Comentarios a la Palabra del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C

Hoy es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.
pastoral | 18 ene 2007
Los cielos cantan la gloria de Dios
Primera lectura Ne 8. 2-4, 5-6, 8-10 No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza. En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: - "Amén, amén." Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: - "Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis." Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron: - "Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza."
Este libro es raro en las lecturas litúrgicas. Junto con Esdras y Zorobabel, aparece este personaje, Nehemías, como figura central en unos relatos que los autores antiguos consideraron como interesantes para la historia. Pertenecen al grupo de libros históricos. Más o menos coherentes los relatos, más o menos enlazados entre sí, más o menos ordenados, según una visión cronológica -no es una historia completa- estos libros marcan en la historia de la salvación un hito muy importante. Por un lado, continúan la obra del Cronista -Libros de las Crónicas-; por otro testifican la existencia de Israel después del desastre del destierro. Con el destierro no se ha derrumbado todo, vienen a decir estos libros. Dios ha prometido la salvación y la realiza fielmente. Vuelven los desterrados. No todos, en verdad; unos cuantos, el Resto, de que habló Isaías. El tratará de alargar la historia de la salvación hasta que llegue la plenitud de los tiempos. Los libros de Esdras y Nehemías nos relatan, de forma entrecortada, las peripecias, las vicisitudes, las dificultades, los pasos, los momentos por los que tuvo que pasar esta comunidad nueva, purificada por el destierro, hasta formar una comunidad donde descansara el Espíritu del Señor y fuera el eslabón último que enlazara la monarquía, ya abolida, con los tiempos del Nuevo Testamento. El Resto venía llagado, la comunidad enferma. Había que rehacer de nuevo la comunidad. Había, en primer lugar, que levantar el Templo, lugar del culto, montón de ruinas desde hacía tanto tiempo. Allí se reuniría la comunidad para sentirse una en el culto a Yahvé y en el recuerdo y esperanza de sus promesas. Había que reconstruir la ciudad, en segundo lugar. La comunidad debía vivir unida, junta y en torno al Templo de Dios. Había que reorganizar y rehacer la misma comunidad, como término. La vida familiar, la vida social y cívica dejaban mucho que desear. El sábado, el culto del templo, la pureza de todo tipo, la supresión de los matrimonios mixtos, la imposición de la Ley como norma de vida son urgidos tenazmente, como medio y expresión y salvaguarda al mismo tiempo de la fe y moral del nuevo Israel. Siempre había tenido la Ley de Dios gran importancia en la vida religiosa de Israel. Ahora más. Viejas instituciones -monarquía, por ejemplo- habían caído, antiguas tradiciones se habían perdido; todo estaba en ruinas. Había que comenzar de nuevo. La historia amarga del destierro les había enseñado que la desobediencia a la palabra de Dios traía consigo fatales consecuencias. Había que volver a la observancia de la Ley. La Ley va a ser desde ahora la pauta y la norma de la vida de Israel. Será israelita quien guarde la Ley. Si antes las costumbres habían formado la Ley, es ahora la Ley la que regirá y creará las costumbres. Todo debe hacerse según el tenor de la Ley, Palabra de Dios. De ello habla el texto leído. El pueblo de Dios debe escuchar la palabra divina; eso lo ha de distinguir. Ese es el sentido profundo del texto de Nehemías. Esdras lee la Ley. El pueblo llora, reconociendo sus culpas. La Ley, rectamente explicada, será la constitución del pueblo de Dios y la garantía de su existencia, la norma de vida. Es, en el fondo, la renovación del pacto. Salmo Responsorial Sal 18 R. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. R. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. R. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R. Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío. R.
