Eucaristía: fracción del pan, encuentro entre culturas

En esta reflexión nos vamos a acercar al misterio ecuarístico desde la multiculturalidad. Sólo el que es capaz de encontrarse con el hermano, sea de la cultura y raza que sea, es capaz de encontrarse con Cristo en la Eucaristía. Y vicecersa.
pastoral | 09 may 2006
Iván René Cano Aguirre, OAR. Serie fotográfica "Eucaristía". Querétaro (México), 2006.
• Símbolos recíprocos El Misterio eucarístico es tan amplio como difícil de abrazar, tan tangible como iluminador de cualquier realidad y situación humana. Es un sacramento de comunión universal que necesita ser repensado continuamente para poder vivirlo con mayor conciencia y presencia. En esta reflexión nos vamos a acercar a él desde la óptica de un nuevo fenómeno social como es la multiculturalidad. Sólo el que es capaz de encontrarse con el hermano, sea de la cultura y raza que sea, es capaz de encontrarse con Cristo resucitado en la Eucaristía y viceversa, sólo el que es capaz de descubrir la presencia de Cristo en la Eucaristía que viene a nuestro encuentro, está preparado para tener encuentros fecundos con el hermano. Si todos somos cuerpo de Cristo, en el altar está nuestro misterio. • Tú, nunca morirás En este planteamiento es clave la palabra encuentro; pero ¿qué se entiende por encuentro? ¿Cuándo se da un verdadero encuentro? Un encuentro personal es aquel en el que alguien dice al otro con sus palabras, con sus gestos o con sus actitudes que le importa, que su vida merece la pena y que lo que siente le importa. Es hacer que el otro se sienta persona, se sienta querido. Es decirle: “Tú nunca morirás para mí”. Son esos momentos donde la vida se hace fecunda. Son pequeñas experiencias de resurrección, de vida eterna. Lo mismo que ocurre en un encuentro interpersonal ocurre en la Eucaristía. La entrega anticipada que interpreta y universaliza la cruz, es un punto vital donde Dios toca al hombre y le recuerda que le ama, que le importa y que ha sido capaz de hacerse hombre para ofrecer lo humano a Dios y darnos vida eterna si nos unimos a Él. En este sentido podemos decir que la Eucaristía es una chispa de plenitud que Dios regala al hombre para que pueda encontrarse con Él. Vivir desde la gracia es moverse en los umbrales de la vida eterna. Conviene aclarar que el encuentro eucarístico no es una recompensa a una vida virtuosa y moralmente intachable sino una comida para pecadores, para los necesitados de aceptación, misericordia y recuperación. Es una entrega de amor liberadora que rompe las cadenas de la culpa de existir o de la angustia de creer que no somos necesarios ni valiosos. Es entrar en el amor divino que crea la civilización de la solidaridad y elimina los tratos despóticos y deshumanizadores. • El peregrino discreto La larga gestación histórica del abrazo de Dios con cada persona, con cada buscador lleno de preguntas y mendigo de respuestas existenciales, pasa por el intercambio cultural diario. Toda experiencia religiosa se vive desde el contexto del propio modo de vida y costumbres. Ésa es la base. Sólo se llegará a una verdadera adoración en espíritu y verdad si cada persona concreta es capaz de superar sus fronteras interiores y aceptar que su experiencia divina es mayor que sus reducidas concepciones. Hay una cultura de la gracia latente y común a todo hombre dentro de la historia. Quien es capaz de vivir desde esa cultura de la gracia la propia tradición cultural de su pueblo es capaz de encontrarse con el Peregrino Discreto, Jesús, que camina resucitado a nuestro lado. Una tradición cultural asentada y sólida permite al Evangelio entrar hasta lo más profundo de sus entrañas y desde allí escribir la historia personal de amor y liberación que el caminante silencioso y profundamente respetuoso desea fervientemente escribir con cada persona. El método de encuentro que Cristo emplea se puede ver tanto en el pasaje de la Samaritana como en el de los Discípulos de Emaús. Jesús se hace el encontradizo usando la trama de la vida como lugar de encuentro. Busca la confrontación cultural (en la primera parábola entre lo samaritano y lo judío; en el segundo pasaje entre la cultura de la vida y la cultura de la desilusión y decepción) para que quien sea capaz de aceptar la novedad y reconocer su presencia significativa se enfrente con la Verdad, con su verdad existencial, y pueda, desde el reconocimiento de Jesús como Señor de vivos y muertos, dar sentido a su vida. Del mismo modo, el hombre de hoy debe salir al encuentro de los hombres sabiendo mantener lo esencial de su identidad personal y cultural. Todo encuentro es reflejo de lo que somos y de lo que estamos llamados a ser. Todo encuentro cultural muestra o ayuda a reconocer quiénes somos. No debemos olvidar el riesgo de desestabilización para unos y la liberación de cargas culturales