El árbol solo

En los 50 años de historia de la Ciudad de los Niños hay solo dos marcas inalterables: el espíritu de entrega y servicio de todo el equipo educativo y la presencia del Árbol Solo, que abre sus brazos a los chicos como dando gracias al Creador.
testimonios | 01 dic 2006
En lo alto, el árbol solitario con su pequeño retoño al lado.
Apenas una semana después de haber llegado a la Ciudad de los Niños como voluntario, los doce chicos del albergue donde me alojaba me invitaron a dar un paseo. Se mencionaron varios lugares y, finalmente, acordaron que iríamos al Árbol Solo. El puro nombre despertó mi curiosidad. No podía imaginarme que en un sitio con tanta vegetación como es el sur de Cartago, en la meseta central de Costa Rica y frente al volcán Irazú, podría haber un árbol solitario en algún lugar. El día señalado iniciamos el recorrido, que duró un poco más de una hora, hasta remontar por una suave pendiente el camino que nos llevó hasta la cumbre de una montaña donde se erguía, sereno y fuerte, un ciprés añoso, apenas acompañado en su cercanía por un vástago más joven y pequeño. En efecto, a su alrededor, y en un perímetro de unos cincuenta metros, no había otro árbol igual, lo que daba la impresión de soledad. El paseo resultó del todo agradable y pudimos disfrutar de una vista excelente de la ciudad de Cartago y de sus alrededores. Desde ahí se distinguía perfectamente el perímetro de la Ciudad de los Niños, su iglesia de atrevida arquitectura y los edificios de los talleres, los albergues y los pabellones. Entendí por qué era uno de los lugares preferidos de los muchachos. En realidad, lo ha sido desde la llegada de los primeros habitantes de esta singular ciudad. Así lo he podido comprobar a través de los testimonios que he reunido para reconstruir la historia de sus cincuenta años. No ha habido una sola persona que haya pasado por este lugar que no tenga algo que decir del Árbol Solo. Lugar de refugio para los chavales, que solían ir a abrazarse a su tronco para contarle su propia soledad; lugar de convivencia cuando en grupo se reunían bajo su sombra para tomar un poco de café que preparaban ahí mismo, acompañado con pan que ellos mismos habían elaborado. Aquí corría el pequeño que, el día de visita, había esperado inútilmente la llegada de la mamá, que había prometido regresar el fin semana a visitarlo. Aquí, en el Árbol Solo, como auténtico símbolo de la cruz de Cristo, había siempre un par de brazos abiertos para recibirlos a todos. Un antiguo alumno de la Ciudad lo narra así en un libro publicado: “El árbol solo era nuestro confidente. Allá subíamos muy frecuentemente a divertirnos; pero, en otras ocasiones, llegábamos hasta él a contarle nuestras penas” (Braulio Solís, La vida que me dio mi madre, p. 41). Esto es un ejemplo de lo que fueron los inicios de Ciudad de los Niños, allá, a fines de la década de los cincuenta. No solo había carencias afectivas difíciles de llenar, sino grandes limitaciones para satisfacer las necesidades materiales de la vida diaria; por eso me alegra saber que, ahora, los muchachos vienen aquí a reír y a compartir con sus compañeros con un espíritu de unión del que pronto queda uno contagiado. Fruto de la transformación y el crecimiento que ha sufrido en sus 50 años de vida, la Ciudad de los Niños hoy cuenta con un equipo de profesionales en el área psicosocial que se encargan de dar seguimiento personalizado a cada uno de los alumnos. Además, desde que se puso en práctica la idea de los albergues, donde viven doce muchachos bajo el cuidado y la vigilancia de un matrimonio rigurosamente seleccionado, se crea un ambiente familiar en el que los chicos, personal y colectivamente, aprenden los valores de la convivencia y comienzan a modificar su conducta con la que fueron marcados en sus hogares de origen. Desde luego, está la presencia permanente de los religiosos agustinos recoletos, que no tienen horario para atender las mínimas demandas de los muchachos. Una madre lo expresa así, refiriéndose a la labor de la Institución: “Ustedes han logrado lo que yo nunca pude: hacer que mi hijo cambie”. Y esto es, en principio, lo más notable de la labor de la Ciudad de los Niños: el cambio de actitud ante la vida; no tanto por la cantidad de conocimientos que adquieren en su estancia aquí, porque eso se podría lograr en cualquier otro lado. En 50 años de historia muchas cosas han cambiado en la Ciudad de los Niños y muchas seguirán cambiando al ritmo de los tiempos, siempre pensando en el mejoramiento y la superación: las instalaciones han crecido, el personal ha aumentado, los talleres se han definido mejor. Sin embargo, cuando uno revisa las experiencias de los alumnos, los frailes y los trabajadores que han pasado por aquí, parece haber dos puntos de encuentro que han estado presentes de manera inalterable: el espíritu de entrega y de servicio de todo el equipo y la presencia vigilante del Árbol Solo, que sigue abriendo sus brazos a los chicos como dando gracias al Creador por las bendiciones recibidas. Guillermo Vargas Chávez. Voluntario mexicano en la Ciudad de los Niños, actualmente apoya en las tareas educativas y en el proyecto de documentación y estudio con motivo de los 50 años de la Historia de Ciudad de los Niños (Costa Rica).
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