La vida, antes que la deuda (4)

Cuarta y última entrega sobre el tema. En este capítulo, el autor entresaca las declaraciones más importantes de los últimos papas sobre el tema de la deuda externa.
pastoral | 26 mar 2006
Un lastre para el desarrollo

La deuda externa es un “pesado lastre que compromete las economías de pueblos enteros, frenando su progreso social y político” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998).

Las tres principales consecuencias de la deuda externa para los países del Tercer Mundo son que la servidumbre que crea les impide la atención de sus necesidades básicas; supone comportamientos sociales perversos; e hipoteca, en fin, las posibilidades de un desarrollo económicamente viable y socialmente equitativo. La deuda externa se ha convertido en un grave obstáculo para el desarrollo humano de los países más pobres del mundo, que deben utilizar sus escasos recursos para devolver los préstamos, en lugar de invertirlos en el bienestar de su población.

La cuestión de la deuda externa se ha de inscribir en el contexto del derecho al desarrollo que corresponde a todas las personas y a todos los pueblos. Nos referimos a un desarrollo que Pablo VI describió así:
“El verdadero desarrollo es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas" (Pablo VI, Populorum progressio, nn. 20-21).

El desarrollo se sitúa en un mundo injusto, pues, en efecto,
“una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originariamente a todos” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 28).

En ese mundo, “no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y los pueblos.

Hoy, quizá más que antes, se percibe con mayor claridad la contradicción intrínseca de un desarrollo que fuera solamente económico. Éste subordina fácilmente a la persona humana y sus necesidades más profundas a las exigencias de la planificación económica o de la ganancia exclusiva.
El verdadero desarrollo, según las exigencias propias del ser humano, hombre o mujer, niño, adulto o anciano implica sobre todo por parte de cuantos intervienen activamente en ese proceso y son sus responsables , “una viva conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno, así como de la necesidad de respetar el derecho de cada uno a la utilización plena de los beneficios ofrecidos por la ciencia y la técnica” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 33).


El actual pontífice, Benedicto XVI, ha alzado su voz en la misma línea para recordarnos:

—“El auténtico desarrollo mundial, organizado e integral, deseable por todos, exige más bien conocer de manera objetiva las situaciones humanas, discernir las auténticas causas de la miseria, y ofrecer respuestas concretas, teniendo por prioridad una formación adecuada de las personas y comunidades. De este modo, se ejercerá la auténtica libertad y la auténtica responsabilidad, que son propias de la acción humana” (Mensaje al Director General de la FAO, Jacques Diouf, con motivo de la Jornada Mundial de la Alimentación, Roma 20 de octubre de 2005).

—“La humanidad vive en este momento unas de las paradojas más preocupantes: por una parte se alcanzan nuevas y positivas metas en el campo económico, científico y tecnológico, y por otra se constata el crecimiento continuo de la pobreza.
Es necesario reconocer que el progreso técnico es necesario, pero no lo es todo, porque el verdadero progreso es el que salvaguarda la dignidad del ser humano en su integridad y consiente a cada pueblo compartir los propios recursos espirituales y materiales en beneficio de todos.

No hay que olvidar que mientras algunas áreas están sometidas a medidas y controles internacionales, millones de personas son condenadas a sufrir de hambre hasta la muerte en zonas donde están en curso sangrientos conflictos olvidados por la opinión pública, porque son considerados como conflictos internos, étnicos o tribales. En estos casos se registra la sistemática eliminación de vidas humanas, el desarraigo de las personas de su tierra, obligadas con el objetivo de huir de una muerte cierta a abandonar los precarios refugios de los campos de refugiados” (Discurso a los participantes en la XXXIII Conferencia de la FAO, 24 de noviembre de 2005).


Condonación de la deuda

Una de las medidas más necesarias y justas, que contribuiría grandemente a paliar la pobreza y el hambre en el mundo, es la de la condonación total o parcial de la deuda externa. A favor de esta condonación se ha pronunciado el papa Juan Pablo II en diversas ocasiones: Sollicitudo rei socialis (1988), Centesimus annus (1991), Tertio millennio adveniente (1994) y otros textos que podrían ser citados. También lo hizo la Segunda Asamblea Ecuménica Europea, que tuvo lugar en Graz (Austria) en 1997; y la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Europa. El Consejo Pontificio de Justicia y Paz lo viene haciendo desde hace bastantes años, y de modo especial desde 1986, cuando publicó un documento específico sobre la cuestión: Al servicio de la comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional, Ciudad del Vaticano 1986.

