La Semana Santa de los niños y los enfermos

Tere García, miembro de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta, acompañó durante todo el Domingo de Ramos a los religiosos recoletos de Hospitales, en México. Ésta es su crónica.
testimonios | 24 mar 2005
Los niños de Hospitales con sus ramos
Cuando escribo una noticia, procuro mantenerme al margen, ser imparcial, no hacer opinión, y narrar con objetividad el qué, quién, cómo, cuándo y dónde. Pero, desde ayer, que he venido saboreando lo que viví durante la mañana del Domingo de Ramos, creo que cualquiera que intentara describir lo que ocurrió en torno y a partir de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de los Hospitales, tendría que hacer un gran esfuerzo para alejarse de los hechos y entregar una crónica profesional. Yo no puedo, y si puedo, lo más seguro es que no quiero. Pero al mismo tiempo que no quiero ser fría en este escrito, son tantas emociones que no sé como comenzar a compartir con todos ustedes el Domingo de Ramos más bello de mi vida. Fue un maravilloso comienzo de Semana Santa. A las diez de la mañana me convertí en niña. Con cada niño y cada niña que entró en procesión al templo y dio una vuelta alrededor de las bancas, seguí los pasos del corazón de Rafael Castillo que nos hizo vivir un encuentro real y verdadero con la Verdad que fue aclamada a su llegada a Jerusalén. Con el apoyo de sus feligreses hizo la lectura de la Pasión de Cristo. Bajó del altar y nos retó del mil maneras a ser honestos. Habló con los ojos, con las manos, con el cuerpo, con la mirada, con la voz, con el alma. “Los mismos que aclamaron a Cristo en su llegada, fueron los que después gritaron: ¡Crucifícalo! Mientras lo vieron fuerte y hacer grandes milagros, cuando supieron que transformaba el agua en vino, las piedras en pan, a los enfermos en personas sanas, estuvieron ahí, de barberos, y después, ¿Después qué hicieron al verlo débil, callado, humilde? ¡Crucifícalo! Y nosotros, cuando nos pide que seamos estudiosos, trabajadores, generosos y obedientes con nuestros papás, cuando nos pide que soportemos una enfermedad o que hagamos un sacrificio, ¡Crucifícalo! Lo aclamamos con las palmas, sí, pero cuando nos pide que perdonemos al enemigo, decimos ¡bah! Crucifícalo... ¿Están dispuestos a aclamar a Cristo en todo momento y en toda circunstancia? Todos gritamos que sí y seguimos pensando en llevar las palmas bien apretadas en nuestras manos para que, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el dolor, aclamemos a Jesús. Después, durante la consagración Eucarística todos los niños y niñas subieron al altar con sus palmas y en los momento en los que el padre Rafa elevó la Hostia y el Cáliz, los niños hincados, elevaron los ramos como un gesto de adhesión a Jesús y con ellos, toda la asamblea. De ahí me fui con Serafín Pineda al Hospital General. Con ayuda de una mujer piadosa que asiste a los recoletos de la colonia Doctores, los enfermos confeccionaban cruces con las palmitas que recibieron para celebrar la Eucaristía e iniciar la Semana Santa. Desde el instante mismo en el que los enfermos y sus familiares vieron llegar al sacerdote, comenzaron las solicitudes de múltiples servicios: confesiones y la Unción de los Enfermos, principalmente. Hay muchos oficios este día, la Misa es larga. Fray Serafín comparte sus tareas con Jesús. De otro modo, sin fe, es imposible salir del hospital y cumplir con todo el plan del día. Son muchas las necesidades dentro y fuera del Hospital. Hay que regresar a la parroquia a oficiar la Misa de doce y comer en comunidad. Su asistente toma nota de todas las necesidades del hospital. El lunes pasará de nuevo a atender las peticiones de los enfermos y sus familiares. Pero gracias a su visita y el regalo bendito de la Celebración Eucarística, los enfermos cantan durante toda la Misa, elevan sus palmas, atienden a la homilía y descubren en las palabras que la voz de Cristo resuena en ellos cuando dice: Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? “Pero ustedes saben que Cristo ha resucitado, que ni la enfermedad ni la muerte acaban con la Vida. Cristo está vivo y les acompaña. Sé que muchas veces, es más profundo el dolor de la soledad que el de la enfermedad. Pero sepan que Cristo está con ustedes, que Cristo sufre con ustedes, que ustedes están con él y comparten la misma cruz. Cristo está vivo y ustedes están con él.” Desde antes de que comenzara la Misa y casi hasta el final, no dejaron de llegar enfermos alrededor del altar. Al integrarse a la asamblea, hasta los más débiles cantaban y a nadie faltó una palma en sus manos que, rociada del agua bendita, les consuela y acompaña durante el dolor y la enfermedad. Después, me fui con José María Pérez a la rectoría de La Romita, así le dicen al templo dedicado a San Francisco Javier que, ubicado en la colonia Roma, muy cerca de la colonia Doctores, Monseñor Francisco Clavel a encomendado a los frailes Agustinos Recoletos de Nuestra Señora de Guadalupe de los Hospitales. Es impresionante la afluencia de gente que llega hasta ese rinconcito en la ciudad de México. Una zona de mucha tradición y familias de abolengo. Un espacio que, en su historia, pasó de la realeza al pueblo y que hoy, en los últimos tiempos, pasa del paganismo a la fe. San Judas Tadeo es el más seguido por los fieles católicos que ahí acuden. Le tienen puesto en un nicho cubierto de gratitudes por sus milagros. Y los recoletos predican a Jesús con más fuerza, con fervor, con certeza, con gracia. Este Domingo de Ramos, el fraile recoleto nos llevó fuera del templo, en procesión a la plaza, alrededor de una fuente donde los vecinos que platicaban en las bancas fueron rociados de agua bendita, mientras los fieles cantaban alabanzas a Jesús. Durante la homilía preguntó a la gente, que de vez en cuando va a Misa y en muchos casos, sólo cuando hay celebraciones especiales, si han hecho penitencia durante la Cuaresma. El silencio fue impresionante. No sabían lo que eso significaba. La Iglesia estaba llena hasta en el segundo piso y desde el palco se notaba el hambre y la sed de conocer y amar al rey aclamado con las palmas. “Hoy pueden comenzar. Hay que revisar en nuestro interior y pasar del pecado al amor. Estar dispuesto a dejar todo lo que nos ata y ser libres. Ser valientes para aclamar a Jesús y a vivir nuestra religión en todo momento. Ser buenos católicos en el trabajo, en la casa, en las fiestas, con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo... Ser felices y dejar la tristeza, ser congruentes con lo que creemos y valientes para vivir nuestra fe en Jesús.” Durante la segunda Misa el padre pidió a las niñas de hace 60 años que pasaran al pie del altar donde se encontró con ellas y una a una les dio la paz. Ya había dicho también en su predicación, que ellas deben saber que Cristo las acompaña aunque sus hijos y nietos las abandonen y muchas veces se sientan solas. A los hijos y nietos les llamó a amar y cuidar a los ancianos. Al llegar de regreso a la casa de los frailes, me encontré a dos seminaristas del Postulantado San Agustín, en Calzada del Hueso, Tlalpan, que fueron a compartir la Eucaristía con los niños, acompañando al agustino recoleto Rafael Castillo. El párroco, Francisco Javier Acero, pasó la mañana completa en funerarias. Imagino el consuelo que su presencia significó para los familiares y amigos de los difuntos que pasaron de la tierra al cielo en Domingo de Ramos. Que Dios bendiga a los agustinos recoletos y les guarde siempre en su vocación. Tere García, Agustina Recoleta Seglar
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