La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo IV de Cuaresma

2Cro 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo. Sal 136,1-2.3.4.5.6: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti. Ef 2,4-10: Estando muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo. Jn 3,14-21: Dios mandó a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.
pastoral | 07 mar 2018
Jn 3,14-21: Dios mandó a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

Lectura del texto evangélico es la proclamación de la Buena Nueva. Porque es cosa buena y nueva, ¡buena y nueva por excelencia!, lo que realmente se nos anuncia y comunica. Posee la fuerza de hacernos nuevos y constituirnos buenos; buenos y nuevos, como la Buena Nueva que se nos anuncia. Y todo ello se nos ofrece en Cristo Jesús. De hecho, así lo percibe y proclama el evangelista Juan, quien, notoriamente, subraya el aspecto de novedad y bondad en todos estos primeros capítulos de su evangelio: “bautismo en el Espíritu”, superior al de con “agua”; “vino excelente y el mejor”, en las bodas de Caná; “templo nuevo y definitivo”, en Jesús; y, en el contexto de esta lectura, “nacimiento nuevo y superior”.

Pero el evangelista ahonda en este misterio glorioso de novedad y bondad. Y la bondad es Dios mismo, quien, Bondad eterna, nos entrega al Hijo por amor: “Tanto amó Dios al mundo …” Es la gran novedad. Y el don que Dios nos hace del Hijo, novedad y bondad supremas, convierte el don, Jesús, en don de sí mismo, bondad y novedad supremas también: “…Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre …”; novedad y bondad supremas, que nos hace a nosotros mismos “buenos” y “nuevos”, partícipes de la novedad y bondad de Dios: “… para que todo el que crea en él tenga vida eterna”. Jesús no viene a condenar, sino a salvar. Su gesto salvador es la obediencia al Padre, hacerse don del Padre a la humanidad, en una muerte redentora, la cruz. El hombre entra en esa dimensión de novedad y bondad, haciendo suyo el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. De por medio, la fe; la fe viva; abiertos al amor de Dios en Cristo, abiertos a la luz. La negativa a ello es renuncia a la condición de “novedad” y “bondad” divinas que se nos ofrecen en la muerte del Señor. Nos condenamos a nosotros mismos. Utilizamos la luz para cegarnos y la bondad para malearnos. La Cuaresma nos invita a rumiar todo esto. ¡Somos hombres nuevos en Cristo Jesús!

Ef 2,4-10: Estando muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo. 

La preposición “con”, y también “en”, de Pablo, en la segunda lectura, referida a nosotros en relación con Cristo, es reveladora y emocionante. Reveladora porque manifiesta la novedad de nuestra condición humana en Cristo; condición, que trasciende no solamente los estrechos límites del tiempo y del espacio, sino la misma contextura humana, haciéndola – no hay otra palabra -, realmente “divina”. Y emocionante, porque, a poco que uno medite y llegue a comprender algo de esta singular gracia de Dios, podrá sentir, aunque sea en mínimo grado, la belleza, la grandeza y la sublime bondad de tal disposición de Dios en Cristo. No debemos dejar pasar de largo semejante intervención de Dios en nuestro favor en Cristo. Con él, en definitiva, somos admirablemente una sola cosa. Que Dios nos guarde en ello. Colaboremos con él.

2Cro 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.


El final de una etapa religiosa en Israel y el comienzo de otra, primera lectura. O, mejor dicho, dos momentos consecutivos de la historia de Israel – la misericordia de Dios como fondo -, finalizado uno por el destierro – severa corrección de Dios por la mala conducta del pueblo y autoridades – y vuelta de él a continuar con normalidad la relación con Dios dentro de los parámetros del pacto de Dios hecho anteriormente con Dios mediante la figura de Moisés, habida cuenta sin duda de la disposición de Dios sobre la casa de David, figura del Mesías. Abandonaron Jerusalén, abochornados; se anuncia ahora la vuelta con grandes y cordiales invitaciones al júbilo. Dios con su pueblo, el pueblo con su Dios. Pecado, perdón, convivencia amigable. Acabada la monarquía, comienza otra etapa. En Cristo Jesús se realizará en plenitud – “plenitud de los tiempos” – el maravilloso plan de Dios.
                         José Antonio Ciordia, St. Nicholas of Tolentine Monastery,  Union City NJ
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