La Esperanza desobediente

Presencia, compromiso y palabra son las tres claves sobre las que el autor sostiene la necesidad de emprender sin descanso la tarea de rescatar dignidades; de sembrar esperanzas donde parece que las drogas o la pobrezas las han borrado.
testimonios | 30 jul 2007
Tengo un amigo que abrió su casa, que dedicó su profesión y compartió su tiempo con personas que no tenían pan, ni mesa, ni techo; por no tener, ni tan siquiera poseían esperanza. La cárcel y la droga dibujaban el final de historias de vida escritas por la soledad y la exclusión social. Cuando me encuentro con mi amigo, me repite con ilusión: la vida es un regalo. Cada minuto que somos ya es mucho, lo es todo. Pero para ser, sabiendo que no todo lo que creemos que hay es lo que es, se hace imprescindible descubrir el sentido de vivir, el nuestro propio. Esta tarea, me comenta con mucha frecuencia, se hace imposible si no desarrollamos una mínima capacidad de empatía para descubrir «al otro», «a los otros», como seres dotados de idéntica dignidad a la nuestra. Con frecuencia, esas dignidades —ilusiones, esperanzas, capacidad de soñar— se arrebatan a golpe de injusticia social, estructural o personal. Cuando a algunos, que son casi todos, se les arrebata lo más esencial de la condición humana, otros, que son/somos muy pocos, perdemos la nuestra. El reto que se abre con el nuevo siglo, o quizás, mejor dicho, que permanece como asignatura pendiente, es el de rescatar dignidades y crear esperanzas.Ello requiere nuestra presencia, nuestro compromiso y nuestra palabra. Son tres exigencias que necesitan un pequeño comentario. Vivir es convivir. Esto supone la presencia física en espacios de pobreza, donde se padece la injusticia y se trunca la esperanza. Hablamos de lugares en los que la ausencia de oportunidades materiales y afectivas para que las personas lleguen a ser, se hace una triste realidad. Es esencial vivir y convivir, y no simplemente pasar de visita por lugares donde se germina la soledad, el dolor y el sufrimiento. Mi amigo me dice: o se vive en la ciudad de los pobres, o con los pobres de la ciudad. Esa presencia física entre lo humano, con capacidad de sentir, que no es otra cosa que sufrir con quien sufre y de alegrarse en los momentos de fiesta, permite construir nuestras vidas desde «el otro». Descubrir «que desde abajo» y no desde nuestra «altura social» se intuye lo esencial, porque la realidad es el único criterio que cuestiona lo aprendido cultural y socialmente. Cuántas veces mi amigo hace referencia a todo lo que ha aprendido viviendo con estas personas y en estos lugares: a darse cuenta que heridos estamos todos y que nadie está «mas sano» para curar a nadie, pues lo que transforma y da esperanza es el encuentro personal; a vivir con poco, con lo imprescindible, tanto como lo que tenga la gente de su casa, pues no es justo acumular lo que a otros les falta para comer o vestir; a escuchar, a comprender que las personas están siempre por encima de las cosas, y que determinados comportamientos, por lesivos que sean, necesitan ser comprendidos tras enmarcarlos en una determinada historia de vida. Ha aprendido a buscar soluciones pacíficas, desde la creatividad y el diálogo, ante los conflictos interpersonales. Y lo más costoso, tiene que seguir aprendiendo a cambiar ciertos hábitos y actitudes, propias de una determinada socialización, la que tuvo de joven, para poder convivir con personas que necesitan conseguir un mínimo de estructura personal y equilibrio. El compromiso, que no mantiene otra exigencia que la fidelidad a lo real y personalmente descubierto, es otra clave esencial de transformación. Fidelidad a las personas con las que nos encontramos en el camino. Compromiso que exige nuestra presencia en los momentos de desesperanza, y en los de alegría. Mi amigo me cuenta anécdotas de lo importante que es volver a estar cuando las personas con las que comparte la vida vuelven a drogarse, a vivir en la calle, o son detenidos y llevados a la cárcel; estas situaciones exigen estar de forma distinta, pero estar. Estos son los momentos en los que el encuentro personal está en juego, y por tanto, son la expresión mayor de la fidelidad. Fidelidad a las ideas forjadas a golpe de contraste de nuestra realidad social y personal con la que padecen la gran mayoría de las personas que en este mundo son víctimas de un sistema de estructura absurdamente injusto. Ideas que hay que forjar desde la realidad, con valentía y capacidad de riesgo. Ideas que hay que mantener, defender y cuestionar. Compromisos que no se pueden asumir sin libertad, sin disponibilidad, sin desprendimiento, y sin valentía. La tercera clave de esperanza es la palabra, la voz para defender; palabra para denunciar, palabra para desobedecer aquello que hace de nuestra convivencia un espacio de sufrimiento y exclusión social. Palabra que garantiza nuestra fidelidad con el pueblo, con la gente compañera de camino; esas palabras que nos evocan directamente a Jesús de Nazaret, a Gandhi o a Martin Luther King, entre otros muchos. Gestos, símbolos de desobediencia que hagan germinar motivos de esperanza. Volviendo sobre nuestra asignatura pendiente respecto de la que hoy estamos todos suspendidos. Darnos cuenta de que las cosas no son como parecen que son; como dice el cantautor Pedro Guerra, no todo lo que hay es lo que ves, y lo que ves es lo que es. Presencia, compromiso y palabra disidente. Sin presencia física es muy difícil que surja la transformación personal, ni la social. Se reducen las posibilidades de que germinen los sentimientos de com-pasión e indignación. Sentimientos que surgen de la cercanía, y que han movido a quienes han vivido y luchado por una historia social y política alternativa, distinta de la escrita por los reyes y reinas (poderosos, en el sentido más literal del término); una historia silenciada a golpe de humillación y muerte, no escrita, pero heredada, sin la cual aún no habríamos avanzado nada en la consecución de los pocos derechos humanos que existen en la realidad. Sin presencia, com-pasión e indignación seguiremos manteniendo e incluso reforzando con nuestra presencia una estructura deshumanizadora e injusta. Sin compromiso no hay realidad transformadora, hay paternalismo, autojustificación; desaparece la conciencia de responsabilidad por todo lo humano superando fronteras, ideas y poderes. Sin palabra, no hay lucha por rescatar dignidades, no hay coherencia, no hay esperanza. No hay gestos, no hay símbolos, no hay cambio, no hay lucha, no hay esperanza. Por finalizar desde lo positivo. Con estas claves, en el rescate de dignidades cada uno de nosotros se juega la vida, se juega ese momento tan importante como es la muerte. Se juega llegar hasta ese lugar vital, cierto, esperanzador, donde la conciencia tendrá la última palabra, pudiendo gritar como el poeta: confieso que he vivido. O, por el contrario, callar. Julián C Ríos Artículo publicado en la revista Misión Joven, nº 270-271.

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