La huella de Kamabai

Celia, es enfermera entregada por completo y discretamente a su trabajo. Ha pasado un mes en Sierra Leona y ahora comparte con nosotros sus experiencias.
testimonios | 03 jun 2009
Mi viaje a Kamabai empezó a rondarme la cabeza tras leer las cartas que Juan Luis, agustino recoleto del Colegio San Agustín de Valladolid, escribió relatando sus experiencias en Sierra Leona. Hemos vivido un mes lleno de emociones y sentimientos encontrados. No ha pasado un día sin que experimentásemos algo que no nos encogiera el estómago o el corazón. Nunca olvidaré los paisajes de Sierra Leona, sobre todo Kamabai y sus alrededores. Los preciosos amaneceres, reflejo del contraste y de la belleza que no esconde la miseria, de la luz que se abre paso entre la oscuridad. Las sonrisas, acompañadas de unos grandes y hermosos ojos, que en ocasiones parecen querer transmitir la misma luz a los mortecinos ojos occidentales que miran, pero no ven... Me emociono recordando nuestra llegada a las aldeas, donde salían Pikines (niños pequeños) de todas partes riendo, saltando, tocándote. En segundos nos rodeaba un grandioso tumulto de suaves voces y gritos desbordantes. Eran tan entrañables que no podía evitar achucharlos y besarlos. Quizá haya sido una de las experiencias con las que más he disfrutado y que más me ha sorprendido, porque ellos no están acostumbrados a demostrar el afecto de esta manera y cuando les daba un beso se extrañaban y se tapaban la cara. Soy consciente que es una muestra de su cultura y que esa convivencia cultural me ha enriquecido y me ha hecho crecer como persona. Me resultó paradójico que, pese a su extrema pobreza, algo que pueden disfrutar "gratis" fuera para ellos tan extraño. Ha sido muy duro ver a los niños con sus barriguitas hinchadas por la falta de alimento, con los pies descalzos y la ropa rota. Con sus gritos alegres y sus radiantes caras ¡Nunca los olvidaré! Como Bangué, un niño de cuatro años que se nos unió en la visita a Kathanta, una aldea bastante alejada donde nunca antes habían ido voluntarios y que hizo del anodino día una jornada inolvidable. Compartimos misa y comida en un Baffa, admirándonos de la ilusión y alegría con que preparaban todo para ofrecérnoslo a nosotros. Me sentí muy afortunada por vivir esos momentos y compartir la pobreza común que enriquece y humaniza. Quisiera deciros muchas cosas más de este bendito país que me ha seducido y cautivado, pero también creo que faltaría a la verdad si no os digo que todavía queda mucho por hacer, que hacen faltan muchos contenedores para amortiguar el hambre de todo un país que vive en la indigencia y sueña no con mejorar sino con poder comer. El testimonio de los agustinos recoletos: Manuel, José Luis Garayoa, y Jamer, de Coco y de todos los voluntarios que como nosotros ponemos nuestro granito de arena, será el inicio de un precioso despertar. ¡Dios nos oiga y nos bendiga! Celia Francos Recio Si quieres leer el testimonio completo pincha aquí.
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