La fácil y difícil Navidad. Meditación cristiana (y II)

En esta segunda parte, será el lector quien de acuerdo a su fe deba decidir si la celebración de la Navidad es fácil o difícil. El autor ofrece argumentos para una postura y otra.
pastoral | 27 dic 2006
Dostoievski, el gran novelista ruso, vio que no era nada fácil, y así lo narró en su novela Los hermanos Karamazov. En ella Jesús se le aparece al cardenal arzobispo de Sevilla, que era gran inquisidor. Hablan los dos, de pan y de libertad, de lo que quieren y no quieren los seres humanos, de cuando aceptan Cristo y cuando no. Pero lo que nos interesa es el final. El cardenal le dice a Jesús: ¡Señor, no vuelvas!. Y tenía buenas razones para decírselo. Y es que, por una parte, Jesús de Nazaret, cuando vino a nosotros, decía cosas que asustan a muchos seres humanos. ¡Ay de ustedes los ricos, ya han disfrutado a costa de obreros y campesinas!. ¡Ay de ustedes escribas y fariseos. No son más que hipócritas, aunque salgan en las primeras páginas de los periódicos y los condecoren los gobiernos como si fuesen gente de bien! ¡No anden repitiendo por ahí somos hijos de Abraham, somos una democracia. Hablen menos, gloríense menos de ustedes mismos, y hagan la voluntad del Padre celestial. Y dijo también otras cosas duras para todos: ¡si tu ojo te es ocasión de escándalo, arráncatelo!. No es fácil dejarse encontrar por Jesús de Nazaret. Pero, por otra y más importantemente, Jesús hacía cosas que animan y humanizan, a los pobres sobre todo, y a todo el mundo, a condición de ser humildes y sencillos, de ser honrados y no engañarse. Así, fácil es en navidad -debiera ser lo más fácil de este mundo- alegrarse de que del lejano horizonte de nuestros anhelos se ha acercado a nosotros un ser humano cabal. Alguien que siempre recibió a los sencillos, pobres, pecadores, niños y mujeres; que siempre consoló a viudas, leprosos, marginados por la religión; que siempre defendió y dio esperanza a oprimidos por el poder, a emigrantes y extranjeros; que siempre hizo el bien, y no por obligación, o por obediencia servil, ni por deseo -vanidoso- de sobresalir, sino porque es bueno hacer el bien. Y porque así es Dios. Alguien que siempre tuvo tiempo para hablar con ese Dios, de ponerse ante el misterio de ese Dios con respeto y disponibilidad, pero nunca con miedo sino con gozo. ¡Pobre arzobispo de Sevilla que tenía miedo de que se acerque Jesús! Dándole la vuelta a ese miedo, Leonardo Boff, de cuya pluma han salido páginas muy bellas sobre Jesús de Nazaret, escribe: ¡en contacto con Jesús, cada uno se encuentra consigo mismo y con lo que de mejor hay en Él: cada cual es llevado a lo originario! Es la navidad feliz. Quedemos, pues, en que la navidad es difícil y fácil. En elegir una u otra cosa está en juego nuestra fe. Con o sin lucecitas, con o sin cohetillos, con o sin un buen pavo -y ojalá haya luces, cohetes y pavo para los pobres, y ojalá no haya exceso de carnes y licores extranjeros para los ricos- tenemos que elegir entre el gozo o el miedo que trae Jesús. En el fondo entre el gozo o el miedo que nos da ser seres humanos. Algunos ni siquiera piensan en eso, con lo cual ya han elegido. Navidad formaría parte de la cadena de la rutina de entretenimientos con que se puede uno alejar de sí mismo y de la realidad, con que se puede superar el horror vacui, que decían los antiguos, el miedo a la soledad, al vacío. Sería como la Champion o un viaje de compras a Miami o un safari -para los más pudientes. Eso es huir para que nada se nos acerque en serio, aunque el precio a pagar es vivir en lo vacío e irreal. ¡Ha aparecido la benignidad de Dios entre nosotros!, dice la liturgia de estos días. ¡Así de humano sólo puede ser Dios!, dice Leonardo Boff. Es ¿fácil o es difícil celebrar la navidad? Mucho depende de nosotros. Jon Sobrino, SJ. Artículo publicado en ECLESALIA Para más información, pincha aquí
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