Tere García

Sólo yo sé lo débil, temerosa, tímida, dependiente y posesiva que he sido y que aún puedo ser, si me alejo de Dios. He visto el milagro del Dios que habla, trabaja y escribe a través de esta hija suya, desde que, con la presencia de Marifer y Víctor en mi vida, me ha quitado la discapacidad para amar.
testimonios | 05 dic 2003

Miedosa, insegura, impresionable, aprensiva, dependiente, romántica, fantasiosa y asmática. Esto y más era yo de niña. Pero también compasiva, piadosa, caritativa, amorosa, estudiosa y dulce. Un día, mis padres montaron un albergue para niños con diferentes tipos de discapacidad. A muchos de ellos se les encontró en la calle; a otros, sus familiares los dejaron a las puertas del hogar. Yo sentía un desgarramiento en el corazón al ver a tantos niños separados de sus padres. Mis hermanos y yo íbamos casi todos los días a visitarlos al salir del colegio, y los queríamos como si fueran nuestros. De hecho, mi madre decía que ellos también eran sus hijos. La vida de esta casa para niños con discapacidad y sin padres hizo crecer mi corazón de amor, pero también de dolor.

El hecho es que, de tanto convivir con ellos, pensé que quizás algún día me tocaría tener un hijo con discapacidad. Muchas veces me sentí desfallecer, al imaginarlo. De día, mi temperamento fantasioso, temeroso y posesivo seguía igual; de noche, antes de dormir, rezaba muchísimo para conciliar el sueño. Y, mientras esto sucedía, mis padres vivían preocupados por la hipersensibilidad y megadependencia emocional de mi persona.

Pasó el tiempo, y un día Dios me mandó una hija, y otro día un hijo: Maria Fernanda y Víctor. Víctor nació con discapacidad. A la más débil de cuatro hermanos, a la más miedosa y aprensiva, Dios quiso enviarle un niño especial. ¡Bendito sea Dios! Nunca se me olvidará cuando el médico me dio cita para hacerme un ultrasonido y programar el parto: —«Tu hijo tiene espina bífida con hidrocefalia secundaria». ¡Dios mío! Me has preparado para decir «Sí», justo como hizo la Virgen María cuando el ángel le anunció que sería madre de Dios: Hágase en mí según tu Palabra.

Dios me dio sabiduría y fuerza para sacar adelante a mis hijos y llenarlos de su amor. ¡No cabe duda de que mi fuerza es el Señor! Yo jamás hubiera logrado hacer nada si no fuera porque Jesús está conmigo.
—«¿Quién iba a pensar que Tere soportaría con fortaleza nueve cirugías de su hijo, miles de sesiones de terapia física, escribir libros, dar conferencias, conducir programas de radio y de tele, dirigir un periódico de 150 mil ejemplares y tener un gran liderazgo entre las organizaciones de la sociedad civil?»

Esto lo dijo mi madre hace unos años, cuando me vio despuntar en tantas actividades a favor de millones de pobres que viven en México. ¿Quién iba a decir...? ¡Nadie! Ni ellos ni yo; mucho menos yo, que me conozco tan bien. ¡Sólo Dios! Dios es el que dice quién, qué, cómo, cuándo, dónde, por qué, para qué, con qué, a quién, para quiénes...

Y no fue hasta que conocí a los agustinos recoletos cuando comprendí que no bastaba un primer encuentro con Dios, ni el conocerme a mí misma de manera superficial, ni sólo pedir perdón una y mil veces y ni siquiera hacer muchas cosas «importantes». Era necesario conocerme a fondo y entrar dentro de mí, para entender mi vida pasada; entrar dentro de mí, para conocer mi presente y saber quién soy en realidad; entrar dentro de mí para saberme débil y necesitada de Dios; para abrirme a Él y aceptar que Cristo es la Vida y mi fuerza.

Sólo yo sé lo débil, temerosa, tímida, dependiente y posesiva que he sido y que aún puedo ser, si me alejo de Dios. He visto el milagro del Dios que habla, trabaja y escribe a través de esta hija suya, desde que, con la presencia de Marifer y Víctor en mi vida, me ha quitado la discapacidad para amar.

Tere García
Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta
Ciudad de México
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