que produce en otros el encuentro con lo diferente. Un verdadero encuentro convence y convierte, descentrando del camino solitario propio y angosto hacia un camino fraterno y salvador; si no, que se lo pregunten a todos los personajes evangélicos que se atrevieron a mirar cara a cara al Señor y ya nunca más volvieron a ser los mismos. El hombre de hoy debe romper el movimiento pendular de las relaciones inauténticas que zozobra entre la más arisca intransigencia y la más asombrosa disolución de la propia identidad y cuya desgraciada consecuencia es la irreconocibilidad del mensaje evangélico. El hombre del siglo XXI, más que nunca, debe vivir en una dinámica de discernimiento y autocrítica que lleve a crear vínculos de pertenencia hogareños donde se superen los cuestionamientos de la propia identidad y donde Cristo sea el eje sobre el que se mueven todas las relaciones. Propuesta: Convivir con otras culturas y después volver a la cultura propia y mirarla con ojos interculturales. ¿No es Dios más grande que todas nuestra limitadas percepciones? • El alimento de la fraternidad Adentrándonos en los caminos propiamente eucarísticos, es importante recordar y saber quiénes celebran y cómo lo viven, pero más importante es saber qué se celebra y para qué se celebra la Eucaristía. Jesús dedicó toda su vida al anuncio del Evangelio con signos y palabras. Y un signo fue el comer con pecadores. Compartir comida era, para los semitas, compartir amistad; de ahí que, como primera aproximación, haya que entender la Eucaristía como el alimento necesario que crea amistad en un ambiente de alegría. Las palabras de la institución nos señalan esa entrega total constante y con carácter violento. Cristo entrega su yo, su cuerpo, su capacidad relacional, es decir, su espíritu para hacernos hijos suyos de forma que todos podamos participar de Él desde su humanidad resucitada. El espíritu eucarístico que envuelve todo es la disponibilidad para el servicio y la fuerza para poder afrontar las dificultades futuras. Sus palabras: “Haced esto en memoria mía”, que están en un contexto dialogal, son palabras que exigen ser acogidas y respondidas. Incluyen un actuar para que se hagan eficientes en el presente. Sólo el que deja transformar su corazón de piedra por uno de carne participa en la Nueva Alianza. Como dice san Pablo: “Vivirá una comunión íntima con Jesús y una comunión sin división con los hermanos”. En la Eucaristía recibimos a Cristo que nos prepara para la donación e identificación con Él. Es abrazar en nuestro corazón a toda la humanidad, porque en Cristo está todo hombre con sus gozos y sus limitaciones. De ahí la responsabilidad y el ser conscientes de lo que hacemos cuando comulgamos. Celebramos para contemplar la belleza del Misterio y ver cómo todo se hace nuevo. Es recrearse en su obra y en la humanidad reconciliada con actitud humilde de gratitud. Si la Iglesia y la Eucaristía se definen del mismo modo, “Cuerpo de Cristo”, es un escándalo vivirlas separadas; celebrar la Eucaristía e incoherentemente rechazar al hermano. No dejar que la comunión con Cristo dilate nuestra capacidad de acogida, no ver más allá de nuestros mezquinos prejuicios, no hacer que nuestra autoridad se ejerza posibilitando que el otro sea, es una perversión de la verdad cristiana. Todo esto no es fácil ni se vive de forma inmediata. Por ejemplo, en las primeras comunidades cristianas había muchos conflictos y problemas que los apóstoles tuvieron que solucionar para que todos pudieran participar de la Eucaristía, para pasar de simples actos cultuales a vivir la vida, la comunión y la reconciliación con los hermanos. Cuántos esfuerzos denodados hacemos por blindarnos frente a lo extraño y por no entregarnos a comunicar la gran riqueza que habita en nuestro corazón. Relativizar lo accidental no es despreciar ni destruir lo esencial sino convertir nuestras mesas en comidas fraternas e inclusivas, es vivir la presencia plena en cada una de las personas. Ser celosos custodios de las propias tradiciones culturales no guía nuestros pasos por un camino ecuménico. Recordemos finalmente el dinamismo eucarístico. El sacrificio de Cristo por la humanidad, que es actual y eficaz en cada celebración, tiene su fruto en la presencia en las especies. Y el fin de dicha presencia es la comunión con los hombres y esta presencia en cada hombre, tras la comunión, hace que nuestra vida sea sacrificio por la humanidad. Entendiendo sacrificio como nuestra ofrenda personal a los demás, especialmente a los pobres. De aquí que se diga que el lugar de sacrificio, de servicio, el altar de la Iglesia sean los pobres. • Encarnación eucarística Todo cristiano debe vivir este espíritu eucarístico, pero de una forma muy particular los consagrados a Dios. La dinámica existencial de la Vida Religiosa es hacer de la vida