El sonido sí importa

Recién estrenado el Adviento, no tenemos que dejar que el sueño de la rutina se apodere de nosotros. El autor apuesta por la alegría del cascabel frente al ronco y mortecino son del cencerro.
pastoral | 04 dic 2006
No es lo mismo un cascabel que un cencerro. Pero tanto el uno como el otro tienen sus partidarios. Sucede algo parecido a lo que vemos a diario en relación con los devotos del fútbol o los seguidores de un cantante o de un grupo musical. Existen –existimos– los aficionados del club del cascabel; y existen –existimos– los hinchas del equipo del cencerro. Decía Ortega y Gasset: «Todos somos como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Y es el caso que, como en el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para liberarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión». Es verdad: todos tenemos –a semejanza del cascabel– un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Un núcleo aprisionado por una coraza externa. Vale, de acuerdo, pensaréis algunos. Pero, ¿a qué viene todo esto? Pues viene a propósito de que llega el Adviento. ¿Y para qué nos hace falta el Adviento? Resumámoslo así: necesitamos el Adviento para recuperar el cascabel y no degenerar en cencerros. Intento explicarme, si bien es algo que todos sabemos por propia experiencia: el cascabel de nuestras esperanzas se encuentra permanentemente encorsetado en el caparazón de la realidad, una concha, a veces, poco risueña. Pero el Adviento nos grita: mirad, vigilad, velad, no os apoltronéis, no convirtáis vuestro cascabel en una coraza. Sí, necesitamos el Adviento porque a menudo se nos petrifica esa savia transparente y saltarina que nos recorre por dentro y que representa lo que cada uno tenemos de niños, de ilusión, de esperanza. Y si nos volvemos sólidos, pétreos, fósiles, entonces no podemos sonar. Sí, necesitamos el Adviento para no atarnos a la costumbre en el misterio de creer, ni a la rutina en la misión de querer. Únicamente suenan los que sueñan, aquellos que no se conforman con vivir amodorrados en el conformismo, acalambrados en la ansiedad o encogidos en el aislamiento. Donde no circula la esperanza no hay Evangelio de Jesús. Aunque se memorice el catecismo, se cumplan los mandamientos y se dilaten los rezos. Nuestro itinerario cristiano lleva a estar siempre de ida, no a andar tristemente de vuelta. Dispuestos a dar alas. Opuestos a esparcir desencantos. Vacunados contra el pesimismo. Sí, necesitamos el Adviento para que nuestra alma de niños siga viva, golpeándose sin convulsiones ni complejos con la realidad, chocando en libertad con las paredes inexorables de la prisión del tiempo. Y que así, al chocar, suene tercamente la esperanza. Una y otra vez. Los instalados, los que sólo siembran y cosechan para sí mismos, están secos, se convierten en graneros acorazados... repletos de paja. Su campana no repica anunciando primaveras. Ya no son un cascabel. Sólo son –somos– unos cencerros. Llega el Adviento: Dios no se cansa de venir. Nuestra tarea: afinar y agitar la campanilla de la esperanza; nuestra misión: sonar como los cascabeles. Los cencerros... para las vacas. José Manuel Berruete, OAR Parroquia Santa Rita, Madrid
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