La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo II de Cuaresma

Gn 22,1-2.9-13.15-18: El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe. Sal 115,10.15.16-17.18-19: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. Rm 8,31b-34: Dios no perdonó a su propio Hijo. Mc 9,2-10: Éste es mi Hijo amado.
pastoral | 20 feb 2018
Celebración de la misa en la capilla del colegio San Agustín de Valladolid
La persona de Cristo, en su referencia a Dios y a los hombres, es el punto de partida para el acercamiento del hombre a Dios y a sus semejantes. Con Cristo en Dios, con Dios en Cristo; con Cristo en los hombres, con los hombres en Cristo. Las palabras de Pablo son drásticas y tajantes, reveladoras de nuestra condición humana, en proceso de realización y plenitud, respecto a Dios y respecto a los hombres. Si con Dios, ¿quién contra nosotros? Y también, si con Cristo ¿quién nos impedirá estar junto a Dios? El amor de Dios al hombre manifestado en Cristo es tan estable y divino como Dios mismo. Hemos de adherirnos a Cristo, donde encontramos a Dios y, con él, llegamos a la comunión fraternal con todos los hombres. Cristo, delante del Padre, intercede por nosotros, colocado por el Padre para ello mismo, y nos consigue la gracia de amarnos los unos a los otros, en el mismo amor que el Padre profesa al Hijo. Punto de reflexión, por tanto: el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, como manifestación inquebrantable del amor que Dios nos tiene. La Cuaresma nos invita a pensar en ello. ¡Y a vivirlo!

La entrega que el Padre hace del Hijo goza, en la Sagrada Escritura, de una escena precedente un tanto cercana a ello: Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo en obediencia a Dios. Existen puntos de contacto entre uno y otro de los relatos. No todos pueden ser mencionados ahora. Vayan unos cuantos.

El Dios de Abrahán, a pesar de ser fuente de toda bendición para el patriarca, se presenta en el relato como un “dios”, de fondo cananeo, “tremendo” y altamente “caprichoso”. Pues exige, al parecer, falto de entrañas, el sacrificio del hijo primogénito, “el que amas”, y falto de toda lógica, aquel de quien se le había prometido a Abrahán una larga descendencia. Con todo, Abrahán se fía totalmente de Dios y le obedece. La obediencia le acarreó la decisión y compromiso de Dios – pacto – de bendecirlo para siempre: “Porque me has obedecido”. No fue el sacrificio en sí mismo lo que motivó la determinación de Dios, sino la obediencia a su mandato, obediencia de todo punto heroica. Abrahán “nuestro padre en la fe”, prototipo de obediencia. El prototipo de obediencia por excelencia será Jesús, que dio la vida en obediencia al Padre y por amor a todos nosotros. La obediencia de Jesús establecerá una nueva determinación de Dios: “Nueva y eterna Alianza en su sangre”.

Toda la acción salvadora de Dios referente a su pueblo desemboca en Jesús, en la glorificación de su persona; lo manifiesta su transformación a lo divino: semblante, ropas, figura entera. Marcos nos trae en esta lectura la escena de la transfiguración de Jesús. La voz que dispara la nube, símbolo de la presencia misteriosa de Dios, lo declara punto de referencia de lo que precede, Elías y Moisés, y de lo que va a continuar en adelante hasta su plenitud: “Este es mi Hijo muy amado; escuchadlo”. Y esa ha de ser nuestra postura: escuchar y seguir a quien viene declarado por Dios Hijo suyo. La denominación que Jesús se atribuye a sí mismo, Hijo del hombre, nos introduce en un aspecto recóndito de su personalidad y misión: pasión, muerte y resurrección. Puede que nos sorprenda todavía, aunque por costumbre lo recitemos en el credo, semejante “misterio” del Hijo del hombre. No deja de ser acuciante la conjunción de padecer y morir con la condición de Jesús de ser el Hijo amado de Dios. Perenne objeto de reflexión y meditación, aún también de celebración: la santa misa, “memorial de su muerte y resurrección”. Nosotros, hijos en el Hijo, no podemos menos de vernos vinculados a él en su muerte y resurrección, pues en el Hijo del hombre, somos hombres hijos de Dios. No hay duda que el tiempo de Cuaresma ofrece una ocasión excepcional para el conocimiento de Jesús y el de nosotros mismos en él, con la veneración a su persona y la conversión de la nuestra hacia él.

                         José Antonio Ciordia, St. Nicholas of Tolentine Monastery,  Union City NJ
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