La Palabra en la Eucaristía dominical: domingo III de Pascua

Hch 3,13-15.17-19: Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Sal 4,2.7.9: Haz brillar so-bre nosotros la luz de tu rostro, Señor. 1Jn 2,1-5a: Él es víc-tima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero. Lc 24,35-48: Así estaba escrito: el Me-sías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.
pastoral | 11 abr 2018

La inconsciencia del ser humano aminora en muchos casos la culpabilidad de sus acciones, pero no exime del arrepentimiento, una vez conocida la irregularidad o maldad de la acción. Es lo que, al parecer, mueve a Pedro a exculpar un tanto a sus oyentes, pero a instarles a un cambio de vida, reconocida la intervención de Dios en aquel contra el que actuaron de manera tan irresponsable. Porque no es solamente reconocer el mal que se hizo, dar muerte a un inocente, sino dar un cambio de rumbo a sus vidas, pues el “inocente” era el enviado de Dios para establecer un nuevo pacto con su pueblo. Necesario el arrepentimiento, necesaria la conversión. El perdón de los pecados, y se realizará en virtud de aquel a quien clavaron en la cruz, implica un seguimiento a su persona para entrar en la nueva relación con Dios. Proceso este que, iniciado desde dentro por la gracia divina, ha de ser secundado por la resolución del individuo. Aprovechemos la ocasión para la confesión de fe en Jesús, para la petición de perdón y para la renovación de nuestra adhesión a su persona, en el obrar de acuerdo con sus preceptos y normas.

Es lo que viene a poner de relieve Juan en su carta, segunda lectura, usando un vocabulario muy propio de él: Jesucristo, “propiciación por nuestros pecados”, el Justo, en él alcanzamos el perdón; comunión salvadora con él, mediante un “conocimiento” que nos lleva a una vida de acuerdo con el amor que nos profesa, “guardando sus mandamientos”. Esa es la verdad salvadora, la que constituye al hombre en condición de “salvado”.

Tras considerar la realidad palpable, por decirlo así, de la resurrección de Jesús, con todo el cúmulo de consecuencias que ello conlleva, a partir de la insistencia en ello del evangelista Lucas, como ya lo hiciera, a su modo, Juan el domingo pasado, me parece bien detenerme un tanto en las últimas palabras del relato, como comentario a este domingo: “Jesús les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”.

Me parece importante recordar que este detalle es de gran peso en la tradición católica de todos los tiempos. Pues si la Escritura ha sido inspirada por el Espíritu Santo, es menester deducir de ello que solo pueden ser auténticamente interpretadas en el mismo Espíritu; en otras palabras, como dice el texto, en el poder y gracia de Cristo Jesús, poseedor del Espíritu. Y dado que el poder de Cristo viene vinculado y ejercido en su enviada, la Iglesia, es de consecuencia lógica que solo ella, en definitiva, ha de asumir y ejercer ese ministerio. No nos separemos de ella y de su interpretación tradicional, para acercarnos a Jesús según la Sagrada Escritura.

Y el contenido de este mensaje, Jesús en la Escritura, viene expresado en cuatro elementos fundamentales: que Jesús tenía que morir; que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos; que la predicación de la conversión, como también el perdón de los pecados, vuelta salvadora a Dios Todopoderoso, había de hacerse en su Nombre y su poder. ¿Y cómo va ejercerse tal poder en su Nombre si no es a través del concedido a su Iglesia, en sus ministros y pastores? “Pues quien a vosotros recibe, mí me recibe” y “Como el Padre me envió así os envío yo a vosotros”. En la celebración de la eucaristía se hace “memoria de su muerte”, “memoria de su resurrección”, se predica la conversión, se actualiza la palabra de Dios, las lecturas y, con la gracia que Cristo nos ofrece nos ofrece, quedan de lado los pecados.

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