“El contacto con el pueblo de Dios y con los jóvenes me restaura, me refuerza en mis convicciones, me saca de mí mismo y saca lo mejor de mí para dárselo a ellos”

Miguel Ángel Hernández es agustino recoleto. A sus 50 años, ha tenido una amplia experiencia como religioso en Brasil y España, como misionero, formador, en el servicio de gobierno o, actualmente, como vicemaestro de novicios y miembro del equipo del Secretariado General de Espiritualidad que atiende a las Fraternidades Seglares en todo el mundo. Así nos relata su vocación.
testimonios | 23 feb 2015
Miguel Ángel en una de sus visitas a la misión brasileña de Marajó, en la región amazónica de la desembocadura del mayor río del mundo.
Soy Miguel Ángel Hernández, agustino recoleto, y nací en la Sierra de Madrid, en Collado Villalba, en enero de 1965, aunque los orígenes de la familia son salmantinos. Soy el pequeño de tres hermanos y vengo de una familia católica practicante.

Por parte de mi padre, cuatro de los seis hermanos se consagraron al Señor en la vida religiosa: una monja que murió en olor de santidad como Mercedaria Misionera y tres religiosos agustinos recoletos, uno ya fallecido. Mi madre tiene otros ocho hermanos y también una de ellas es religiosa, Hija de la Caridad. Por lo tanto, puedo decir que hay un componente un tanto genético en mi vocación: el ADN de la vida consagrada y de la inquietud por servir al Señor por entero siempre circuló en mis venas.

A pesar de tener tres tíos frailes en la Orden de Agustinos Recoletos, nunca me invitaron a entrar en ella ni me hablaban expresamente de la vocación particular a la vida religiosa. Pero a mí siempre me llamó la atención sus vidas cuando venían de vacaciones a la casa de la abuela.

Me llamaba la atención la alegría que mostraban, la fraternidad que reinaba entre ellos, el amor que profesaban a mis abuelos y a toda la familia, su sencillez, sus ratos de oración, la disponibilidad de servir, el ambiente de familia que conseguían crear alrededor de ellos.El ADN de la vida consagrada y de la inquietud por servir al Señor por entero siempre circuló en mis venas

¡Nunca olvidaré aquellas Navidades de mi infancia animadas por el tío David, que era el alma de la fiesta! Yo observaba, meditaba en silencio y guardaba en mi corazón lo que veía; y el resto Dios lo fue haciendo, como siempre hace las cosas, sin muchos aspavientos, sin demasiado ruido, sin llamar la atención, sin bombos ni platillos.

Fue así que en el año 1982, con 17 años, entré en el seminario de Nuestra Señora del Buen Consejo en Monachil (Granada, España). Fue justo cuando en casa ya me había ganado la confianza de mis padres y el derecho a salir con la pandilla, a llegar un poco más tarde, a ir de acampada a los bellos parajes de la Sierra y dormir fuera de casa; justo cuando en Nochevieja podía volver a las tantas de la madrugada; justo cuando había dejado la rigidez del colegio de primaria para pasar a la libertad del instituto de secundaria; justo cuando todo aquello que un adolescente sueña, comienza a hacerse realidad en la juventud incipiente de un muchacho, llega “ese Galileo” y me trastoca la vida.

Y me dice que me tiene preparada otra familia, otros amigos y otros parajes por los que deberé peregrinar. Y así fue. Concluí la secundaria en Granada, hice el noviciado en Los Negrales (Madrid), como quien dice al lado de casa; y la Filosofía y Teología en Burgos.

De cada etapa podría contar cientos de experiencias, poner nombre a cientos de rostros y compartir las marcas y huellas imborrables que Dios y tantas personas fueron dejando en mi vida a lo largo de los nueve años de formación inicial como religioso agustino recoleto.

En 1984 hice la profesión simple y en junio de 1990 fui ordenado sacerdote. A los tres meses me fui a Brasil, que era el destino que los superiores dispusieron para mí.

