La vida, antes que la deuda (3)

Tras dos capítulos dedicados a dibujar el panorama y la historia del problema de la deuda externa, el autor enumera ahora los efectos y diseña con vigor la única postura ética que cabe ante tal injusticia.
pastoral | 02 mar 2006
“Este problema, sumamente complejo, tiene muy graves consecuencias tanto económicas como sociales, jurídicas y políticas, además de ineludibles implicaciones éticas, que no se pueden ignorar: en efecto, pone en entredicho la subsistencia misma de cientos de millones de personas, que ven herida su dignidad por condiciones de vida infrahumanas”
(LXXIII Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Madrid 23-26 noviembre 1999, Declaración acerca de la condonación de la deuda externa).

Efectos que produce la deuda externa en los países del Sur

El impacto de la crisis de la deuda en el Sur no se hace esperar y sus costes son tanto sociales como financieros. Los países pobres altamente endeudados presentan tasas de mortalidad infantil, enfermedad, analfabetismo y malnutrición más altas que el resto de países en desarrollo. Para seis de cada siete países pobres altamente endeudados de África, el pago del servicio de la deuda —se entiende, el principal más los intereses— representa más de la suma total de dinero necesario para aliviar esta situación. Si invirtieran ese dinero en desarrollo humano, tres millones de niños superarían los cinco años de edad y se evitarían un millón de casos de malnutrición.

La cantidad de pobres, en cifras absolutas y relativas, no cesa de crecer: por ejemplo en América Latina y el Caribe el número de pobres aumentó de 136 millones en 1980 a 266 millones en 1992, o sea del 41% al 62% de la población.

En 1996, los países del Sur le debían al Norte más de dos billones de dólares, casi el doble que diez años antes. Cerca del 50% de los pagos anuales que efectúan los países del Sur se corresponden con intereses de la deuda. Desde el punto de vista financiero, el fuerte endeudamiento implica un alto riesgo para la comunidad internacional a la hora de invertir en un país. De esta forma, los países pobres están prácticamente excluidos de los mercados financieros internacionales. El PNUD (Plan de las Naciones Unidas para el Desarrollo) estima que en la década de 1980 los tipos de interés para los países pobres fueron cuatro veces más altos que para los países ricos, debido a su menor grado de solvencia y a las previsiones de una depreciación de la moneda nacional.

Los países muy endeudados sufren enormes presiones para obtener divisas destinadas a pagar el servicio de su deuda y a importar productos esenciales. Las instituciones financieras internacionales ofrecen a menudo asistencia financiera a países que se encuentran en esta situación y utilizan su influencia para obligarlos a aceptar políticas de ajuste estructural y de estabilización. Aunque su fin es el de estabilizar las economías en crisis e impulsar su crecimiento haciéndolas más competitivas, la auténtica realidad es que las políticas de ajuste provocan en su aplicación efectos muy negativos para la población de los países más endeudados:

—Recorte de los gastos sociales (salud, educación, bienestar, etc.) ya que se pretende reducir el déficit público.
—Cierre de numerosas empresas locales que no pueden competir con las multinacionales extranjeras.
—Reducción de las plantillas de las empresas públicas. Muchos de los trabajadores son despedidos como consecuencia del recorte presupuestario.
—Las inversiones llegan con cuentagotas, de manera que el crecimiento del empleo se produce de manera más lenta de lo anunciado.
—También se ve perjudicado el medio ambiente, ya que estas políticas llevan aparejada la necesidad de aumentar las exportaciones, que en muchos países dependen de la explotación indiscriminada de recursos naturales corno la madera, los minerales o un único producto agrícola.

La deuda externa es la manifestación más dramática de la situación de subordinación en la que viven las economías de los países del Sur dentro de la estructura económica internacional. Mientras el crecimiento macroeconómico de los países más ricos y de algunas naciones emergentes alcanza cotas muy elevadas, una buena parte del mundo en desarrollo pasa por una situación humana catastrófica. Las injusticias que genera el sistema económico mundial, que maximiza el beneficio de los que más tienen, abren una gran brecha entre éstos y los que quedan excluidos de los procesos de crecimiento, las mejoras en el nivel de vida y el incremento en los ingresos. El sistema financiero internacional excluye de la inversión privada a decenas de países y millones de personas. La justificación reside en que no reúnen las condiciones idóneas que demandan los inversores. Las desigualdades también están creciendo en el interior de los propios países empobrecidos. Quebrar esta tendencia depende no sólo de la voluntad política de los máximos organismos de poder, sino también de la determinación de la ciudadanía para convertirse en protagonista del cambio.

