Voluntariado: Responsabilidad con la realidad

En el número de abril de este año, la revista Sal Terrrae publicaba una interesante reflexión acerca de la importancia del voluntariado en la tarea de acercar la realidad más desfavorecida a nuestros ojos. Os ofrecemos un extracto.
testimonios | 28 may 2007
En una concepción amplia, el voluntariado se puede entender como aquellos que tienen algo, generalmente tiempo, que pueden poner al servicio de otros; que libre y gratuitamente aportan su presencia para apoyar determinadas iniciativas sociales, educativas, culturales, deportivas, políticas… Desde ahí, oímos hablar de voluntarios olímpicos, voluntarios en la organización de una manifestación, voluntarios en un encuentro masivo eclesial… Se insiste más en la abundancia y los recursos que se quieren aportar que en las implicaciones sociales y personales que pueden tener. También nos encontramos frente a una posible crisis del voluntariado, pero las campañas institucionales y mediáticas y la misma propaganda más bien parecen desmentirlo. El mensaje es incluso el contrario: es una clara prioridad social. Y, sin embargo, la imagen del voluntario ha cambiado; de la presencia casi exclusiva del joven generoso y altruista hemos ido pasando a una presencia de todas las generaciones, especialmente jubilados y pre-jubilados laborales. Ahora bien, ¿tiene sentido seguir apostando en los proyectos sociales por la presencia de voluntarios? ¿no sería mejor profesionalizar cada vez más los mismos para tratar de subsanar muchas de las dificultades con que nos hemos encontrado y nos seguimos encontrando, teniendo en cuenta, además, que para muchas organizaciones el voluntario sigue siendo un recurso necesario e imprescindible para tener más capacidad operativa, más recursos, aumentar su proyección y, quizá, como mano de obra barata? Sin duda la respuesta a dichas preguntas debe ser decididamente que sí, pero posiblemente no a cualquier precio. El voluntariado, en definitiva, aporta más a la sociedad que al proyecto social determinado. De alguna manera el voluntariado expresa la posibilidad de establecer puentes allí donde la sociedad está marcada por barreras de exclusión, compartimentada por la edad, el desánimo, la enfermedad… o separada en barrios caracterizados por un grupo social determinado. Así pues, el voluntariado viene a abrir un camino posible en la sociedad de los muros, de las separaciones y de las exclusiones, para que personas que están a ambos lados se puedan relacionar y para expresar visiblemente que estos caminos son posibles. Y el resultado es una sociabilidad que es infrecuente que se dé pero que tiene un enorme impacto en todos aquellos que participan en esta relación. El voluntariado tiene sentido socialmente no por lo que hace sino por lo que significa y simboliza. El voluntariado construye relaciones allí donde tal cosa parece infrecuente, rara o irrealizable. Establece los puentes sociales desde la solidaridad, desde el encuentro, la cercanía, la presencia o, simplemente, desde el estar o el acompañar. Uno de los sentidos del voluntariado es acercar la realidad, el sentir o el padecer de las personas que viven en los lugares sociales más escondidos y desfavorecidos. El voluntariado es capaz de llegar a lugares sociales ocultos a la mirada de la mayoría, o a personas más expuestas que nadie a la mirada pública. Es una responsabilidad del voluntariado dar señal de estos ausentes sociales, no sólo para que se conozcan y ganen protagonismos sociales. El voluntariado nos permite establecer unas relaciones que nos permiten tocar la realidad. Posiblemente, al entender así la realidad, el voluntariado hace posible la unión, relación y compromiso de personas que se entendían en mundos totalmente distintos y ajenos. El voluntario tiene que ir descubriendo que la realidad en la que trata de ayudar es consecuencia de su propio dinamismo. Es culpable de ellas, pero ayuda a recuperar, a sanar y a mitigar. Esta mirada cuestiona un voluntariado descomprometido con las injusticias, asistencialista y paternalista, más dado a lo superficial que al compromiso y la responsabilidad. El voluntariado así entendido ayuda a aportar sentido personal y social. Por una parte, la experiencia voluntaria, según la implicación social que ha tenido, ayuda a vislumbrar caminos y formas de vida posibles y distintas. El haber puesto algunas de las claves de nuestra vida al servicio de otros nos abre la posibilidad de entender la propia vida en la clave del servicio y la solidaridad. Cada vez son más los voluntarios que, después de una profunda y prolongada experiencia, replantean modos de vida y opciones profesionales, concreciones que ayudan a establecer puentes estables y no temporales y propuestas posibles de encuentros permanentes y duraderos. Según se dijo en el último congreso del voluntariado en Madrid: «La única forma de reconciliar las exclusiones es lograr un agudo sentido de solidaridad; pero no es posible el sentido de solidaridad; de cierta solidaridad de sentido: sin carencias, valores, sentimientos compartidos. Cuando el voluntariado fructifica, tiende un común sentir en el otro, amiga creencias y valores, teje una narración compartida, cantamos una misma canción, puede que en bajito, pero que llega adonde casi ninguna otra cosa nos agarra». Delegación de Acción Social. Provincia de Castilla, SJ. Extracto de un artículo publicado en la revista Sal Terrae en abril de este año, p. 333-337.

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