La Palabra en la Eucaristía dominical: Pentecostés

Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar. Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. 1Co 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo espíritu, para for-mar un solo cuerpo. Jn 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
pastoral | 16 may 2018

Gran Solemnidad, precedida por una solemne Vigilia, semejante a la Vigilia Pascual, adornada de múltiples y jugosas lecturas, encendidos salmos y entrañables peticiones. Sería muy provechoso celebrarla. Porque hemos de ser instruidos sobre su contenido, hemos de cantarlo y hemos de abrir al cielo nuestros deseos y lanzar a lo alto nuestras más fervientes súplicas. Difícil pedir de corazón lo que no conocemos, ni cantar gozosos lo que no estimamos.

Y la Solemnidad de Pentecostés, en especial, nos descubre el misterio salvador de Dios, en su Trinidad de personas, nos eleva hacia lo eterno y nos implica en la relación cordial con Dios, con la Iglesia y con el mundo entero. La Solemnidad que celebramos goza de diversas lecturas según los ciclos A, B, C. Tan solo la primera es común a los tres. Y es la primera en la que nos vamos a detener especialmente.

El relato que nos presenta el Libro de los Hechos es, además de plástico, sugestivo. Los elementos que lo integran y los personajes que lo animan, rezuman simbolismo y realidad vivencial. Realidad, histórica podríamos decir, por cuanto que se nos indican el tiempo, el lugar y el grupo principal de los personajes. Simbolismo, por cuanto que la vivencia y el mensaje trasmitidos van más allá de lo que comúnmente puede ofrecernos un material de ese tipo, pues viene cargado de resonancias religiosas, bíblicas por lo general, que nos introducen en la revelación de Dios y nos hacen partícipes de ella.

Tan solo basta detenerse a considerar en particular y en conjunto, para formar una unidad mayor, los elementos: fuego, viento, casa, lenguas, estruendo, distintos pueblos y lenguas… Una gigantesca novedad irrumpe de lo alto, que quiere abrasar y transformar a lo divino el mundo entero: el Espíritu Santo con todos sus carismas, sonoridades, colorido y fuerza creativa. Con él una realidad nueva, un mundo nuevo, una vivencia religiosa nueva, una comunión con Dios y los hombres que supera y aglutina pueblos, razas, naciones y lenguas, un hombre nuevo en todas direcciones. La variedad y la unidad; fuerza centrípeta y centrífuga; irrompible cohesión y holgada diferenciación. Hemos de trabajar con ello. Forjadores de la unidad y sostenedores de la variedad. La diversidad en beneficio de la unidad, ¡viva y vibrante!, y la unidad en beneficio de la diversidad, ¡vibrante y viva también!

Las lecturas, segunda y evangelio, enriquecen admirablemente esta irrupción de lo alto. Es el gran don de Cristo Resucitado. Y resucitados seremos nosotros, si nos dejamos mover y conducir por la acción del Espíritu Santo.

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