Me parece muy adecuado recordar las palabras del cardenal Roger Etchegaray cuando era Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz:

“Los países deudores se encuentran en una especie de círculo vicioso: para poder reembolsar sus deudas, están condenados a transferir al exterior, en medida siempre creciente, los recursos que deberían ser disponibles para sus consumos y sus inversiones internas, y, por lo tanto, para su desarrollo.

Factores externos pesan sobre la evolución de la deuda en los países en desarrollo. En particular, las tasas de cambio flotantes e inestables, las variaciones de las tasas de interés y la tentación de los países industrializados de mantener las medidas proteccionistas crean para los países deudores un ambiente siempre más desfavorable en el que se encuentran cada vez más indefensos.

Los esfuerzos impuestos por los organismos de crédito a cambio de una mayor ayuda, cuando se limitan a considerar la situación bajo su aspecto monetario y económico, a menudo contribuyen a acarrear para los países endeudados, al menos a corto plazo, desocupación, recesión y drástica reducción del nivel de vida, cuyas víctimas son en primer lugar los más pobres y algunas clases medias. En una palabra, una situación intolerable y, a mediano plazo, desastrosa para los mismos acreedores.

El servicio de la deuda no puede ser satisfecho sino al precio de una asfixia de la economía de un país. Ningún gobierno puede exigir moralmente de su pueblo que sufra privaciones incompatibles con la dignidad de las personas. Puestos ante exigencias a menudo contradictorias, los países interesados no han tardado en reaccionar. Se han multiplicado las iniciativas en el ámbito regional e internacional. Algunos han preconizado soluciones unilaterales extremas. Pero la mayor parte ha tomado en cuenta el sentido global del problema y sus profunda implicaciones no sólo económicas y financieras, sino también sociales y humanas, que enfrentan a los responsables con opciones éticas” (Al servicio de la comunidad humana, Ciudad del Vaticano 1986).


La Conferencia Episcopal Española ha señalado la urgencia de la cancelación de la deuda, diciendo:

“Es moralmente inaceptable la presente situación de desigualdad y sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, mientras una minoría accede a condiciones de vida cada vez más confortable, incluso a costa de los mismos países pobres, y se aferra a ellas como a algo propio. Esta minoría es incapaz de compartir los bienes, que han sido creados por Dios para disfrute de toda la humanidad, con los que no pertenecen a su propio ámbito geopolítico.

Creemos que es urgente, por tanto, que se tomen medidas para eliminar la deuda, dado que la condonación de la misma es una condición previa para que los países más pobres puedan luchar eficazmente contra la miseria y la pobreza. Medidas de ese tipo, no sólo practicables y éticamente exigibles, son totalmente necesarias y hasta imprescindibles en nombre de la justicia y de la solidaridad que une a todos los seres humanos y a todos los pueblos, creados por un mismo y único Dios, a su imagen y semejanza y con idéntica dignidad” (LXXIII Asamblea plenaria, Madrid 23-26 noviembre 1999, Declaración acerca de la condonación de la deuda externa, n. 4).


Reflexión final

No puedo cerrar esta serie de reflexiones sin indicar unas consideraciones últimas que nos muevan a un compromiso personal con este reto que nos plantea el injusto mundo de hoy. ¿Cómo callar o mirar a otra parte cuando hermanos míos mueren de hambre? ¿Cómo permanecer insensible ante las imágenes que me presentan los medios de comunicación, en las que contemplo a mis hermanos sin vestido, sin vivienda digna, sin educación básica y sin los mínimos medios sanitarios? ¿Cómo no hacer nada cuando contemplo a hombres y mujeres católicos, de otras religiones y no creyentes que vienen entregando su vida para construir un mundo más justo y solidario, “otro mundo es posible”? ¿Cómo no hablar cuando vemos que en este mundo globalizado en el que vivimos, la deuda total acumulada por los países subdesarrollados ha crecido ininterrumpidamente, a pesar del progresivo aumento de los pagos, y sus efectos son cada vez más evidentes en la acentuación de las desigualdades y la concentración de las riquezas?.