Es la segunda parte del hermoso salmo 18. El salmo es fundamentalmente un salmo de alabanza, con ribetes sapienciales, propios para la reflexión. Las obras de Dios son maravillosas; Dios digno de alabanza. La primera parte, ausente aquí en la lectura, presenta la potente voz armoniosa de la creación alabando al Señor: Los cielos cantan la gloria de Dios. La segunda parte, palabras de la lectura, se centra en la Ley, obra también maravillosa de Dios: La Ley es perfecta, es descanso del alma. La naturaleza, por una parte, obra de la palabra de Dios, y la Ley, por otra, auténtica palabra divina, revelan por su grandeza, perfección y armoniosa contextura la grandeza y perfección de Dios. La revelación natural -la creación- y la sobrenatural -la Ley- nos invitan a alabar a Dios. Al mismo tiempo se nos invita a apreciar, a saborear, a recrearnos en la Palabra de Dios, contenida en la Ley. La Ley da vida, da dulzura, garantiza la existencia. La respetuosa acogida de esa Palabra es ya una oración a Dios, Roca y seguro Salvador. Segunda Lectura 1 Co 12, 12-30 Vosotros sois el cuerpo de Cristo Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: "No soy mano, luego no formo parte del cuerpo", ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: "No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo", ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: "No te necesito"; y la cabeza no puede decir a los pies: "No os necesito." Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿0 todos son profetas? ¿0 todos maestros? ¿0 hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
Los versillos continúan el pensamiento de la lectura del domingo pasado, lo completan y lo embellecen. No perdamos de vista la actitud de polémica que adopta Pablo respecto a los carismas de Corinto. Es menester conservar la unidad y la caridad, insiste Pablo; ellas están sobre todos los carismas. No puede haber división en un organismo bien dispuesto. Todos los miembros tienen una misión que cumplir; todos ellos son y forman un mismo cuerpo. No hay más ni menos entre ellos, sí hay diversidad. Bien está la diversidad; más aún, es necesaria, dada la multiplicidad de miembros y la vitalidad sorprendente del organismo. Unos actúan por otros y todos por el todo. De esta forma quiere zanjar Pablo las discusiones y divisiones peligrosas de Corinto, delineando para la situación una doctrina profunda y hermosa del organismo de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. La doctrina la desarrollará, cuando se detenga a contemplar el gran misterio de Cristo (cartas de la cautividad). La intuición, sin embargo, está aquí ya consignada para siempre. La metáfora no puede ser más sugestiva y acertada. Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Así de gloriosa es nuestra vocación: formar y ser el Cuerpo de Cristo. Somos sus miembros, todos útiles, todos con una función que desempeñar para bien de todo el conjunto, además del propio. Aquí está esbozada la doctrina del Cuerpo Místico; sus consecuencias y aplicaciones son innumerables. Es conveniente pensar en ello. Judíos, Griegos, Esclavos, Libres: todos estamos a la misma altura. Todos partícipes de una misma vocación. Todos tenemos, recibido en el bautismo, un mismo Espíritu, un mismo principio de operar, un mismo pensar (Fe), una misma expectación (Esperanza), un mismo querer (Caridad); diversos dones para el crecimiento de todos, como un todo único. Una misma Cabeza, un mismo sentir, una misma meta. La diferencia se encuentra en la diversa función que nos compete en el organismo entero. No hay razas, no hay diferencias sociales, no hay sexo. Nada de esto cuenta a la hora de medir la pertenencia a Cristo. La dignidad es la misma fundamentalmente. La función nos diferencia funcionalmente. Pablo aduce esta consoladora doctrina, para inculcar la unidad y la caridad de unos con otros. Evangelio Lc 1, 1-4 Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor." Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: - "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír."
La lectura la podemos dividir en dos partes bien caracterizadas. La primera: capítulo 1, versillos del 1 al 4; la segunda: capítulo 4, versillos del 14 al 21. Primera parte. Es el prólogo, el proemio, la dedicatoria del evangelio. Estos versillos, juntamente con los sincronismos de los capítulos 2 y 3, revelan al Lucas historiador, al Lucas interesado por la historia. A Lucas le interesan los acontecimientos. Ha investigado y quiere colocar por orden los sucesos. No es un teólogo a secas; es un evangelista, un historiador. La fiel presentación de los hechos; ese es el fin de su obra. Los hechos, sin embargo, no son los que componen la historia profana; son los acontecimientos, reales naturalmente, de significación salvífica los que le