una entrega amorosa y una acción de gracias continua como la respuesta más adecuada al amor del Creador y Redentor de la humanidad. Así, la vida es Eucaristía. La vida se vuelve servicio gratuito y expresión del amor gratuito de Dios. Cada religioso, poco a poco, se va transformando en otro Cristo desde su propio amor, desde su experiencia pasada y presente como espacio de encuentro con Cristo, desde su capacidad de exponerse ante la presencia de Cristo, desde su capacidad de reposar humildemente su vida y su indigencia en el pecho de Cristo. Es obvio que los consagrados son hijos de su tiempo, y su trabajo de evangelización y su vivencia comunitaria vienen matizadas por las repercusiones de los fenómenos de la multiculturalidad y la interculturalidad. Tienen que aprender a vivir, fomentar y fundamentar la cultura del encuentro con Dios bajo este prisma. La fe siempre se vive desde una cultura. Una cultura que en ningún momento debe chocar con la cultura congregacional, entendida ésta como el carisma institucional o estilo propio de vida. Del mismo modo se debe señalar que la fidelidad al carisma no es igual a tener fidelidad a las tradiciones culturales. No se debe confundir un modo cultural de vivir el evangelio con el propio Evangelio. La forma de vivir también es reflejo del espíritu eucarístico. Por ejemplo los consejos evangélicos de la Vida Religiosa son algo existencial, pero también son el grito del enamorado que, no amando más que los demás, está llamado a demostrar el amor de Cristo por los hombres. Un grito de enamorado similar al que todo cristiano lanza cuando se acerca a comulgar en busca de recibir la fuerza, el espíritu y la vida de Cristo resucitado sabiendo que Cristo no prometió un amor temporal, y en cuanto tal irrisorio por su caducidad, sino un amor que es eterno referente de lo divino e incapaz de rehuir de cualquier compromiso que no lleve al hombre a su salvación. Una última reflexión sugerente es emplear la Eucaristía como criterio de lo que es la Vida Religiosa porque ambos son un acontecimiento de consagración. En la Eucaristía se consagran como dones el pan y el vino, y en la profesión religiosa se consagra la propia vida del religioso con sus cualidades y defectos. Así tenemos que la consagración se puede entender de diversas formas: — Vaciamiento: En los dones eucarísticos sólo permanecen los accidentes y se llenan de la presencia real de Cristo. ¿No debe vaciarse el religioso de sí para llenarse de Cristo? — Encuentro: El Señor quiere establecer una relación, unos lazos con su comunidad, con la humanidad entera y por eso se hace presente en los dones de forma “pasajera” para desde ahí, con la comunión, hacerse presente en cada miembro de su comunidad. ¿No debe ser el religioso el que hable y acerque con su vida a Dios a todos los hombres? — Trascendencia: El deseo más profundo de Dios es que todo el mundo disfrute de vida eterna sin ninguna atadura. De ahí que llene los dones de transcendentalidad a través de su presencia resucitada. ¿No debe ser el religioso la persona que luche por dignificar, liberar y plenificar a todo hombre? • La ley del amor Son muchos los puntos de reflexión tocados y apuntados pero el mejor reflejo de todo lo expresado lo da Benedicto XVI cuando afirma que la Eucaristía es la síntesis viva de la ley del amor. Todo hombre debe dejarse progresivamente transformar por Cristo. Sólo el amor de Dios basta, y éste hay que expresarlo amando al otro, incluyendo al que no puede corresponder. Sólo el amor hace fecundos los encuentros interpersonales y sitúa todas las relaciones en la perspectiva eucarística. Cuentan que iba Marilyn Monroe —“sex-simbol” de los sesenta y millonaria—, visitando una leprosería llevada por religiosas. En un momento dado, abre una puerta y ve a una monja, ya anciana, curando las heridas a un leproso de cuerpo putrefacto y maloliente: — “¡Ay, que asco; yo no haría eso ni por un millón de dólares!”. Y se vuelve sonriente la “pobre monjita” y con dulzura y sin reproche alguno simplemente le dice: — “¡Ni yo tampoco!”. Sólo el que ha encontrado a Cristo resucitado en la Eucaristía descubre en el otro un hermano. Sólo el que descubre en el otro a un hermano ve la presencia viva de Cristo en la Eucaristía. ——————————————————— Fernando Martín Esteban Agustino Recoleto Comunidad de la Casa de Formación San Agustín Las Rozas (Madrid, España). ———————————————————
Síguenos en facebook twitter youtube Español | Portugués | English Política de privacidad | Webmail

Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino.

Paseo de la Habana, 167. 28036 - Madrid, España. Teléfono: 913 453 460. CIF: R-2800087-E. Inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, número 1398-a-SE/B. Desarrollado por Shunet para OAR Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino. © 2018 - 2019.