Marcos, agustino recoleto chino: “Cuando estaba incomunicado por el idioma, fue la mirada y la observación lo que me abrió el entendimiento y el corazón”

Nació en la región de Mongolia Interior (China) en 1983 y es agustino recoleto desde que profesó tras finalizar su noviciado en 2009. Marcos Liu acaba de realizar el mes especial de preparación para la profesión solemne tras completar su formación inicial con un año de integración comunitaria en una parroquia de los Agustinos Recoletos en el madrileño barrio de La Elipa. Esta es su experiencia vocacional.
testimonios | 26 ago 2014
Me llamo Marcos Liu y soy de China, fraile agustino recoleto de la provincia de San Nicolás de Tolentino. Actualmente vivo en la parroquia de las Santas Perpetua y Felicidad, una de las parroquias que tiene la Orden en un populoso y humilde barrio de Madrid.

Aquí estoy haciendo un año de integración comunitaria y experiencia pastoral. Ayudo a la comunidad en las cosas más sencillas y ordinarias de la vida diaria y comparto la vida con las personas que se acercan a la parroquia. Puedo decir que me he sentido muy beneficiado por tener esta oportunidad y he crecido mucho a través de la convivencia cercana con las personas sencillas de esta viva comunidad cristiana.


¿Dónde pasaste tu infancia? ¿En qué ambiente te desenvolviste?

Mi infancia la pasé en China, que como todos saben es un país donde todo está organizado desde una ideología política, la comunista. Mi infancia fue como la de todos los niños, entre los juguetes y amigos. Quizá en este ambiente faltaba una presencia visible de la religión católica, pero fui muy feliz con mis amiguitos y sobre todo con mi abuela; aunque de vez en cuando recibía un que otro “correctivo” de mi abuela, debido de mi indocilidad.


¿Qué experiencia de Dios has tenido en tu vida? ¿Cómo Dios te ha salido al paso?
La mayoría de mis amigos, vecinos o colegas del instituto son ateos o consumidores materialistas
Por lo que he dicho anteriormente, siendo China un país comunista, la presencia de  la religión católica es muy escasa. La mayoría de mis amigos, vecinos o colegas del instituto son ateos o consumidores materialistas. Muy pocos entre ellos practican la religión budista o taoísta.

La religión católica casi no se presentaba por nadie, no era visible. Por ejemplo, en mi instituto éramos 3.000 estudiantes, y apenas había dos familias católicas. Gracias a Dios, y a mi devota abuela, soy uno de estos pocos católicos.

En mi país “llueve sobre mojado”, como se suele decir, pues a pesar de que hay muy pocos católicos frente a una gigantesca población -mil trescientos millones de habitantes-, la Iglesia católica en China sufría persecución. En este contexto, en determinado momento histórico se separa la Iglesia católica en China, y se forma la iglesia clandestina y la patriótica. En mi instituto éramos 3.000 estudiantes, y apenas había dos familias católicas

Mi abuela pertenece a la iglesia clandestina, que se entiende a sí misma como parte de la única Iglesia católica y apostólica que ha seguido fiel a los postulados de la Iglesia universal. Debido de esa confesión de fe, nos perseguían por todas partes.

Allí la vida cristiana es muy parecida a la que vivían los primeros cristianos, pues se reúnen siempre clandestinamente en la casa de un católico para la celebración de la eucaristía y la oración comunitaria.

Como yo era pequeño, no comprendía lo que estaba pasando. Muchas veces me preguntaba a mí mismo por qué esa persecución, pues constataba que eran un grupo de mujeres y niños y además eran personas muy buenas. Por causa de la persecución sufrimos todos, también los niños.

Aunque quizá yo “sufría” más bien por otras cosas, pues tenía que levantarme temprano para acompañar a mi abuela a la celebración eucarística, a veces a las 3 o 4 de la madrugada. Este era el único modo en el que estas buenas personas podían reunirse y sortear la vigilancia del gobierno.

En aquel entonces yo iba cada vez más a regañadientes, casi hasta malhumorado por tener que hacer esos sacrificios que otros niños de mi edad no tenían que hacer. Pero de esta especial manera, Dios se estaba introduciendo sigilosamente en mi vida.


¿Y tu historia vocacional? ¿Cuál ha sido ese camino o recorrido vocacional hasta ser hoy fraile agustino recoleto?

Cuando pienso en mi historia vocacional, no dejo de sorprenderme a mí mismo. Todo parecía imposible, pero para Dios no hay nada imposible. Sinceramente os digo que yo no era un católico devoto, ni muy obediente, como quizá sí lo eran muchos de los niños que madrugaban contentos para ir a reunirse con la comunidad cristiana.

