Un viaje de Troya a Ítaca…

Un miembro de las Juventudes Agustino Recoletas de Madrid visita un centro de atención a drogodependientes de la capital de España para conocer a fondo qué se hace allí y cómo pacientes y voluntarios llevan sus relaciones.
testimonios | 08 ene 2007
La Odisea, una imagen de la vida.
La odisea, punto de partida Hace aproximadamente unos 3000 años, un poeta clásico escribió acerca de un personaje llamado Odiseo y sobre sus aventuras vividas durante el viaje desde las guerras de Troya hasta su hogar, Ítaca, territorio de la antigua Grecia. Él y sus hombres se enfrentaron a multitudes de aventuras a lo largo del camino, pero la que siempre he recordado es aquélla donde Odiseo y su tripulación desembarcaron en las Islas de los Comedores de Loto. Esta isla era paradisíaca, un lugar onírico y de ensueño donde el protagonista de la historia y su tripulación decidieron descansar y permanecer durante un tiempo y recuperar fuerzas. Una vez instalados en la isla, Odiseo mandó a dos exploradores, que formaban parte del grupo, a indagar en aquel extraño lugar y averiguar si existían tribus nativas que fueran de fiar y pudieran ayudarles a seguir su camino hacia Ítaca Sorprendentemente, ambos exploradores no regresaron. Durante su exploración se toparon con la tribu madre de aquellas islas, la tribu de los Comedores de Loto. Ésta recibió a los dos exploradores con una fiesta. Los comedores de Loto les prepararon un ritual oriundo lleno de danzas y manjares, querían celebrar su llegada y mostrarles a los nuevos forasteros aquella nueva forma de vida. De entre todos los manjares, los indígenas les ofrecieron los lotos, un plato exquisito cuya planta principal se cultivaba en aquella zona. Se trataba de una flor alucinógena y adictiva que persuadía tan sólo con su olor a todo aquél que estaba a punto de caer en su trampa. Efectivamente, los dos aventureros cayeron en la perdición. El manjar les hizo olvidar su objetivo: regresar a Ítaca. Estuvieron sumidos durante meses en un estado de enajenación total, se encontraban muy aturdidos y transportados en una nueva dimensión que les alejaba cada vez más de la realidad. Afortunadamente, Odiseo los pudo encontrar y como héroe de esta historia los arrastró hacia el barco en medio de pataleos y gritos, los ató a sus asientos y ordenó a su tripulación que embarcaran de inmediato por miedo a que ellos también pudieran comer del loto y olvidaran el camino de regreso a casa… Como la vida misma La historia de Odiseo no sólo es una simple historia de un hombre griego que vive muchas aventuras durante su camino a casa. Para mí significa mucho más. Es una historia donde vemos reflejada nuestra misma vida como un largo viaje lleno de obstáculos que se nos presentan una vez empezado el camino. Para nosotros, los drogadictos, la aventura de la isla de los Comedores de Loto nos sirve como lección particular. Nos estancamos en la tierra del Loto olvidando nuestra misión, las otras aventuras que también nos esperan en el camino de regreso a casa, a Ítaca… Afortunadamente, cada uno de nosotros puede encontrar al propio Odiseo dentro de sí o en otra persona y al igual que en el cuento es quien nos arrastra por el cuello nos lanza de regreso a casa. Ahora, todos los que nos sentimos protagonistas de esta aventura estamos remando como locos y de momento no sabemos qué nos depara el futuro, pero si somos conscientes de que estamos de regreso, de nuevo en nuestro camino…” Un tren del que es difícil bajarse en marcha Un reflejo de todo lo anterior pueden ser las experiencias de muchas personas que han decidido enfrentarse a una realidad en la que se encuentran atrapadas desde muy jóvenes, una realidad que tan sólo se llega a poner en funcionamiento con un chute de heroína o una noche loca en macrofiestas pastilleras. Muchos de ellos podrán sentirse protagonistas de esta historia escrita hace nada menos que tres milenios. Luna, 26 años, estudiante de Educación Social en la Universidad de la Sagrada Familia, pasa las tardes de los jueves compartiendo momentos de “cafés”, juegos de mesa y tertulias en uno de los centros de rehabilitación de la asociación CAUCES de Madrid, un piso aparentemente normal, situado en una de las mejores zonas de la ciudad y que encierra diferentes historias y anécdotas no muy lejanas a nosotros. Éste es el lugar que da cobijo a un grupo de personas que intentan ayudarse mutuamente para salir adelante y empezar a remar con rumbo al hogar, a Ítaca. Esta experiencia, no sólo supone para Luna unas simples prácticas que consiguió a través de la optativa de drogodependencia; también se presenta como una oportunidad para ver qué hay detrás, qué se esconde tras la imagen que tenemos de ese colectivo real que sufre diferentes tipos de trastornos y cuya marginación social se presenta como un hecho. La propuesta del profesor fue interesante y ella junto a dos compañeros de clase se comprometieron cada jueves de la semana a dedicar su tiempo en este centro: “Al principio tanto mis compañeros como yo pensábamos que sólo estaríamos para echar una mano, un poco al margen de la metodología que llevaban los que trabajaban