Descalzarse para dialogar

En las próximas fechas, Benedicto XVI, visitará oficialmente Turquia. Algunos sectores radicales turcos han mostrado su descontento. El autor reflexiona sobre la necesidad de un diálogo interreligioso basado en la conversión y la escucha.
pastoral | 27 nov 2006
Con la próxima visita del Papa a Turquía vuelve a salir a la palestra el tan necesario como manido tema del diálogo de las religiones. Son demasiados siglos de confrontación como para comenzar hoy fácilmente sin recelos recíprocos el acercamiento. En algunos momentos se ha empleado un lenguaje polémico con el prurito de buscar vencer al adversario y que sólo ha servido, en mi opinión, para levantar más el muro de la separación. En otros sólo ha habido intentos parciales e insuficientes sin una firme voluntad de diálogo existencial que se han quedado en meros papeles, en tinta mojada. De aquí se infiere que un primer paso es concienciarse de la necesidad de superar y olvidar un triste pasado de confrontaciones y polémicas y comenzar por hacer de los puntos de convergencia piedra de toque y no fuente de malentendidos. Otro elemento básico e insoslayable es aprender a convivir con lo diferente, saber aceptar la diferencia. Sólo situándose en un plano de libertad, de igualdad, de reciprocidad, de respeto de la alteridad, de respeto de la identidad y perspectiva del otro se establece el armazón del diálogo que trata al otro, no como un mero objeto, sino como un sujeto con el que comenzar a reescribir y escribir conjuntamente nuestra historia. Moverse por prejuicios es vivir hipotecados por el pasado. Estar abierto a la riqueza que supone el otro no es tarea fácil, ni de horas. Supone reconocer las limitaciones de las propias posturas, cuestionar ciertas preferencias injustificadas, revisar la propia identidad muchas veces construida en oposición a los otros. Supone no identificar totalmente lo que, en el momento presente, profesamos como lo Absoluto de la Verdad. Supone una auténtica «metanoia» fruto de la experiencia personal con el único Dios que nos mueve indefectiblemente a la fraternidad universal, a compartir la condición humana de desasimiento. Sin un diálogo de conversión inicial no hay posibilidad ulterior de otros diálogos Tener una voluntad de diálogo en el fondo es una actitud de la mente y el corazón que mira con respeto, comprensión y esperanza al otro, que ayuda a descubrir a Dios en las cosas pequeñas. . Este diálogo debe moverse entre dos polos, entre dos fidelidades que hay que salvaguardar: fidelidad a la propia confesión, a la verdad recibida en la propia Tradición; y fidelidad al diálogo, a buscar la unión por encima de las divisiones históricas. Nada puede ir en detrimento de estas realidades. Dando un paso más en nuestra reflexión, nos podemos preguntar: Y en todo esto ¿qué puede hacer la gente de la calle? ¿qué puede aportar el creyente de a pie en el diálogo de la conversión cuando su fecundidad parece venir inexorablemente del diálogo teológico de altura? Un error común es reducir exclusivamente el diálogo religioso al diálogo teológico como el único campo arrinconando otras vías de aproximación previas y en las que todos podemos participar. Me estoy refiriendo al diálogo de la vida, al diálogo del trabajo por la justicia y al diálogo de la experiencia espiritual que pueden catapultar a los hombres a la tienda del Encuentro y en las cuales todos tenemos una palabra que decir, una mano que tender. Todo el mundo puede esforzarse en trabajar por crear un mundo más justo y más digno en unión con cualquier persona independientemente de su raza, sexo o religión. Seguramente no estemos de acuerdo en algunos planteamientos, en las formas de entender la vida pero hay derechos básicos que no se están respetando; hay injusticias denigrantes, ya sean personales o estructurales, que escandalizan y oscurecen nuestra dignidad. No necesariamente tienen que ser grandes cosas sino que en las cosas ordinarias todos podemos colaborar. Hay una anécdota que cuenta que uno de los discípulos de Buda se le acercó un día y le preguntó: — “Maestro, ¿por qué en tus libros doctrinales no hablas de Dios?”      Buda contestó: — “Mira, hijo, cuando acabe con los problemas de los hombres      me preocuparé de los problemas de Dios”. Otro de los carriles señalados, y con el cual quiero acabar, es el diálogo de la experiencia espiritual. Quien quiera emprender este camino de convergencia deberá descalzarse para entrar en la sacralidad de la experiencia espiritual del otro. La mejor forma de ilustrarlo es con un ejemplo real. Una vez tuve la dicha de coincidir en clase con una musulmana de origen turco. No sé si por un proceso de ósmosis o por una afinidad de caracteres surgió un interés mutuo por lo que significaba y como vivía cada uno su religión. En un momento le pregunté: - “¿Y qué significa Dios para ti? ¿Quién es Dios para ti?” Con sencillez, en un clima de sinceridad, me respondió con una extraordinaria naturalidad diciendo: - “Dios está en mi vida y está en todo mi corazón” ¡Cuánto me hubiera gustado suscribir en ese momento esa vivencia como propia! Todos hablamos distintos lenguajes pero podemos usar palabras, ejemplos sencillos sacados de la vida ordinaria, de la experiencia que describan al otro la salvación, la vida eterna. Sólo cuando sepamos leer la vida desde Dios, sólo cuando seamos capaces de vibrar y emocionarnos con la experiencia espiritual del otro, no en abstracto, sino de gente concreta de otra religión, entonces y sólo entonces el diálogo tendrá rostro y se transformará en verdadera comunión desde el único Dios existente. Fernando Martín, OAR Casa de Formación San Agustín Las Rozas (Madrid).
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