La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo III de Cuaresma

Ex 20,1-17: La Ley se dio por medio de Moisés. Sal 18,8.9.10.11: Señor, tú tienes palabras de vida eterna. 1Co 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios. Jn 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
pastoral | 28 feb 2018

Jn 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.


Comencemos esta vez por la lectura evangélica. Y detengamos nuestra atención en la declaración que Jesús hace de sí mismo: Templo de Dios. Templo nuevo. Y no nuevo, porque sea la reedificación de un nuevo edificio en lugar y en tiempo nuevos, pero de la misma naturaleza que el antiguo, sino porque es de naturaleza enteramente nueva, de otra índole y de características nuevas. Con él, consecuentemente, un culto nuevo, unas disposiciones nuevas, efectos salvadores nuevos; en resumen, Templo de nueva creación, no hecho por manos humanas; relación totalmente nueva con Dios, y también de los hombres entre sí. Dios está en él. Y está en él, derramándose a otros, de tal manera que otros, nosotros los hombres, son constituidos templos vivos de Dios en el Tempo Nuevo, Jesús. La muerte de Jesús, por el celo de la Casa de Dios, el Templo de Dios, Dios mismo, por tanto, señala la abolición del antiguo orden de cosas, para dar entrada y comienzo a otro nuevo y definitivo, por la resurrección de Jesús de entre los muertos. La expulsión de los vendedores y las palabras de Jesús, que la acompañan, van en esa dirección. Convendría conjugar y relacionar entre sí: Dios Templo, Jesús Templo, el cielo templo de Dios, el hombre, por el Espíritu, templo de Dios, los edificios humanos templos de Dios … Dios será nuestro templo, nosotros templos de Dios, en Cristo Jesús nuevo Templo de Dios. A la base de todo esto, muerte y resurrección de Jesús. Buen tema para la Cuaresma.

1Co 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios. 

El poder de la cruz, como instrumento de salvación, viene encomiado por Pablo en la segunda lectura. La petición de signo – “los griegos piden sabiduría, lo judíos portentos” -, resuena aquí con singular intensidad, como eco de la exigencia que presentan las autoridades judías a Jesús con ocasión de su conducta, traída a buen lugar por la lectura del evangelio. De fondo y de forma, como substrato y envoltura, la teología de la cruz; en concreto, la muerte de Cristo como acontecimiento salvador, que lo constituye en Templo Nuevo de Dios, según el evangelio. Con ello se establece una filosofía nueva, un canon de valores nuevos y, con todo ello, una humanidad nueva; un acercamiento a Dios nuevo y definitivo, que trasforma al hombre de humano en divino. La Cuaresma es un momento privilegiado de zambullirse en estas realidades, que presentan y representan los auténticos valores; valores que relanzan al hombre, personal y comunitariamente, a su propia y auténtica realización. Naturalmente en Cristo Jesús, que murió y resucitó por nosotros.

Ex 20,1-17: La Ley se dio por medio de Moisés.

El Decálogo, los Diez Mandamientos, hemos de contemplarlos en el contexto del Pacto. Son las cláusulas, que han de ser observadas, como elemento integrante del compromiso de Dios con su pueblo; más bien, quizás, las exigencias de un comportamiento por parte del pueblo a la altura del compromiso del pueblo con su Dios, como expresión vital de su pertenencia de modo especial a él. Son expresión de la voluntad de Dios; de su voluntad “benevolente”. Benevolente por parte de Dios y para formar una “buena voluntad” en el pueblo. Pues de pertenecer a Dios, el pueblo ha de manifestar la “benevolencia” de Dios en la “benevolencia” de unos con los otros para poder merecer el calificativo de “pueblo de Dios”. Muy apropiado el tiempo de Cuaresma para detenernos en la consideración de nuestra respuesta al amor de Dios en el cumplimiento de sus mandamientos. El ejemplo supremo es Cristo Jesús, el muy “amado”, Hijo de Dios por naturaleza. Escuchémoslo, como nos exhorta a hacerlo la voz de lo alto, de entre la nube, símbolo de la presencia de Dios, según el evangelio.

                         José Antonio Ciordia, St. Nicholas of Tolentine Monastery,  Union City NJ
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