Domingo II de Cuaresma: Mirar al futuro

«Debemos penetrar la nube de la transfiguración para salir revestidos de Dios llevando en nuestro rostro el gozo de su amor y la sonrisa de su bondad. Pero Jesús tenía que descender del Tabor camino de Jerusalén y encontrarse con la realidad, con el sufrimiento, con la vida. Nosotros nos encontramos muy bien en nuestra tierra pero tenemos que salir, como Abraham, y fiarnos de Dios. La contemplación debe ir emparejada con la misión; si no, no sirve de nada».
pastoral | 25 feb 2018

John, uno de los personajes del libro de Robin Sharma El monje que vendió su ferrari, aconseja a su amigo Julián, que una de las claves para llevar una vida feliz a pesar de las dificultades es vivir de la imaginación y no de los recuerdos, es decir, que los sueños, las esperanzas, los deseos sean nuestro motor y no nos estanquemos pensando lo bien que estábamos en una u otra situación. Algo parecido se nos quiere decir hoy en el acontecimiento de la transfiguración. El rostro de Jesús cambia, se vuelve resplandeciente al igual que sus vestidos. Algo por suceder se anticipa, algo nuevo. Para los discípulos puede parecer un sueño, pero de ellos va a depender que, al descender del Tabor, vivan esta experiencia con ganas de darle cumplimiento.

Son muchas las resonancias de este pasaje con las teofanías del Antiguo Testamento, pero no vamos a detenernos en ellas. Es necesario tener en cuenta el contexto en el que se sitúa este pasaje dentro del evangelio. No cabe duda que nos encontramos ante un momento importante, pues Jesús ha escogido a sus discípulos de confianza: Pedro, Santiago y Juan. Jesús, que acaba de anunciar su Pasión, es exaltado, como afirma el prefacio de este domingo: mostró a sus discípulos el esplendor de su gloria. Y, ¿qué es la gloria? Ciertamente es una palabra muy común en el lenguaje religioso pero, a menudo, no nos detenemos en su significado. La gloria es la naturaleza de Dios, lo que Él es sin que podamos añadir nada. Por ello su rostro y sus vestidos están llenos de esa luz y resplandor divinos. También tiene un significado de honor.

Al igual que en el bautismo, encontramos aquí también una intervención del Padre: “Este es mi Hijo”; se está presentando a sí mismo, nos invita a verle reflejado en su rostro. Además, Jesús es “el elegido”, el predilecto a quien debemos escuchar, pues se convierte en el verdadero portavoz del Padre. El Padre ya no habla por medio de la ley, Moisés; ni por medio de los profetas, Elías, sino por medio de su Hijo, que ha traído consigo un nuevo sentido a la Ley y los profetas, que consiste en tratar a los demás como queremos que ellos nos traten.

He dejado para el final la reacción de Pedro: Maestro ¡Qué hermoso es estar aquí!, pues es una reacción lógica y nada extraña a nosotros. Debemos sacar partido de la contemplación, de la experiencia de ese misterio inefable, más intimo que nosotros mismos, como dice San Agustín, inabarcable, luminoso, cegador y por tanto misterioso, que causa miedo, temor, como le sucede a Pedro. Levantaos, no temáis, dice Jesús. Estamos llamados a manifestar a Dios más allá de nuestras limitaciones, fatigas, decepciones. Debemos penetrar la nube de la transfiguración para salir revestidos de Dios llevando en nuestro rostro el gozo de su amor y la sonrisa de su bondad. Pero Jesús tenía que descender del Tabor camino de Jerusalén y encontrarse con la realidad, con el sufrimiento, con la vida. Nosotros nos encontramos muy bien en nuestra tierra, pero tenemos que salir, como Abraham, y fiarnos de Dios. La contemplación debe ir emparejada con la misión; si no, no sirve de nada. Un domingo más volvemos a toparnos con la vida, la vida cotidiana, con sus cosas buenas y malas, que conduce a la participación en esa luz sin ocaso, siempre y cuando nos veamos acompañados, alentados y bendecidos por Dios. La esperanza y no el miedo es la que debe impulsarnos.

Quizá a lo largo de la Cuaresma busquemos experiencias de transformación interior, pero solemos encontrarnos con un gran enemigo: nuestro yo, y nos construimos una espiritualidad a la carta. Sin embargo, todos, supongo, tenemos experiencias de cómo la vida ha ido transformándonos sin que nosotros hayamos elegido esas experiencias. No debemos buscar remedios mágicos, sino salir de nuestra tierra, del mar de los recuerdos, y ponernos en manos de Dios, nuestra luz, nuestra salvación, la defensa de nuestra vida, y ver cómo nuestro rostro también cambia de semblante y manifiesta la realidad de Dios, lo que Él es para nosotros.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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