La leyenda del Cuarto Rey

Hasta llegar al portal los Magos siguieron la ruta que les marcaba la estrella. Sin embargo parece que junto a Melchor, Gaspar y Baltasar hubo un cuarto rey. ¿Por qué no llegó con ellos? ¿Cuál fue su estrella?
pastoral | 06 ene 2007
Según una leyenda rusa, existía un cuarto rey que partió junto con Melchor, Gaspar y Baltasar. Su regalo para el Niño Dios consistía en tres brillantes y valiosísimas piedras preciosas. Él era el más joven de los cuatro, y ninguno de ellos abrigaba en el corazón un anhelo más profundo ni más ardiente que el suyo. Por el camino, oyó de repente los sollozos de un niño. De pronto vio en el suelo a un niño tendido, indefenso, desnudo y sangrando por cinco heridas rojas. Al verlo tan tierno e indefenso, el joven rey se llenó de compasión. Lo recogió y cabalgó de vuelta a la aldea que acaba de dejar atrás. Allí nadie conocía al niño. Buscó a una mujer que le hiciera de madre y le entregó una de las valiosas piedras preciosas para asegurar la vida del niño. Luego el rey continuó su camino guiado por la estrella. Al llegar a una ciudad, aún muy sensible por lo que le había sucedido con el niño, se encuentra con un cortejo fúnebre. Había muerto un padre de familia y la viuda y los hijos van a ser vendidos como esclavos. El joven rey se compadece y les entrega la segunda piedra preciosa. Montado de nuevo en su cabalgadura, no encuentra la estrella y comienza a dar vueltas a su cabeza acerca de si está cumpliendo bien con su misión. De pronto la estrella vuelve a brillar y le conduce a un país extraño en el que la guerra estaba causando estragos a sus habitantes. Encuentra a un grupo de hombres que van a ser ejecutados por un batallón de soldados. Ante semejante acontecimiento, nuestro joven rey entrega a los soldados la tercera piedra preciosa con el fin de buscar el indulto de los que iban a ser ejecutados. A partir de ese momento ya no vuelve a verla estrella. Pobre como una rata recorre las tierras ayudando a las personas amenazadas. Llega a un puerto justo a tiempo para ver como un padre es arrebatado a su familia y obligado a trabajar para pagar sus deudas sirviendo como galeote en una galera. Él se ofrece a sustituirlo y, a partir de entonces, trabaja largos años como galeote. La estrella salió entonces en su alma. Está luz interior pronto lo llenó completamente, y le sobrevino la tranquila certeza de estar, pese a todo, en el camino correcto. Sus compañeros de esclavitud y sus amos veían en él un carácter irradiante, especial que los lleva a ponerlo en libertad. En sueños ve de nuevo la estrella y oye una voz que le dice que tiene que darse prisa. Se levanta sobresaltado y, efectivamente, allí está la estrella que vuelve a guiarlo hasta las puertas de una gran ciudad. La muchedumbre lo arrastra hasta una colina en la que se alzan tres cruces. Sobre la cruz central brilla su estrella. El hombre que cuelga de aquello cruz, lo encuentra con la mirada. Parecía haber padecido tos los sufrimientos y tormentos de la tierra a la vez que irradiaba toda la compasión y el amor sin límites. Sus manos taladradas por clavos, estaban dolorosamente retorcidas. De esas manos torturadas salían unos rayos deslumbrantes. De pronto, la luz de la comprensión sacudió como un relámpago al rey: «¡Aquí está la meta hacia la que he peregrinado toda mi vida. Este es el Rey de los seres humanos y Salvador del mundo, por quien he suspirado con anhelo; Él se ha encontrado conmigo en todos cuantos soportaban fatigas y cargas». El rey se arrodilla ante la cruz. Sobre sus manos abiertas caen tres gotas de sangre más brillantes que tres piedras preciosas. Cuando Jesús muere lanzando un grito, también el rey se derrumba muerto. Cuentan que después de muerto, su rostro seguí vualrto hacia el Señor y en él había un resplandor como el de una estrella brillante. A la luz de esta leyenda del Cuarto rey podemos pararnos a pensar en todas la veces en que no encontramos el rastro de nuestra estrella brillante, y nos sobreviene la duda a cerca de si estaremos o no en el camino correcto. Pero cuando te entregues a la vida, a los seres humanos que jalonan tu camino, cuando te inunde la compasión, la estrella resplanderá ante ti un día, y encontrarás al Niño Dios en cada rostro humano al que te vuelvas y a cuyo anhelo respondas.
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