Lo máximo en lo mínimo

A las puertas de la Navidad, se nos invita a reflexionar sobre el misterio central de la Navidad, la encarnación; el como la inmensidad de Dios es capaz de encerrase en la naturaleza humana para compartir nuestras vidas.
pastoral | 22 dic 2006
Decir poco en muchas palabras suele ser lo frecuente entre quienes –en diferentes parcelas– laboramos con las herramientas de la lengua y/o la pluma (léase ordenador). Decir mucho en pocas palabras no deja de ser un don más bien escaso. Pero se da, afortunadamente. Testifico que en el bosque animado de la letra impresa me he encontrado hoy con una frase –cuyo autor lamento no poder precisar– que pertenece a este segundo y selecto grupo de lo inusual. Encandila por su sabia concisión: «Lo verdaderamente divino es lo que no queda retenido por su grandeza, sino que, por el contrario, se encierra en lo mínimo». Su seductora brevedad grávida de luz resulta aún más perceptible en la anatomía de su latín original: «Non coerceri maximo, conteneri tamen a minimo divinum est». Navidad: Dios se hace «carne» («sarks», en griego), esto es, corporalidad tejida de espacio y tiempo, nacida del seno de una mujer adolescente judía, ligada a la historia tan determinada de su pueblo hebreo, condicionada por unas limitaciones incluso somáticas y biológicas. El temblor de la Navidad tiene su epicentro en el corazón de Dios. Nuestra carne de arcilla y esperanzas –que no de membrillo y gusanos– se estremece de amor en el tiempo porque Dios vibra amorosamente desde la eternidad. La grandeza de Dios posee la hondura de la suprema ternura, a la vez que el vértigo de la más abismal osadía: Él ha querido transparentarse en la pequeñez de la arquitectura humana. Con su encarnación Dios ha liberado a nuestra humanidad del autismo, ha inyectado en nuestro torrente sanguíneo un suero de plenitud, nos ha estirado el alma más allá de los límites conocidos del nacer, crecer, reproducirse y morir. El tejido de nuestro vivir tiene urdimbre de eternidad y trama de gozo y salvación. Con su encarnación Dios ha abierto la escotilla de nuestra humana nave espacial y temporal, y ha descendido hasta su hondón interior más esencial y más radical, más constitutivo y más definitivo. Sin la Palabra de carne, la vida y la historia de los mortales nos hubiera parecido a sus protagonistas directos una tragicomedia de ambigüedad insuperable, hubiéramos desconfiado o desesperado de la fragilidad de nuestra raza de adanes y evas, y Dios hubiera permanecido siendo un concepto vacío, un extraterrestre arcano, un Señor de horca y cuchillo... muy poco señor. La Navidad no puede consistir en una espuma de frivolidades, en un burbujeo de derroches, en un hervidero de azúcares. La Navidad de Belén es como un río de ternura, silencio y asombro que nos lleva directamente hasta el mar del Dios Amor, hasta perdernos –o sea, encontrarnos– en las playas del infinito, ahí donde la inquietud se convierte en quietud última y el tiempo desemboca en el océano de la eternidad. Dios lo dijo todo en una sola Palabra: su Hijo. En la encarnación del Verbo, Dios –el sublime– se ha unido a lo mínimo. Volviendo al latín: Maximus in minimis. ¡FELIZ NAVIDAD! José Manuel Berruete, OAR Parroquia Santa Rita, Madrid
Síguenos en facebook twitter youtube Español | Portugués | English Política de privacidad | Webmail

Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino.

Paseo de la Habana, 167. 28036 - Madrid, España. Teléfono: 913 453 460. CIF: R-2800087-E. Inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, número 1398-a-SE/B. Desarrollado por Shunet para OAR Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino. © 2018 - 2019.