interesan. Su obra es una historia de la salvación, incompleta claro está, insertada en la gran historia universal. Lucas ha procurado recoger las tradiciones que hablaban de tales acontecimientos. Son portadoras de salvación. Al frente de ellas, como avaladores de su genuinidad y autenticidad, aquellos que las presenciaron con sus propios ojos. Son servidores de la Palabra. Se han entregado, en cuerpo y alma, a su servicio y propagación. Al fondo de todo, Cristo. Los acontecimientos y palabras constituyen la Palabra. La Palabra se ha realizado y cumplido en nosotros. Es una Palabra salvífica, lleva una virtud divina que todo lo transforma. Esa Palabra -oral o escrita- es la norma de nuestra fe; es la que sostiene nuestra conducta y vida cristianas. El fundamento es, pues, sólido, como garantizado por hombres que han presenciado los hechos y a quienes anima la virtud del Espíritu Santo. Segunda parte. La segunda parte nos presenta uno de esos momentos salvíficos de la vida de Cristo. Es su primera actuación ante los hombres. Lucas ha desplazado a este lugar la estancia de Cristo en Nazaret por razones teológicas; o quizás ha unido aquí, por las mismas razones, dos estancias en una. No es raro el procedimiento en Lucas. El mismo autor lo deja entrever. La fama adquirida en aquella región indica a las claras que la predicación de Cristo había sido ya oída y admirada por muchos. Lucas ha recogido una de esas predicaciones y la coloca al frente de la vida misionera de Cristo como programa de acción. Es como una definición de su mesianismo. Cristo se coloca en la línea de Isaías. Cristo es un profeta. Más aún, Cristo es el Profeta. Su misión es anunciar la Buena Nueva. La Buena Nueva recibe aquí la forma de salvación. Salvación para los que la necesitan: ¡los Pobres! (El evangelio de Lucas se preocupa mucho de ellos), libertad a los cautivos, vista a los ciegos, gracia del Señor a todos. Ese es el programa. Es el Salvador profeta, el Profeta salvador. Todo ello según la Escritura. La Escritura como norma. (Cristo ungido por el Espíritu Santo: dones, etc.) Consideraciones No está de más advertir que las lecturas de este ciclo C están tomadas del Evangelio de Lucas. Convendría, por tanto, tenerlo siempre presente a la hora de interpretar sus palabras. Lucas es el diligente escritor de las tradiciones que dan vida a la Iglesia. Las tradiciones ya existían antes que él. Lucas no las inventa, las encuentra. El trata de ordenarlas. No se comporta como un mero compilador; es, en cuanto cabe, autor de su libro. Junto a un interés histórico, cabe señalar un interés teológico, inseparable en los evangelios. Es natural. Dios ha hablado por Jesús de Nazaret. La tradición nos ha conservado los acontecimientos que acompañaron a su persona y las sentencias que salieron de su boca. Ellos nos revelan a Dios. Con el recuerdo, va adherida una incipiente interpretación. Lucas se alinea en la misma serie de servidores de la Palabra que le han instruido en la fe. Lucas es un servidor fervoroso de ella. La Palabra, sin embargo, recibe de él, sin ser en modo alguno adulterada, una fisonomía peculiar. Las palabras de Cristo y sus acciones presentan un todo característico. Lucas subraya el carácter profético de Cristo, la misericordia de Dios, la importancia de los pobres y de los humildes, la acción avasalladora del Espíritu, la alegría que infunde, la necesidad de la oración, la urgencia de la ascesis cristiana, etc... No podemos olvidarlo cuando interpretamos sus escritos. Las enseñanzas son sólidas. Temas: a) Fidelidad a la palabra de Dios. El tema de la Palabra de Dios, como norma de vida y como vida de los fieles puede observarse, principalmente, en la primera lectura. El Pueblo de Dios debe, para permanecer en la amistad con Dios y responder dignamente a la predilección de que ha sido objeto, conocer su palabra y acomodar su vida a ella. De esa forma la Palabra de Dios, que es vida, vivirá en el pueblo y lo hará vivir divinamente a la altura de su vocación. El libro de Nehemías nos ofrece en este paso una estampa hermosa. El pueblo decide comenzar una vida nueva como Pueblo de Dios. Era necesario. Las perturbaciones del destierro habían puesto en peligro la auténtica forma de ser de la nación de Dios. Esdras lee para ello la Ley-Palabra de Dios. No se puede permanecer en la amistad con uno, si no se escucha su palabra. El pueblo la escucha y la reconoce. El efecto salvífico es inmediato. El pueblo llora sus culpas y promete vivir según las exigencias de la vida de Dios. La Ley-Palabra de Dios será la constitución del pueblo de Dios como tal. En todo momento deberá volver los ojos a ella para cerciorarse de la rectitud de su proceder. Los últimos versillos ofrecen una nota simpática: aire de fiesta. Es día del Señor; la comunidad debe alegrarse; alegría