La ubicuidad o la amistad

El ejercicio solidario exige un compromiso concreto, con una realidad determinada. Lo cual no implica desentenderse del resto de realidades sangrantes, pero es a la vez la única forma de intentar solventar problema a problema.
pastoral | 16 ene 2007
La voluntad de ser responsable tropieza siempre con dos obstáculos: la suficiencia y la bulimia. Bien es verdad que en primer lugar hay que responder de lo que depende de uno, que la culpa de un drama recae primero sobre aquellos que hubieran podido evitarlo, que se trata de una responsabilidad circunscrita pero total dentro de esos límites. El deber compete a los que están más cerca antes de recaer en los que están más lejos, y no se nos pueden imputar todas las desgracias del planeta. Pero la responsabilidad no puede declararse satisfecha con esta delimitación: implica también una obligación de cada hombre para con todos los hombres, un sentimiento de copertenencia a la misma especie. Así, surge una exigencia absoluta por mucho que ignore los dramas del mundo, las injusticias contra otros humanos me conciernen, no puedo declararme indiferente a su suerte, sus heridas se me imponen como si fueran mis propias heridas. Sin embargo, la solidaridad universal está amenazada por el irenismo y la desencarnación. Se pretende sin contenidos, sin límites, sin fronteras como un amor perfecto flotando en el cielo. Pero no podemos abrazar todas las causas y al a vez no interesarnos por ninguna. Una solidaridad que se solidariza en general apoya con el mismo entusiasmo las causas más dispares. La atención que prestamos al mundo depende del ritmo trepidante de las noticias, pasa rápida y superficialmente sobre todos los puntos calientes del planeta. En esa mano tendida se presiente ya la retractación; esta solidaridad solo presta auxilio para replegarse mejor, y muere de no elegir nada. Es cuando somos hermanos de todos cuando se establece la mayor frialdad entre los hombres. El imprescindible reparto de las tareas nos obliga a vivir la idea de fraternidad a través de la amistad, a renunciar a la ubicuidad de los apoyos y a la ayuda mutua. Sólo soy amigo de los hombres si establezco unos lazos más estrechos con algunos en detrimento de los otros: lo que impide amarlos a todos es también lo que permite socorrer a unos cuantos. La parcialidad desmiente el altruismo que no obstante la presupone puesto que es su condición contradictoriamente vital. Es como si, para ser efectiva, la responsabilidad tuviera que elegir un campo de fraternidad limitado y una geografía propia que no depende de la distancia, sin la cual sigue siendo indeterminada, es decir ciega. Este recorte no es solo un elemento limitador; es nuestro punto de inserción en el mundo, su impedimento y su instrumento a la vez. Otros hombres sin duda reclaman nuestra asistencia, pero, como seres limitados que somos, no podemos limitarnos a todos, tenemos que privilegiar la permanencia y la fidelidad. El universalismo, no obstante, corroe como un remordimiento esta filantropía parcial. Aun una vez descubiertos los viajantes de comercio del compromiso planetario, la preferencia exclusiva por una lucha no tarda en poner de manifiesto su estrechez. Requerida para prestar simultáneamente su atención a los hombres en particular y a la humanidad en general, la acción no puede responder a todas las expectativas ni acabar con todos los sufrimientos, como tampoco aplacar todos los llantos. Eso es lo que hace que la responsabilidad sea aborrecible y trágica: con ella la misión no tiene fin; hagamos lo que hagamos nunca conseguiremos saldar nuestra deuda con la desdicha de los demás. Y seguimos oscilando como un péndulo entre la simpatía universal y la encarnación restrictiva. Tomado del libro La tentación de la inocencia, obra del filósofo francés Pascal Bruckner (Barcelona, Anagrama), p. 243-245. Para saber más Más información acerca del libro: pincha aquí

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