ya allí; una vez entramos en el piso, nos dejaron los jueves exclusivamente para nosotros…”. Así fue como comenzaron a preparar lo que sería su propia inventiva de trabajo, siempre guiada y apoyada por los especialistas del centro. El primer jueves, con el irremediable miedo y nerviosismo de esta nueva experiencia, entraron en el piso con una ligera idea de lo que podían encontrarse: yonquis demacrados en fase terminal con graves problemas mentales, de socialización y adicción. Pero no fue así. Las personas que siguen la rehabilitación en este piso provenían del CAD, es decir, habían pasado una primera fase en esta organización dedicada a drogodependientes, donde recibían una atención especializada y donde también se decidía, según la evolución del toxicómano, el traslado de éste a centros de las mismas características que los pertenecientes a CAUCES. Los tres estudiantes se encontraron con personas que habían dado el paso para iniciar una nueva vida, sólo faltaba un pequeño empujón que se debía reflejar en las “quedadas semanales”. Una aventura aparentemente fácil. Volver a ser ellos mismos “Hay una chica que acaba de llegar al centro. Después de quince años metiéndose y un mes de abstinencia, decía que se sentía como un globo. Debe esperar a ver las cosas de otro color, a ver la realidad”. Al principio, cuando se empieza a consumir droga, ésta resulta gratificante y evita cualquier tipo de frustraciones, aunque también lleva inconscientemente a la adicción. La persona no siente ningún tipo de dependencia extrema a la sustancia; de hecho, puede estar un tiempo sin consumir y no sentirse atado a ella. El problema está en que esto le hace creer “que controla” y que la droga realmente funciona como evasión, para huir de los problemas exteriores e interiores. En el proceso de drogadicción, la heroína se convierte en la protagonista, inicialmente comenzarán fumándola y acabarán en el “pico”, donde actúa de forma más rápida. Las primeras tomas de este tipo son en grupo y el ritual principal consiste en compartir la jeringuilla, siendo un elemento importante para sentirse uno más: — “Si nos invitan a comer, no nos llevamos los cubiertos…” Con el paso del tiempo, cuando llegan a un estado de deterioro extremo, empiezan a hacerlo solos. La soledad es un arma de doble filo y la herida puede contagiarse de SIDA en el peor de los casos. Todo lo explicado es la base de la historia de cada miembro de esta pequeña comunidad, una historia común que se han propuesto olvidar, o mejor dicho, que deben rectificar para aprender de ella. Consolidar y normalizar Al entrar en el piso, Luna y sus compañeros se encuentran con una organización rutinaria que se encarga de normalizar y consolidar la situación que se vive dentro. Los educadores que trabajan allí acompañan a cada uno de ellos a todos los lugares donde deben ir a lo largo de la semana: médicos, psicólogos, asuntos personales… No pueden salir solos hasta pasados tres meses de convivencia en este centro, y cuando es así, el tiempo de la salida debe ser de tres horas como máximo. Tampoco trabajan. La manutención se la da la misma asociación, proporcionándoles también una pequeña paga mensual de 27€ que tienen que administrar meticulosamente para poder realizar todas las actividades extras que surgen, como por ejemplo ir al cine o comprarse un desodorante especial, diferente al que le facilitan los monitores. “Ellos están muy interesados en aprender y salir al exterior, se dan cuenta de que tú con 26 años sabes manejar Internet y ellos… se dan cuenta entonces del tiempo que han perdido.” Dentro del piso también existen normas de convivencia: “Con el tema de la higiene son muy pasotas. Algunos han llegado a vivir en unas condiciones infrahumanas y ahora tenemos que volver a reeducarlos para que vean la higiene como una necesidad personal…” Tanto ellos como los educadores se encargan de organizar todas las semanas las tareas de la casa y plasman, en un calendario que permanece en la entrada, las faenas que tienen que llevar a cabo cada uno para que el piso esté limpio y tengan cubiertas todas sus necesidades: limpiar los baños, fregar el suelo, limpiar el polvo, preparar el desayuno y la merienda… Respecto a la higiene personal, es obligatoria la ducha. Son personas con las defensas muy bajas y el aseo diario es necesario para la mejora física y la prevención de cualquier tipo de infección o contagio. Todo esto se adecua a las normas de convivencia que cualquier centro, hospital, geriátrico… Incluso las personas que conviven en un piso de estudiantes podrían, y deberían, guiarse por ellas. La llegada de la hora de la medicación sí supone una pequeña aventura donde los educadores: los chicos de prácticas y los enfermeros tienen que estar pendientes de cualquier jugarreta. La medicación varía según el caso de cada uno y sólo las enfermeras tienen acceso a ella y pueden proporcionarla. En un centro de drogodependientes el control de medicamentos debe ser meticuloso, desde una dosis de metadona hasta una mera aspirina para el dolor de cabeza deben pasar desapercibidas para que estas personas no fijen su atención sólo en ello: “Hubo