Es una realidad claramente constatable que durante más de 20 años las instituciones financieras internacionales y los gobiernos acreedores han participado en el juego autoengañoso y destructivo de gestionar las economías del Tercer Mundo desde lejos, imponiendo políticas económicas impopulares a países tercermundistas indefensos, en la inteligencia de que con el tiempo la medicina amarga del ajuste macroeconómico llevaría a esos países a la prosperidad y a una existencia libre de deudas. Decadas más tarde, muchos países están en peores condiciones que cuando comenzaron a aplicarse los programas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial. Los costos sociales y ecológicos de estos duros programas de austeridad han sido sumamente elevados, y muchos países han experimentado una disminución notable de sus índices de desarrollo humanos. Desde el punto de vista económico-financiero, si se hiciera un estudio actuarial descontando las deudas ficticias, los intereses usurarios, los intereses de los intereses, los gastos y comisiones desproporcionados y la fuga de capitales, se llegaría a la conclusión de que la deuda ha sido totalmente pagada. y probablemente se vería que los presuntos deudores son en realidad acreedores.

La solución definitiva al problema de la deuda externa se encuentra en el establecimiento de un orden económico internacional justo y equitativo, que garantice a los países en desarrollo, entre otras cosas, unas mejores condiciones de mercado y mejores precios de los productos básicos, la estabilización de los tipos de cambio y de interés, una acceso más fácil a los mercados financieros y de capitales, corrientes apropiadas de nuevos recursos financieros y un más fácil acceso a la tecnología de los países desarrollados.

Para concluir, hemos de decir con Benedicto XVI que

"el problema de la deuda es, sin duda, complejo, pero su solución, así como las de las cuestiones a ella vinculadas, existe. Sin embargo, para ponerla en práctica hará falta la reforma de los organismos financieros internacionales, la voluntad política de los gobiernos, la actitud generosa de la banca, las acciones innovadoras de las Organizaciones No Gubernamentales y el comportamiento coherente de los individuos. Una combinación difícil, pero, al mismo tiempo, una mezcla verdaderamente transformadora. Nuestra esperanza deberá conducirnos a ella.
Mantener criterios de consumo responsable en nuestra vida: rechazar ofertas dudosas que puedan esconder fenómenos de explotación laboral y/o de los recursos naturales y el medio ambiente en los países pobres (desde los establecimientos que venden a muy bajo precio, hasta las grandes empresas que no respetan los derechos y la dignidad de los pueblos del Sur en sus procesos de producción y comercialización). Adquirir productos de comercio justo en tiendas que garanticen formas de producción y distribución basadas en relaciones equitativas. Promover y respaldar iniciativas de fondos de inversión éticos y bancos éticos que no invierten en sectores como armamento o centrales nucleares, y que destinan parte de sus beneficios a proyectos de utilidad social.

Creo, con Juan Pablo II, que en la raíz de estos males que padece nuestro mundo está ciertamente el pecado: el personal (egoísmo, avaricia, injusticia, etc.) y el estructural (injusta distribución de los bienes y la riqueza, la corrupción generalizada, las leyes de la economía por encima de los derechos y necesidades básicas del ser humano, la codicia, la usura, etc).

Para superar esta deprimente situación en cada hombre se tiene que dar un cambio, una conversión hacia el bien de los demás, especialmente el del hermano más necesitado. En el corazón de todos tiene que darse una disponibilidad concreta para ayudar a quienes les falta en el mundo el pan de cada día” (Discurso a los participantes en la XXXIII Conferencia de la FAO, 24 de noviembre de 2005).

“El profeta Isaías proclamaba la aurora de la paz universal: sólo habrá paz cuando los pueblos "forjen de sus espadas arados, y de sus lanzas podaderas" (Is 2, 4). En estas palabras tenemos la consideración de la lucha contra el hambre como prioridad y compromiso orientado a proporcionar a cada uno los medios para ganarse su pan de cada día, en vez de destinar recursos a conflictos y guerras. Cuanto más se gaste en armamentos, tanto menos quedará para los que tienen hambre”
(Discurso del cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, en la sede central de la FAO, en Roma, el 17 de octubre de 2005, n 6).

José Miguel Panedas
Consejo General OAR, Roma

La vida, antes que la deuda (1).
La vida, antes que la deuda (2).
La vida, antes que la deuda (3).
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