Los aguadores de Manaos

Aunque parezcan costumbres del pasado, la figura del aguador sigue teniendo una gran importancia en lugares como la capital del Estado de Amazonas. Un pozo hecho por los recoletos hace años sirve para dar agua potable gratuita a muchas personas.
testimonios | 13 jul 2007
Menores de edad hacen de aguadores con un carro improvisado en Manaos, después de llenar las garrafas en el pozo de los recoletos.
Quién ha oído hablar de los aguadores? Supongo que casi nadie de entre los jóvenes los conoce en nuestro primer mundo. Tal vez nuestros padres aún los recuerden. Nuestros abuelos, por supuesto: los vieron, los conocieron, los disfrutaron. Eran esas personas que, cuando todavía no existía el agua corriente en cada domicilio, se encargaban de ir a buscar el agua a los pozos, a las fuentes, a los manantiales, a las norias y, a lomos de un burro o de un mulo, con un pequeño carro, transportaban el agua hasta las casas. A cambio de un módico precio, unos —los vecinos— gozaban en su hogar del preciado líquido elemento y otros —los aguadores— se ganaban la vida. Parecería que estamos hablando de una época remota, de la edad de piedra. ¡Pues no! Los aguadores todavía existen. Nosotros los hemos visto. Basta asomarse al balcón o salir a la puerta de la casa de los agustinos recoletos de Manaos (Amazonas, Brasil), en la iglesia de Santa Rita, en el barrio de la Cachoerinha, para verlos todos los días. Ahí están el señor Luiz Aragão dos Santos, Zé da Silva, João… Ahí están todos ellos, conocidos —los menos— o anónimos —los más—. Cada mañana, muy temprano, se acercan al pozo que está al lado de la casa de los frailes para recoger gratis unos litros de agua limpia, sana, potable y apta para el consumo. Unos cogen sólo lo que necesitan para sus propios hogares y lo llevan cuidadosamente hasta sus casas en envases de plástico o en botellas de dos litros de Fanta o Coca Cola. Otros —la mayoría— aparecen cargados de garrafones de plástico de 20 litros de capacidad, los llenan y los transportan en carros de mano, en carretillas o hasta en coches —los privilegiados— hasta los barrios periféricos más o menos distantes para ganarse así la vida a cambio de unos centavos, de un real, de la voluntad. Unos consiguen beber y otros consiguen vivir. Aunque sea capital del Estado de Amazonas, Manaos no se libra de una de las grandes paradojas del ámbito amazónico: un lugar donde la mayor riqueza es el agua dulce por las constantes lluvias y algunos de los mayores ríos del plantea; pero donde sus habitantes no tienen este preciado bien en sus casas, ni cuentan con una red de saneamiento. Con 3.232.330 habitantes, en el Estado de Amazonas el 65% de los domicilios tiene acceso a la red general de abastecimiento de agua y sólo el 55% de los hogares está enganchada a la red de saneamiento o tienen fosa séptica propia (datos oficiales del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, IBGE, 2005). Luiz Aragão está imposibilitado desde hace años. Un accidente de trabajo le dejó el brazo derecho semi-inútil y no puede conseguir un empleo. Como aguador se gana la vida y saca adelante a su familia. Como él mismo nos dice, lleva años y años viniendo todos los días a su trabajo, desde los tiempos de frei Saturnino, que a saber cuáles serán, dado que Saturnino vivió en esta casa 25 años seguidos. El pozo fue perforado al comienzo de los años 90. El agustino recoleto Juan Cruz Vicario solicitó una ayuda a la organización Adveniat, de la Iglesia Católica en Alemania, para excavar un pozo que surtiera de agua potable a los cientos de niños y adolescentes que cada semana acudían a la catequesis. Además de cumplir esa finalidad y de dar agua fresca y limpia a los muchos feligreses que participan en las celebraciones litúrgicas, el pozo sirvió desde sus comienzos como una fuente de renta y de trabajo alternativo para esos hombres a los que la vida no dio mejores oportunidades para salir de su situación. De este modo, así como el Amazonas es el río de la vida, la mayor reserva de agua dulce del planeta, el pozo de los Agustinos Recoletos se convierte en todo un símbolo de la nueva evangelización: aquí se ofrece y se encuentra no sólo el agua viva que Dios da a sus buscadores sedientos, sino también el agua fresca que la generosidad y la solidaridad de los humanos comparte en un milagroso gesto que da vida a los sedientos de agua, de dignidad y de trabajo. El pozo continúa haciendo su labor. Cada mañana se forma la fila frente a la casa de los recoletos. Las garrafas se amontonan. El agua no cesa de caer. El espectáculo —la vida— continúa. Fr. Francisco Javier Jiménez García-Villoslada Manaos (Amazonas, Brasil) — Las Rozas (Madrid, España)
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