La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 11 del tiempo ordinario

Ez 17,22-24: Ensalzo los árboles humildes. Sal 91,2-3.13-14.15-16: Es bueno darte gracias, Señor. 2Cor 5,6-10: En destierro o en patria, nos esforzarnos en agradar al Señor. Mc 4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.
pastoral | 12 jun 2018

El presente nos urge, y el futuro, entre otras cosas, nos interroga, inquieta e intriga: ¿Qué será el día de mañana? ¿Cómo afrontarlo? Es de necesidad abrirnos a él para desarrollar nuestra personalidad. Podríamos proponernos, a partir de las lecturas de este domingo, centrar nuestra consideración en torno al futuro, apoyándonos siempre en la palabra de Dios. Porque el Dios, que sostiene el pasado y vitaliza el presente, delinea ya, vigorosamente, el futuro. Por nuestra parte, en respuesta a ello, hemos de agilizar sin descanso la confianza y la esperanza: esperamos lo que se nos promete y confiamos en el que las emitió y las sigue sosteniendo: “Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”, final de la primera lectura.

El hombre de Dios, el pueblo de Dios, vive de la esperanza. Se le asegura, desde arriba, un futuro. Es disposición de Dios. Y lo que Dios dispone, se realiza. Las imágenes, primera lectura y evangelio, provienen del mundo vegetal-agricultura: un árbol, prácticamente gigante, un cedro frondoso, según Ezequiel; un crecido arbusto, la mostaza, según Jesús. Ambos, en su ambiente, bosque, quizás, y huerto, sobresalen de lo común. La noticia, con todo, que nos lanza al futuro, no es su tamaño propiamente hablando, aunque las dos lecturas, más la primera que la segunda, insisten en ello, sino su capacidad de sostener la animación del entorno: los pájaros podrán anidar en ellos. La obra de Dios, su Reino de salvación, da capacidad de acogida y sostén a todos los pueblos. La magnitud viene señalada en la primera lectura como manifestación del poder de Dios, sobresaliente y excelsa. El contraste, lo diminuto, semilla, y lo crecido, la planta desarrollada, viene puesta de relieve por el evangelio. Una y otra, las imágenes, se complementan admirablemente: de una ramita, un gigante cedro; de una semilla, casi invisible, un lozano arbusto-árbol. No sólo sorprende la desproporción, sino que queda por admirar la capacidad de acoger a los pueblos.


La segunda imagen que nos ofrece el evangelio – la semilla, el crecimiento, la cosecha -, puede que nos haga reflexionar sobre la energía vital que mueve todo el proceso, al margen de la contribución humana; señalando con ello, la omnipotencia y exclusividad de la acción de Dios en la obra. Hay un futuro seguro, pues todo está colocado en la salvadora acción de Dios, anunciada por los profetas y puesta en movimiento por Cristo Jesús. ¿Qué nos toca hacer a nosotros? Primeramente acudir a cobijarnos en la obra de Dios; a continuación, no desentendernos de ella, por más que existencia, permanencia y crecimiento estén en sus manos.
En esta reflexión, nuestra respuesta a la obra de Dios, entran de lleno las palabras de Pablo, segunda lectura: “Siempre tenemos confianza …” Y la confianza se ancla en las promesas de Dios; de ninguna manera en nosotros mismos. La fe en Dios a través de Cristo mantiene en nosotros una actitud vital de expectativa hacia un porvenir que supera de raíz toda limitación humana. Suspiramos por ello; y suspiramos confiados. Pero, con el deseo anhelante de estar con él, percibimos la necesidad de mantenernos fieles a él, floreciendo en buenas obras; porque Dios, sin dejar de ser Padre, es Juez. De ahí la urgencia de “esforzarnos para agradarlo”. La obra es suya, pero es exigida nuestra colaboración.

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