Un curso de inculturación para misioneros y voluntarios que llegan a Brasil

Santiago José Martínez Lázaro ha vivido durante tres meses en el Distrito Federal brasileño mientras realizaba el curso CENFI de lengua, cultura, historia e idiosincrasia brasileñas. Ésta es su experiencia.
testimonios | 29 jun 2005
Santi vestido de "novio" vietnamita, en la fiesta de Vietnam, con una de las misioneras.
Entre los días 6 de marzo y 3 de junio tuvo lugar en Brasilia el 93º curso CENFI. Estos cursos, que se celebran dos veces al año, son una oferta para los misioneros, misioneras y voluntarios extranjeros que vienen a trabajar a Brasil. Se trata, sobre todo, de aprender portugués, y también dar los primeros pasos en la inculturación del país donde se va a trabajar. A lo largo de su historia ha tenido varias sedes e incluso, hasta no hace mucho tiempo, eran tres los cursos que se hacían cada año. Muchos de nuestros religiosos y religiosas han participado en ellos. Ahora tienen su sede en el Centro Cultural Misionario en la misma capital del país. En este último curso he participado en este curso junto con 34 misioneros y misioneras, de 22 países, de las más variadas congregaciones. También formaban parte del grupo tres laicos e incluso un matrimonio evangélico. Dominaban por número los asiáticos con once personas (seis de la India, cuatro vietnamitas, y una coreana); seguían los africanos con ocho (dos de Magadascar, y de uno por cada país que sigue: Malawi, Ghana, Burkina-Faso, Senegal, República Centroafricana y Benin). Los europeos éramos bastantes también: dos de Irlanda, tres italianos, dos franceses, un polaco, una suiza, una alemana y yo como único español. Por último, los americanos eran cuatro: una canadiense, otra estadounidense, uno de Ecuador y otro de Chile. Entre las congregaciones, espiritanos, padres blancos, combonianos, misioneros de Quebec, hermanas de la Salette, hermanos del Campo, de Santa Dorotea… y también padres diocesanos de Fidei Donum. En edades también la variedad era la tónica, entre un francés de 73 años y un religioso de Benín con 22. El curso se orienta, sobre todo, al aprendizaje del idioma. Fuimos divididos en cinco aulas, de seis o siete alumnos, con profesoras nativas, en horario de 8 a 12 de la mañana. La tarde nos la dejaban libre para el estudio personal y la realización de las tareas que se encargan en la mañana. El centro cuenta con unas salas de audio, y proporciona todo el material de libros, discos, vídeos, y todo lo necesario para el estudio. Una actividad importante dentro del curso, a fin de facilitar el aprendizaje, es el llamado “estágio”, que es la estancia de cada uno de los cursillistas con una familia, durante una semana, viviendo con ellos. Este año, todos estuvimos en Samambaia, ciudad satélite de Brasilia, repartidas las casas en cinco parroquias de la ciudad. También son importantes las “palestras”, unas conferencias que se reciben sobre la realidad social, cultural y religiosa del país. Estas presentaciones se dejan para el último mes del curso, que es cuando se supone que los cursillistas dominan más el idioma, y pueden sacar más provecho de las conferencias. Durante la Semana Santa fuimos todos a Goiás Velho, una ciudad en el estado de Goiás, antigua capital del estado, uno de los lugares con tradiciones más antiguas y curiosas en la Semana Santa. Tuvieron la oportunidad de participar en las celebraciones, bien en la Catedral, con su obispo Dom Eugenio, bien en el Monasterio Cisterciense, cuyo prior, Marcelo Barros, es una gran figura en la vida de la Iglesia de Brasil. Además, por supuesto, vivimos la semana en unión con un pueblo de hondas tradiciones. La oración de la mañana, la Misa (en el centro los días de labor, y en la ciudad los fines de semana), las noches culturales, con la presentación de cada país, la convivencia diaria… Todo nos fue ayudando en esta experiencia vivida en la multiplicidad de razas, culturas, vivencias… Para mí todo fue una experiencia muy especial, por la convivencia con religiosos y religiosas de los más variados países, culturas y congregaciones, por el hecho de estar durante tres meses en una ciudad tan sumamente especial como es la capital del país, y por participar del estudio y del conocimiento de unas realidades que esperamos me sirvan para desarrollar un mejor trabajo en Brasil. Santiago José Martínez Lázaro. Comunidad de Lábrea.
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