un caso en el que uno de ellos llegó incluso a fingir que estaba enfermo para recibir más dosis de las que les correspondían… gracias al control de las enfermeras pudimos evitar que la chica, en este caso, pudiera conseguir lo que buscaba…”. Los que viven en este piso se encuentran en una etapa de reinserción, tienen que estar aislados de todo aquello que pueda causarles cualquier tipo de tentación que les haga retroceder. Las visitas sólo están permitidas a los familiares más cercanos y están supervisadas por el CAD que se encarga de llevar a cabo una minuciosa investigación para conocer los antecedentes y la historia de cada uno de ellos: “Como acompañante, te dedicas a escuchar y ellos te cuentan su historia, sus cicatrices, su vida… Te aconsejan para que no te metas en el mundo de la droga, una vez allí es muy difícil salir a flote” De esta forma se intenta evitar cualquier tipo de recaída, rompiendo con todo lo anterior y empezando una vida nueva, en un lugar nuevo y con personas nuevas: “Llevas metiéndote desde los 15 años y ahora a los 30 decides parar, quieres cambiar toda tu vida… Te encuentras flotando en una nube, alejada de todo y de todos, y de repente de buenas a primeras te caes y te encuentras sumida en un estado de shock, en la realidad…”. Entrar en su vida Deseosos de la llegada del jueves, Luna y sus compañeros preparan lo que van a ser las actividades del día con la ayuda del mismo centro que les proporciona un listado de citas médicas y salidas que necesitan hacer cada uno de los que viven allí. La primera hora de la mañana, después del desayuno, está dedicada a realizar actividades deportivas. Actualmente, estas personas se encuentran en unas condiciones físicas determinadas, consecuencia del problema adictivo. Este tipo de actividades se propusieron con el objetivo de que recuperaran masa corporal hasta llegar a un estado normal y para que también concibieran el deporte como una forma de vida sana. Después de esto, tanto Luna como los educadores del centro, acompañan a cada uno de ellos a diferentes lugares: “Solemos ir a las citas con especialistas que llevan su caso, también al psicólogo, a reuniones del CAD… a veces, ellos mismos deciden dónde les apetece ir”. Las tardes suelen estar dedicadas a talleres. Luna se acerca con el grupo a un centro de día que pertenece a la Asociación DELTA de Madrid. En este sitio se imparten diferentes tipos de talleres donde se ponen en práctica muchas capacidades antes desconocidas para ellos: talleres de danza, marroquinería, teatro, manualidades, tertulias literarias… Estas actividades despiertan el interés y la curiosidad en estas personas que sólo han estado centradas en una sola cosa durante muchos años, una pequeña ayuda para conseguir la autorrealización y saber que todavía son “capaces de…”. En estas tardes comparten, ríen y —lo más importante y utópico para ellos— se comunican con el entorno: “Es complicado llegar de repente y entablar conversación con ellos, primero porque no soy la única que lo ha intentado, detrás se esconden muchas más intentonas de otros educadores, y en cierto modo, tengo que admitir que esto desconcierta al chico o la chica que pueden llegar a pensar “¿Quién eres tú y qué coño haces aquí?”. Están hasta las narices de la gente que vienen de prácticas y se sienten como “venga, vamos a ayudarte”… El silencio también puede ayudar, no obligar a que te cuenten, eso debe surgir. Si tienes que llevarte dos horas sentada en un sofá fumándote un cigarrillo y en silencio, debes hacerlo por muy incómodo que resulte, porque es así”. Todo un mundo de riesgos Luna sabe que para estas personas la comunicación con el exterior es uno de los diques más difíciles de derribar. Se sienten marginados, incluso ellos mismos se automarginan una vez dentro del mundo de las drogas. La familia puede servir de apoyo, pero en ocasiones no está preparada para ello, así que recurren al educador social, personas como Luna, que debe dar simultáneamente el apoyo moral que necesitan y unas pautas de comportamientos para que puedan ser capaces de inmiscuirse en la realidad social. El tema de la droga no sólo está presente en nuestro entorno, convive con nosotros sin la necesidad de trasladarnos a un centro de desintoxicación. Si paseas por Malasaña o por Lavapiés o por cualquier otro barrio de Madrid —porque ya no sólo ocurre en zonas como Vicálvaro y Barranquillas, tradicionales “puntos de venta”— puedes encontrarte una furgoneta que se pare frente a ti, donde un señor va a aparecer tras bajar la ventanilla del vehículo y sin ningún tipo de pudor te ofrecerá de ese manjar, del loto. Podemos ser exploradores…eso depende de cada uno. En estos momentos cualquiera de nosotros puede tomar el papel de explorador y en el siglo en el que nos encontramos y en la sociedad en la que vivimos no hace falta saber que ya hemos roto con la imagen, con el tópico del que hablaba el poeta urbano: “Macarra de ceñido pantalón, pandillero tatuado y suburbial, hijo de la derrota y del alcohol, sobrino del dolor, primo-hermano de la necesidad”. Adelaida Marín Gutiérrez Madrid
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