En realidad, como lo indica cada año el Informe mundial sobre el desarrollo humano, realizado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), no es el Norte quien acude en ayuda de los países del Sur. Son las poblaciones del Sur quienes transfieren a los poseedores de capitales del Norte riquezas considerables, al precio de sufrimientos y sacrificios intolerables. Esta transferencia se realiza a través de dos mecanismos fundamentales: el reembolso de la deuda y el comercio desigual.

Postura ética ante la injusticia de la deuda

El endeudamiento de los países pobres alimenta una realidad de muerte y sufrimiento de pueblos y personas que son utilizados como depositarios de unos compromisos que ellos jamás han asumido. Los pilares de una ética cívica que se hace cargo del problema de la deuda externa convergen en uno fundamental: la defensa de la dignidad de la persona. Ello exige trabajar porque se creen las condiciones para que toda persona viva y goce de una vida digna; y éste es un asunto que nos incumbe a todos. “Dignidad”, pues, se contrapone a “precio”, y se sitúa frente a las leyes que rigen el intercambio de mercancías.

No en vano la solidaridad nos recuerda que, en este mundo, todos somos responsables de todos. Por lo tanto, en esta cuestión, la solidaridad supone la toma de conciencia y la aceptación de una corresponsabilidad en la deuda internacional, tanto respecto de las causas como de las soluciones. Reconocer que se deben compartir las responsabilidades en las causas, hará posible un diálogo para encontrar las soluciones conjuntamente. Por lo demás, la corresponsabilidad considera el futuro de los países y los pueblos, pero también las posibilidades de una paz internacional basada en la justicia.

Tomar conciencia de las dimensiones y la significación de este problema, ha de producirse en cada persona, junto a un serio examen de nuestros comportamientos individuales y sociales y de nuestro estilo de vida, ya que con frecuencia están relacionados con el destino de los millones de personas empobrecidas que viven en otros lugares, aún lejanos. La solidaridad con el otro ha de traducirse en una toma de postura crítica con respecto a nosotros mismos y a nuestra sociedad.

La Declaración Universal de Derechos Humanos dispone que toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, incluida la alimentación. El hambre constituye un ultraje y una violación de la dignidad humana, y, en consecuencia, hace necesaria la adopción de medidas urgentes en el plano nacional, regional e internacional para eliminarla. Toda persona tiene derecho a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, en consonancia con el derecho a una alimentación apropiada y con el derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre, a fin de que pueda desarrollar y mantener plenamente su capacidad física y mental. Es intolerable que 825 millones de personas en todo el mundo, en su mayoría mujeres y niños, y en particular de los países en desarrollo, no dispongan de alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades nutricionales básicas, lo que constituye una violación de sus derechos humanos fundamentales.

La deuda externa de los países del Sur es ilegítima e inmoral. Ha sido pagada con creces. De hecho, un examen cuidadoso de los orígenes, desarrollo, efectos y consecuencias de esta deuda no puede llevarnos a conclusión alguna distinta. Por ende, es rechazable el saqueo continuo del Sur perpetrado por medio del servicio de una supuesta deuda.

La concentración creciente de riqueza, poder y recursos en la economía mundial, es la causa esencial del incremento de la violencia, la pobreza y el «endeudamiento» del Sur. No puede eliminarse la extrema pobreza sin que se elimine la riqueza extrema. Por lo tanto, es exigible la erradicación de la riqueza extrema y del sistema vicioso que genera tales desigualdades. Por eso es rechazable la cobranza y el pago perpetuo de la deuda externa, por ser una cuestión de vida o muerte para los millones de personas que son explotadas o excluidas en nuestras sociedades.

La deuda externa es un problema de desobediencia a la voluntad de Dios, es un problema ético, político, social, histórico y ecológico. Abarca responsabilidades a distintos niveles y exige una acción imperativa y comprensiva con el fin de darle una solución permanente y definitiva. No puede haber soluciones parciales al «problema de la deuda».

Finalmente, desde un punto de vista ético, habría que poner la presunta deuda en un platillo de la balanza y en el otro platillo la deuda social, ecológica e histórica de los acreedores con los presuntos deudores. Es decir, poner en ese platillo el enorme daño social causado con las políticas de ajuste, el daño ecológico provocado con industrias contaminantes, con los desechos tóxicos transportados a los países del tercer mundo, con la devastación de los bosques y la deuda histórica contraída con los presuntos deudores durante siglos de despojo de sus riquezas y recursos humanos.

José Miguel Panedas
Consejo General OAR, Roma

La vida, antes que la deuda (1).
La vida, antes que la deuda (2).
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