Sangre nueva en las venas de la Misión de Lábrea

La llegada de dos nuevos —y jóvenes— misioneros a la Prelatura de Lábrea, en Amazonas, ha supuesto para los religiosos de la misión un nuevo estímulo para continuar en el trabajo y añadir optimismo en su vida.
testimonios | 25 ene 2005
Santi (izda.) y Manolo (dcha.) en el cementerio de Lábrea, en la tumba de Fr. Jesús Pardo
¡Llegaron refuerzos! Dos religiosos jóvenes, aunque uno peine ya algunas canas y el otro luzca barba cerrada de hombre hecho y derecho. Uno es de Corella (Navarra, España) y el otro de Arnedo (La Rioja, España), pero los dos respiran el mismo aire de La Ribera del río Ebro. Los dos, Santi y Manolo, han llegado durante estos últimos meses para reforzar las comunidades de la Misión de Lábrea, en la Amazonia brasileña. Manuel Herrero Fernández, de 32 años, fue el primero en llegar. Tras un rodaje pastoral de seis años en tierras mexicanas (la parroquia de Hospitales en el Distrito Federal, La Junta y Cuauhtémoc en Chihuahua), aterrizó en Brasilia a finales de julio de 2004. Allí estudió el curso de inculturación y lengua portuguesa llamado CENFI (Centro de Formação Intercultural) durante tres meses, en el Centro Cultural Missionário (CCM) de la Conferencia Episcopal Brasileña (CNBB) y, tras un viaje de cuatro días contemplando la selva y las playas, llegó a Tapauá a bordo del barco Dona Marfiza el día 4 de noviembre. Santiago José Martínez Lázaro, de 38 años, acaba de llegar. Aterrizó en Manaos el día de la Guadalupana, 12 de diciembre de 2004, tal vez para honrar sus tres años de trabajo en México (en la Ciudad de México y en La Junta, Chihuahua). Atrás quedaron sus años de vivencia en comunidades de Zaragoza, Monteagudo (Navarra), Almería, Chiclana de la Frontera (Cádiz) —en la Parroquia de San Sebastián del barrio de La Banda— y Getafe (Madrid), todas ellas en España. Nada más legalizar su situación y sus documentos en la Policía Federal, el jueves 16 de diciembre salió en el barco Manoel Silva rumbo a Tapauá, donde estará hasta que comience el curso CENFI en Brasilia el 6 de marzo de este año. Llegó a la “perla del Purús”, como es conocido el centro urbano del municipio de Tapauá, el domingo 19 de diciembre, feliz y contento tras una experiencia tan novedosa y sorprendente como son esos cuatro días de barco, que incluyeron su primera caída de la red mientras dormía, una experiencia nada agradable que deja la espalda especialmente dolorida y divierte mucho a los compañeros de viaje. Los dos han vivido juntos desde entonces en Tapauá, en la Parroquia de Santa Rita. Los dos han pasado, acompañándose, su primera Navidad brasileña y amazónica, tan diferente a la española o a la mexicana. En Tapauá han dado sus primeros pasos para conocer la realidad de este pueblo, entender su lenguaje, comprender sus actitudes y ponerse a su servicio. Los dos, juntos, llegaron a Lábrea el día 19 de enero, tras viajar durante 60 horas seguidas en el barco de la parroquia, para unirse al resto de religiosos de la Misión, de Manaos y al representante de los religiosos del Nordeste de Brasil en una de sus dos reuniones anuales. Los dos aparecen, juntos, rezando y visitando la tumba del P. Jesús Pardo, ilustre misionero recoleto que entregó su vida por salvar la de unos niños que se ahogaban en una playa cercana a Lábrea. !Que él sea su ejemplo y su modelo, su inspirador y su ayuda! Ambos han dado un gran cambio en sus vidas. Han dejado el frío de Chihuahua por el calor tropical de Amazonas; la carne de res por los peixes y la farinha; los corridos mexicanos por el forró amazonense; la troca (camioneta) por el barco, la canoa o la voadeira (lancha); los caminos polvorientos por los ríos y los igarapés (afluentes secundarios) de la cuenca hidrográfica del Purús; la Guadalupana por la Aparecida. Pero ambos, Santi y Manolo, Manoel y Tiago (como ya les llama la gente), aquí y allí, en España, en México o en Brasil, continúan viviendo y trabajando en comunidad según el carisma de la Orden de Agustinos Recoletos, dentro de esta familia que tiene por patrono a San Nicolás de Tolentino, en esta parcela del mundo que aún lucha, cree, sueña y espera. Cambiaron de misión, pero continúan la Misión. Son sangre nueva en las venas de esta misión de Lábrea, siempre necesitada de religiosos y religiosas que acompañen al Pueblo de Dios en su “navegación” hacia el Reino de Dios.
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