Más blanco que negro

La vuelta a la actividad tras el descanso estival es una época adecuada para nuevos proyectos e ilusiones. El autor nos anima a no fijarnos en los detalles oscuros sino a caminar por la anchura de la esperanza de un nuevo curso.
pastoral | 27 sep 2006
Columnistas y plumíferos de variado pelaje suelen confesar que en ocasiones padecen el «síndrome del folio en blanco»: ante el compromiso de redactar las líneas de rigor y poblar de una serie de párrafos airosos el papel yermo, experimentan la angustia de la ausencia de pulso creativo y la amargura del vacío provocado por la fuga de las palabras con hechizo en la piel y voz en la médula. No resulta indolora la contorsión violenta de tener que escribir renglones derechos con las musas torcidas. Además de la acepción referida, el síndrome que nos ocupa alberga también otra afección no menos dañina. Un profesor comenzó la clase mostrando a los alumnos un folio de papel con una pequeña mancha de tinta en el centro y preguntó: «¿Qué es lo que veis?». A lo que todos respondieron: «Una mancha de tinta». Así somos los humanos: vemos sólo las manchas, por pequeñas que sean, y no vemos el gran folio en blanco que es la vida, donde se puede escribir un poema de amor, una novela negra, una crónica de aburrimientos, un manifiesto de decepciones o una partitura de esperanzas. En la alborada de este nuevo curso, ahora que se extiende ante nuestros ojos el cuaderno en blanco de todo un bloc de proyectos frescos, podemos ser víctimas de diferentes confusiones visuales y apagones mentales. Unos momentos de sinceridad: al presente, más de dos tenemos enfocada nuestra mirada en los inevitables borrones con los que la imprenta de las horas ha moteado –o moteará– las páginas vírgenes de nuestro próximo vivir. Es verdad que nuestro mundo no es un poblado de ángeles. Pero si no nos queda en las pupilas del alma un indomable rayo de luz de la infancia que un día fuimos, habremos cumplido años en vano. El libro de nuestros otoños no será sino un archivo de agendas pretéritas y marchitas. Marc Oraison ha escrito que «no se puede ser niño ante Dios si no se es adulto ante los hombres». La infancia es, antes que nada, una fascinada pasión de vivir. Conservar la infancia cuando se ha dejado atrás –algunos a muchas millas ya– el "cabo Finisterre" de la juventud, no es una quimera disparatada que nos esposa al mascarón de proa de la nave del infantilismo. La fascinada pasión de vivir es un pálpito de profunda madurez –a veces doloroso, pero siempre gratificante– que late en el corazón más genuino del Evangelio. Por algo Jesús nos urgió: «Si no os hacéis como niños...», no observaréis –añadimos en libre fidelidad– el espléndido océano del folio en blanco; sólo os fijaréis en la mancha luctuosa del barril de crudo derramado en el mar del porvenir. Desde la catástrofe del "Prestige", hasta los percebes saben que no es recomendable chapotear en el chapopote, e incluso los langostinos palpan que el petróleo es negro y está caro, al mismo nivel de tasación que sus cotizadas anatomías. No sobrevaloremos todavía más el alquitrán. Sería una muy mala inversión. Un naufragio contaminante en la fosa de las sombras. José Manuel Berruete, OAR Parroquia Santa Rita, Madrid
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