Llegué a Brasil con 25 años y después de unos tres meses de aprendizaje del portugués fui destinado a la parroquia de San Juan Bautista en São Paulo. Fue un tiempo de adaptación, no siempre fácil, de descubrir nuevos horizontes, de tomar contacto con una realidad social y eclesial desconocida para mí.Jesús me dijo que me tenía preparada otra familia, otros amigos y otros parajes por los que habría de peregrinar

Aproveché para realizar algunos estudios de especialización en Liturgia, en la Facultad de Teología, y en la parroquia fui asumiendo compromisos pastorales propios de un fraile joven: grupos de jóvenes, grupos de confirmación, liturgia de la parroquia, curso de bautismo…

Fue solamente un año, pero un año intenso donde comencé a aprender algo que nadie me enseñó en la Facultad de Teología: a ser padre, a ser pastor, a acompañar procesos de vida, a ponerme en la piel del otro, a sentir con ellos, a participar de sus alegrías y de sus dramas, a entrar en sus historias de vida, despojándome primero de las sandalias, porque te abren de par en par el corazón para que entres, pero no puedes olvidar que, como la zarza ardiente del desierto, el corazón de cada hombre es un lugar sagrado habitado por Dios.

Con apenas un año en la parroquia me transfirieron para el seminario de Belém do Pará en el norte del país, en la región amazónica, junto a la desembocadura del río Amazonas. En Belém me hice cargo del seminario como rector.No se puede olvidar que, como la zarza ardiente del desierto, el corazón de cada hombre es un lugar sagrado habitado por Dios

Nadie me enseñó a ser formador, como nadie me había enseñado a ser pastor de almas, pero cuando uno busca el bien de los demás por encima del bien personal, y cuando se busca acertar y dejar de lado los intereses personales, y cuando uno se deja llevar de la recta intención y del sentido común, y sobre todo cuando se quiere ser portador del Dios que se lleva dentro, al final el Señor suple muchas lagunas que no se han podido salvar en mi caso, con una inexistente formación adecuada para formadores.

Hice lo que pude, que honestamente creo que fue mucho; no me reservé nada, fui generoso en la entrega y puedo decir que he recibido mucho más de lo que he dado.

Pasé nueve años en Belém, trabajé con jóvenes (¡y jóvenes es lo que no falta en Belém!), trabajé en la pastoral vocacional, trabajé con la confirmación, reactivé la Fraternidad Seglar, trabajé con la liturgia, con el apostolado de la oración, con la devoción a Santa Rita y, sobre todo, con la formación de los candidatos al sacerdocio en la primera etapa como seminaristas menores.Cuando uno se deja llevar de la recta intención y del sentido común, y sobre todo cuando se quiere ser portador del Dios que se lleva dentro, al final el Señor suple muchas tus lagunas

En el año 2000 fui llamado por el prior provincial de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva, a la que pertenezco, para ser vicario provincial de la Vicaría de Brasil, la persona que gestiona el gobierno, propone los planes y proyectos, anima a los hermanos, se encarga de los destinos de los religiosos y cuida de que todo marche bien en las once comunidades de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva distribuidas por ese gran país, donde hay colegios, parroquias, misiones y seminarios.

Me trasladé a Río de Janeiro para ejercer mis funciones. Seis años viajando y visitando a todas las comunidades, seis años animando la vida religiosa de mis hermanos (esa era la misión principal que tenía), seis años que me permitieron conocer más de cerca los intríngulis del corazón consagrado a Dios.

Seis años donde pude sentir más de cerca los sufrimientos, dramas, dificultades y alegrías de nuestros religiosos que trabajan por extender el Reino de Dios, pero que viven también su particular proceso de crecimiento y de historia de salvación.El servicio de gobierno me permitió conocer más de cerca los intríngulis del corazón consagrado a Dios

En estos seis años no renuncié nunca a seguir trabajando con el pueblo de Dios en las distintas pastorales de la parroquia Santa Mónica del barrio carioca de Leblón, principalmente con los jóvenes.

El contacto con el pueblo de Dios es el bien más preciado que nos es dado y que a mí personalmente tanto bien me hace en mi vida como religioso y sacerdote y no estoy dispuesto a renunciar a este contacto; porque el pueblo de Dios me evangeliza, me anima, me enseña, me exige más radicalidad evangélica, me lleva más cerca de Dios y me ayuda a ser más fiel a mi vocación y a amar más mi sacerdocio.El contacto con el pueblo de Dios es el bien más preciado que nos es dado a los sacerdotes

En realidad el contacto con el pueblo de Dios me restaura, me refuerza en mis convicciones, me saca de mí mismo y saca lo mejor de mí para dárselo a ellos.

En el 2006 fui elegido prior provincial de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva de la Orden de Agustinos Recoletos. Dejando atrás 16 años de vida en Brasil, los años de mi juventud, me trasladé a Madrid a la curia provincial.

