Prólogo para un calendario

Entre los muchos objetivos y proyectos para este nuevo año, no deberíamos desoír el desafío que plantea nuestro autor: la humanización, que nos saque de nuestro egoísmo y nos vista de ternura.
pastoral | 09 ene 2007
Durante las pasadas fechas navideñas hemos sido testigos –a la vez, seguramente, que protagonistas– del fenómeno agobiante de una abrigada y abigarrada riada de gente que circulaba por las calles saturando las zonas más céntricas de la ciudad. Atraídos por el magnetismo de la Navidad, agitados por el frenesí comercial que acompaña la llegada de Papá Noel y los Reyes Magos, nos hemos sumergido en la corriente de esa espesa muchedumbre de seres anónimos que deambulaba por el asfalto viendo luces, admirando Belenes y comprando regalos. El sociólogo estadounidense David Riesman nos dejó aquel desconcertante y expresivo título de La multitud solitaria. Podemos escudarnos en que a estas alturas de principios de 2007 semejante denuncia no pasa de ser una frase hecha. Pero no debemos huir de la verdad, aunque ésta, en ocasiones, pueda quedar sepultada por el tópico. Más bien, conviene desenterrarla para que nos sirva de guía y sendero. El nacimiento de un nuevo año siempre da que pensar. Aunque Pessoa opinaba que el mundo está hecho para mirarlo, no para pensar en él, no hay que crear oposiciones donde no existen. Mirar y pensar no son dos actividades excluyentes, sino complementarias. El oficio de pensar comienza por el ejercicio de abrir los ojos: miramos, observamos, contemplamos para que nuestra mente remate la tarea elaborando, construyendo, desmontando. «Esa voluntad de minutos / en sucesión que llamamos vivir» –en hermosas palabras de Dámaso Alonso– no podemos arrojarla por el sumidero de la frivolidad, por la alcantarilla de la nostalgia o por el desagüe pestilente de la estrechez de miras. El que sólo tiene ojos para un color es un dinamitero del arco iris, un emisor-receptor de soliloquios de ratonera, un topo orondo en su mazmorra monocromática, un álter ego malnutrido que se reparte con su ombligo las cuarenta cartas de la baraja de Juan Palomo para jugar con el espejo al solitario. El tahúr y su reflejo no son dos. No son ni siquiera uno. Son nadie. Pues, como bien enseña un proverbio griego, «un hombre solo es lo mismo que ningún hombre». Incluso cuando adopta la forma de multitud. Ya se sabe que no hay desierto más desolado que un convoy del Metro en plena hora punta. El desafío de lograr humanizarnos en medio de nuestra jungla de hormiguero y enjambre es un buen objetivo para remarcarlo en el calendario de proyectos de estos próximos doce meses. Para llegar a ser humanos hay que empezar por empeñarse en mirar de otra manera: mirar alrededor; mirar al interior; mirar hacia lo alto. Son tres miradas en un único campo visual. Es la genuina visión en tres dimensiones. Sin gafas galácticas ni cristales ahumados. Dichosos los que gradúan la lente de la ternura con este triple zoom en la retina y enhebran la memoria de los afectos en la yema de los dedos –ahí donde se activan las caricias–, no en el disco duro del ordenador de los intereses o en las anotaciones de la agenda de las conveniencias. Ellos verán la luz. José Manuel Berruete, OAR Parroquia Santa Rita, Madrid
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