Juntos encontraremos nuestro lugar en el mundo

A un día para que comience el octavario por la unidad de los cristianos os presentamos el Mensaje del Secretario General del World Council of Churches, Samuel Kobia.
pastoral | 17 ene 2007
Este mensaje de Epifanía de 2007 está dirigido a las iglesias miembros y a los interlocutores ecuménicos del Consejo Mundial de Iglesias para señalar el comienzo de un nuevo período para nuestra comunidad. Les pedimos que lo compartan en las iglesias y los ministerios correspondientes. Cada uno de nosotros sabe lo que significa contar con el apoyo de otros. También sabemos por nuestra experiencia en el hogar, en el trabajo y en nuestras iglesias que somos más fuertes juntos que cuando estamos solos. Ahora bien, ¿cómo hemos de hacer realidad la promesa de unidad en una comunidad cristiana que circunda todo el globo? ¿Cómo hemos de utilizar los generosos dones que Dios nos da? Ciertamente es juntos como encontraremos nuestro lugar en el mundo, y es en unidad como responderemos a la vocación para la que Dios ha llamado a esta comunidad (Ef 4:2-16). El cristianismo ecuménico del siglo XXI se apoya en dos pilares: el de la experiencia común de Cristo y el del entendimiento común de un mundo que compartimos con toda la humanidad. Sobre estos pilares debemos construir el Consejo Mundial de Iglesias que es necesario para los años a venir. Cristianos ecuménicos en el siglo XXI: Apuestan por iglesias que viven unidas en Cristo y se atreven a ser fieles a Dios en el mundo. Esta nueva valoración de nuestra identidad cristiana no tiene lugar en el vacío sino en el compromiso, y, a veces, en el enfrentamiento con el mundo. Es evidente, por ejemplo, que necesitamos actualmente relaciones diferentes y más sanas ante la diversidad religiosa y secular de la sociedad. Nuestra vocación es ser un pueblo que busca y sirve a Cristo en unidad, es ser iglesias conscientes de la promesa del amor de Dios que transforma el mundo (Rm 8:35-39). A pesar de nuestras diferencias culturales y de las diferentes respuestas que damos a los desafíos que se nos plantean, nuestros corazones deben estar firmemente unidos. La última Asamblea del siglo XX que se celebró en Harare (Zimbabwe) se refirió a esta actitud como el ecumenismo del corazón. Esa reunión tuvo lugar en África, donde las personas afirman la importancia de la vida en comunidad diciendo: “soy porque somos”. Gracias a los progresos de nuestra comunidad mundial, la misión y el servicio ecuménicos son llevados a cabo actualmente por aquellos a quienes incumbe realmente. Las organizaciones internacionales han dispersado sectores enteros de actividades comunes delegando su responsabilidad a organismos locales y nacionales. Sin embargo, la dispersión no es posible en todos los ámbitos. Un mundo globalizado plantea desafíos globales. Es posible ver que la injusticia, el odio, la codicia y la idolatría adoptan nuevas formas y nuevas dimensiones. La esfera de la geopolítica parece estar dominada por el reino del miedo y las campañas de terror y de venganza. La iglesia debe tener en cuenta lo mejor de nuestras capacidades. Examinemos un ámbito en el que existe una larga experiencia ecuménica: el objetivo de crear normas y leyes internacionales al servicio de las personas y las naciones. Como personas de fe, ¿podemos lograr un nuevo entendimiento del bien común? Si la moralidad es débil, ¿cómo podrían fortalecerla medidas internacionales tomadas por las iglesias? Si todas las personas son creadas a la imagen de Dios, ¿pueden las iglesias hacer algo más para lograr la igualdad de todos ante la ley? Las posibilidades tienen que inducirnos a actuar en estos o en otros ámbitos. Imaginemos por un momento que la opinión pública de todo el mundo considera que las iglesias locales son lugares en los que se cuida debidamente de la tierra, el agua y la atmósfera. Las redes de iglesias que actualmente llegan a cada rincón de la tierra pueden apoyar de forma más orgánica los vínculos con las parroquias locales y viceversa. En esta época de angustia global, imaginemos que las parroquias locales sean lugares en los que se vislumbre la plenitud del amor de Dios por el mundo. O consideremos la posibilidad de que las iglesias, históricamente identificadas con la “guerra justa”, puedan ser conocidas por algo tan diferente de la guerra como el concepto de “paz justa”. El peso de un siglo de guerras y de conflictos mundiales no nos da otra posibilidad que la de buscar una nueva visión. Un nuevo capítulo de nuestra historia ha de comenzar si ponemos por obra el mandato de la Asamblea de Porto Alegre. Para que ello sea posible, las iglesias de muchos lugares deberán encontrar nuevas formas de dar testimonio al mundo. Será necesario que oremos por la unidad y tratemos de lograrla, esforzándonos especialmente por la justicia y la reconciliación, y por constituir asociaciones de colaboración interreligiosa en acciones conjuntas para resolver los problemas difíciles que se nos plantean. En su calidad de instrumento mundial de esa comunidad, el CMI tiene una función principal en la promoción de la coherencia y la colaboración entre las iglesias y los interlocutores ecuménicos. Siguiendo las orientaciones de los órganos rectores, la Secretaría insta a los miembros a que fomenten la cooperación entre creyentes de diferentes religiones, que erradiquen la violencia en sus diversas formas, que aboguen por la paz y la justicia juntamente con los gobiernos y las organizaciones multilaterales, que luchen contra las desigualdades en la sociedad y la destrucción de la creación de Dios, y que contribuyan a la curación del VIH y el SIDA, así como de otras enfermedades pandémicas. Si nos basamos en una herencia ecuménica que nos capacita para nuestro compromiso con el mundo estamos creando un nuevo potencial. En el centro de nuestra fe está Jesucristo como camino de salvación. Sin embargo, somos conscientes de que no nos corresponde a nosotros establecer límites al poder de salvación de Dios, y sabemos que Dios puede cumplir más de lo que podemos pedir o imaginar. Mantenemos la fe como organismo mundial de testimonio del Creador, el Redentor y el Sustentador de la vida, el Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Deseamos vivir en relaciones justas y de amor con otros, y asumir el riesgo de confiar en la presencia de Dios sean cuales fueren las circunstancias. Para nosotros la oikoumene, toda la tierra habitada, es el hogar común de la humanidad y de otras comunidades de fe. Nunca antes era posible dirigirse a una organización distante con tanta facilidad para buscar una solución a esas esperanzas compartidas y necesidades comunes. Sólo actuando juntos podremos dar una respuesta a los desafíos que nos plantee el futuro. Mientras que gran parte de nuestro mundo tiende a separarnos, las oportunidades de encontrar fortaleza en la unidad son mayores que nunca. El horizonte de Dios es nuestro punto referencia. La koinonía del Espíritu Santo recobra vida en las percepciones y convicciones que trascienden la lógica que prevalece en nuestro tiempo. La vida no nos es dada para dominación y egocentrismo, sino para compartir, agradecer, convivir y alegrarnos. Juntos hemos de encontrar nuestro lugar en el mundo, como creyentes en Dios y como iglesias para el mundo. Inspirándome en las palabras de Pablo, oro por que creciendo juntos el don de la gracia de Dios pueda transformarnos y nos dé valor para esperar, y capacidad para entendernos y ayudarnos unos a otros. Quiera Dios que podamos crecer juntos hacia esa luz que la Epifanía ilumina en nuestros corazones y en nuestras vidas. Los saludo en Cristo Dr. Samuel Kobia Si quieres leerlo entero pincha aquí

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