente al sufrimiento ajeno y nos lleva a mirarnos a nosotros mismos a la vez que nos aleja del seguimiento de Jesús, aunque tengamos cara de santurrones. Si miramos para otro lado, la semilla caída en nosotros ha dado por fruto un cardo lleno de espinas. Puede que esto sea lo más inteligente y sensato para ser felices pero es un error. Seguramente, lograremos evitarnos algunos problemas y sinsabores, pero nuestro bienestar será cada vez más vacío, aburrido y estéril; nuestra religión cada vez más triste y egoísta. La solidaridad de lágrima de telediario, de chequera y de sofá no es suficiente. Debemos avanzar hacia el compromiso y hoy es necesario un compromiso firme por la vida, en todas sus dimensiones, y para todas las edades. El que se expone por el servicio a los demás, el que da de sí y de lo suyo, el que ama, es el que siembra vida, es el que planta árboles de los que otros se beneficiarán. Este es el camino para realizarse como persona y para ayudar a los demás: darse. De esta manera se rompen los diques, los cercos, se derriba el muro que nos aísla, y nos abrimos a los otros, a todos. De este modo, el que se entrega, fructifica él y ayuda a que se desarrollen los demás. La vida entregada es vida desarrollada y la vida en el amor engendra la posibilidad de vida verdadera en los demás.

En este domingo hemos de escuchar con calma a Jesús, dejando que sus palabras toquen nuestra vida más profunda, como el grano de trigo toca las entrañas de la tierra. Del encuentro con Jesús volvemos a la vida de cada día, pero para vivirla de otra manera, o por lo menos, intentarlo firmemente. Jesús nos pide ayuda para estar en la vida como quienes aman y dan la vida, como el grano de trigo. Si no, no seremos auténticos seguidores. No permitamos marcharnos de este mundo, sin antes haber plantado unos cuantos árboles que hagan dar fruto al Reino de Dios.

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