No fue fácil ni el cambio de país ni el cambio de funciones. Creo que no hay nada peor en la vida religiosa que tener que “decidir”, en cierta medida, el destino de las personas con las opciones que como prior provincial puedas ir tomando. Aun teniendo la certeza de que uno decide lo que decide pensando únicamente en el bien del religioso, de la comunidad y del pueblo de Dios al que va a servir, es imposible no sentirse responsable de las consecuencias que las decisiones tomadas puedan desencadenar en la vida del fraile y de la comunidad.No hay nada peor que tener que decidir el destino de las personas y la responsabilidad continua de las consecuencias que eso genera

Después de doce años de gobierno, como Vicario de Brasil y Provincial, el Señor me regaló un año de gracia y descanso en el noviciado interprovincial de Monteagudo (Navarra, España). El año pasó y yo sigo por esta Ribera del Ebro, sembrando con la palabra y el testimonio, un poco del amor que yo tengo por mi vocación, en el corazón de los jóvenes novicios que inician su andadura en la vida religiosa.

Soy vice-maestro de novicios y mi vida ha cambiado de forma radical. He pasado de viajar anualmente a todas las comunidades de la Provincia (Argentina, Brasil, España y Venezuela) a vivir una vida un tanto monacal y cerrada en el convento de Monteagudo, a la sombra de San Ezequiel Moreno.

He pasado de vivir las 24 horas del día pensando en los religiosos y situaciones de nuestras comunidades y buscando soluciones, a tener tiempo para pensar en mí y alimentar un poco mi vida religiosa, un tanto descuidada y desnutrida durante el tiempo de gobierno, por entender que hay que anteponer las necesidades de los otros a las propias, aún en perjuicio de uno mismo.

Mi trabajo aquí ya no es fundamentalmente “hacer” —hacer visitas, hacer circulares, hacer proyectos, hacer reuniones, hacer viajes, hacer entrevistas con los frailes y grupos pastorales, solucionar pleitos, hacer cambios de personal, hacer informes, preparar capítulos y asambleas…— sino que en este momento mi trabajo fundamental es “ser”.

Se trata de ser presencia, ser testigo, estar en los actos comunes, estar de puertas abiertas para atender al que lo necesite y solicite, celebrar juntos, orar juntos, jugar y reírnos juntos, discernir junto al equipo de formación, crear comunidad, transmitir lo que sé y trato de vivir sobre vida consagrada, impartiendo algunas clases, y estando disponible a otras necesidades que van surgiendo, tanto en la propia comunidad como en la Orden.Ahora tengo tiempo para pensar en mí, alimentar mi vida espiritual, y especialmente me dedico a “ser” más que a “hacer”

Durante toda mi vida religiosa, con excepción de los años de prior provincial, he tenido la oportunidad de trabajar con los jóvenes y eso es algo que me apasiona, que lo llevo dentro y creo humildemente, que también el Señor me ha capacitado para hacer ese trabajo.

Me ha sido fácil contactar con ellos, ponerme a su nivel, hablar su lenguaje, entender sus inquietudes, y presentarles un Jesús atractivo que engancha, que seduce y por el que vale la pena apostar.

He participado y animado cientos de encuentros, retiros, convivencias, pascuas juveniles, y siempre ha sido gratificante ver y sentir la sinceridad de los jóvenes en la búsqueda de Dios, aunque a la vuelta y media se tropezaran con sus incoherencias y fragilidades. Y es precisamente en ese instante donde se ve la necesidad de hacer un acompañamiento.

Este ministerio de saber acompañar el ritmo de crecimiento de las personas en general y de los jóvenes en particular, es un desafío que me ilusiona y al que los sacerdotes no siempre damos el suficiente valor y dedicamos el tiempo necesario.El servicio de acompañamiento a los jóvenes, el proceso de germinación y crecimiento tras lanzar la semilla, es esencial y requiere de todas nuestras capacidades

No es fácil, pero es cada día más necesario sentarse con las personas, orar juntos y juntos buscar respuestas en un discernimiento acompañado de la voluntad de Dios en nuestra vida. Nos gusta dar charlas, formaciones, retiros, nos gusta predicar, presidir celebraciones, pero no podemos olvidar que todo eso tiene un eco en las personas que después necesita ser compartido y acompañado en el terreno personal.

Creo que aquí fallamos y necesitamos revisar esa transmisión de la fe y acompañar el crecimiento de la semilla. No es suficiente lanzar la semilla; es necesario también acompañar los procesos de germinación y crecimiento hasta que el fruto esté maduro y desgrane.

Fr. Miguel Ángel Hernández Domínguez, agustino recoleto
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