de la que participa el cuerpo por medios lícitos y naturales: comida y bebida. La alegría es comunicativa; por eso, se urge el envío de viandas a los que no las poseen. Es día del Señor. La alegría de pertenecerle debe celebrarse, pero la alegría debe ser comunitaria. Esto, a veces, exige un reparto como en una familia. El Salmo nos recuerda a su vez el papel vital de la Ley. Es la vida del fiel: salud, dulzura, vida y luz. Los efectos son maravillosos. Nos invita a saborearla, pues sabe a Dios. Es una proclamación y un desafío: quien la cumple la gusta; cúmplela y la gustarás. Te hará dichoso. Sustituye mentalmente Ley por Jesús-Palabra de Dios y entenderás en profundidad el salmo. ¡Gusta a Jesús o síguele! Tendrás descanso y luz y gozo... Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Es el lema: se nos invita a reflexionar y a buscar en Cristo la fuerza de nuestro obrar y la vida. El Evangelio también nos sugiere algo a este respecto, aunque más distante. Lucas propone la Palabra de Dios como salvífica y como fundamento de nuestra vida cristiana. El mismo Cristo definió su misión partiendo de la Palabra de Dios por Isaías. ¿Qué quiere decir todo esto? La Palabra de Dios nos revela a Dios: lo que Dios es (fe), lo que Dios ha dispuesto para nosotros (esperanza), lo que Dios ha hecho por nosotros (caridad). Dios habla, hay que escucharle. La esposa escucha la voz del esposo, el hijo la voz del padre, el amigo la voz del amigo. El Pueblo de Dios, la Iglesia, debe escuchar la voz del Esposo, del Padre y del Amigo. Debe mirar constantemente a la Palabra de Dios para orientar su vida religiosa. Todo movimiento, toda acción en la Iglesia debe estar normalizada por la Palabra de Dios. No puede imponer un camino por propia cuenta, al margen de la Palabra de Dios. Su papel es de servidora de la voz de Dios, siempre alerta a lo que dice. No puede falsearla. La Palabra de Dios no es otra cosa que Cristo. Cristo es la Norma, Cristo es el fin y Cristo es la fuerza. Cristo, Palabra, ha quedado plasmado en la Escritura Santa, sobre todo en los Evangelios. Hay que recurrir a ellos constantemente. La interpretación garantizada de la Iglesia, a quien asiste el Espíritu Santo, nos dará el sentido exacto. Junto a la Escritura la Tradición. También ahí está Cristo, Norma de vida. A este Cristo que se nos ha revelado debemos volver continuamente la vista. La Palabra de Dios, es decir, Cristo, nos hará llorar nuestros pecados, nos hará esperar en el perdón, nos animará a seguir, nos infundirá ánimo para los sacrificios, nos orientará, nos salvará. Es luz, dulzura, vida. Se impone un examen de conciencia. ¿Miramos las cosas así? b) Cristo, Profeta Salvador. Hoy se nos invita a reflexionar sobre Cristo Profeta Salvador. Es la Norma. Así aparece hoy la misión de Cristo. Volvamos a considerarlo. No sea que estemos errando el camino y falseando el mensaje de Cristo. La Iglesia participa de la fuerza profética de Cristo. ¿La ejercitamos? Tiene la obligación de anunciar el Evangelio, que aquí aparece, como salvación para los pobres, como luz para los ciegos, etc. El Evangelio ha de dar luz a los ciegos, alivio a los acongojados, libertad a los presos, salvación a todos. ¿Cómo desempeñamos esta obligación? Entre las funciones de los miembros del Cuerpo de Cristo, hay una: beneficencia. El Cuerpo es un todo. Todo él participa de la alegría y de la tristeza de sus miembros. No puede haber un miembro alegre, cuando hay otro que sufre. El organismo tiende a nivelar los estados. La mano cura al pie que enferma y el pie sostiene al cuerpo que vacila. Todos somos del Señor; todos debemos alegrarnos, todos como un todo. Inmediatamente surge, en el organismo, la acción a los necesitados. Así debe ser en la Iglesia. De esa forma se cumple también la función de Cristo, Profeta y Salvador, de que participa la Iglesia. Conviene volver continuamente los ojos, para ver si nos sentimos miembros, tales cuales los describió Pablo y si cumplimos la Ley que es Cristo. c) La Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es un misterio profundo y una fuente inagotable de verdades, aplicaciones y consolaciones. Los miembros deben siempre revelar que pertenecen a la cabeza; no la pueden perder nunca de vista. La unidad nace del amor y del servicio. Nuestra vocación es elevada. ¿Distinguimos razas, niveles sociales, elementos meramente naturales? Volvamos la vista; nos hará mucho bien. Hoy se ha cumplido en mí. Hoy se cumple en nosotros. Hoy se le dice a la Iglesia: El Espíritu de Dios sobre mí... Es un buen momento para tomar conciencia de nuestra función de profetas y salvadores. Pensamiento eucarístico. Banquete de fiesta. Es el día de recordar la palabra de Dios y de alargar la mano a los tristes y necesitados.
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