Yo era más bien un rebelde, un libertino. De hecho, por ser tan travieso mis padres no me querían ver de cerca, y me metieron en un colegio internado. Además, ahí no tenía que levantarme temprano para ir a la misa ni a rezar el rosario con mi abuela. Vivía como un ateo, como mis demás compañeros del instituto internado. Por ser tan travieso mis padres me metieron en un colegio internado

Ese ritmo de vida atea se veía interrumpido con ocasión de una visita que solía hacer todos los años durante el verano a una casa de la hermana de mi abuela, es decir, la casa de mi tía abuela. Ella también es una mujer muy devota al Señor. Como ella tenía una buena situación económica, acogió a un grupo de jóvenes, y los ayudó a formar un pequeño seminario clandestino.

Durante mi visita, los seminaristas me invitaban a compartir tiempos de ocio y oración con ellos. Jugaba a baloncesto con ellos, rezábamos juntos, asistíamos a la misa juntos; y después de la misa a la mesa, a comer juntos. Aquella experiencia me marcó profundamente por ese contraste entre una vida ruidosa, mundana, materialista y consumista, y una vida de silencio, de oración, de amistad, y de amor.

Como se estaba acercando el fin del curso, mis compañeros y yo hablábamos del futuro, soñamos la nueva etapa que nos esperaba. En ese mismo momento me estaba acercando a un futuro que nunca había esperado. Un sacerdote clandestino que solía celebrar la misa en mi casa me preguntó si quería tener una experiencia más profunda con Dios, si quería seguir a Cristo. Me marcó profundamente ese contraste entre una vida ruidosa, mundana, materialista y consumista, y una vida de silencio, de oración, de amistad, y de amor

Además me dijo que eso iba a suponer estar lejos de la familia y, en aquellos años de rebeldía, yo a mi familia la quería lejos; pero nunca imaginé que sería realmente “tan lejos”, como para venir a España.

Entre risas y dudas le dije que sí, mientras en mis adentros me preguntaba si en el seminario aceptarían a alguien tan travieso como yo. Y por la complicada situación religiosa en China, no realicé ningún proceso de discernimiento vocacional.

Y así, sin conocer ningún fraile agustino recoleto y sin hablar ni una sola palabra en español, a los pocos meses de aquel encuentro me vine a España. Como si fuera un sueño, no cualquier sueño, sino un sueño que me ha dado Dios, una sorpresa de Dios que nunca ha dejado de sorprenderme.


¿Cómo fueron tus primeros pasos por España?

La experiencia de la vida religiosa me marcó la vida desde el primer momento en que llegué a España a hacer el aspirantado y postulantado. Aquella experiencia del principio es la más inolvidable de toda mi vida hasta este momento. Después de un viaje de casi diez mil kilómetros, me encontré en un mundo totalmente diferente al mío.Sin conocer ningún fraile y sin hablar ni una sola palabra en español, me vine a España en un sueño que me ha dado Dios

Por esta razón, al principio, sólo podía comunicarme con las personas y con los frailes con gestos, la sonrisa y, muchas veces, con la mirada. Para mí, la observación fue la principal herramienta que me abrió el entendimiento y el corazón, y a través de ella capté la forma de vivir de muchos frailes que me marcaron mucho por su testimonio.

“Obras son amores y no buenas razones”, dice un refrán castellano, y yo lo constaté muy bien en religiosos ejemplares. A través de estas personas que vivían su vocación, conocí lo que era la vida religiosa, el amor cristiano, y aquello de un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios.


¿Cómo ha sido tu proceso de formación a la vida religiosa durante estos años?

Viví cuatro años como aspirante y postulante, uno en Marcilla (Navarra) y tres en la casa de formación San Agustín de Las Rozas (Madrid). Después hice el noviciado en Monteagudo (Navarra). Y una vez que realicé la primera profesión religiosa, volví de nuevo a Las Rozas. Ahí estuve de nuevo otros cuatro años más.

Todos estos años fueron un tiempo propicio para crecer como persona, compartir la vida con otros que, como yo, se sintieron llamados, para rezar y para estudiar intensamente filosofía y después teología.

Durante todo este tiempo de estudio y de convivencia en una comunidad en la que todos veníamos de diferentes países y culturas, tuve mis altibajos y dificultades personales para la convivencia. ¡En este mundo y esta vida no todo es bonito! En la vida real y cotidiana, sea donde sea, no siempre nos sale todo bien.

Pero, a pesar de las muchas dificultades que pasé, sigo considerando que el proceso de formación a la vida religiosa es un camino de maduración personal, una oportunidad de crecimiento y de superación de sí mismo.

Además, todo lo bueno, eterno y valioso cuesta esfuerzo y sacrificio. La mayoría de las veces sólo vemos el momento glorioso de los campeones atléticos, pero no vemos las duras horas que pasaron durante su entrenamiento. Pues el proceso de la formación a la vida religiosa es como el entrenamiento, en el cual hay momentos de dificultad y momentos de alegría.

Pero el sentido de esta preparación no es para gloriarse de sí mismo procurando éxitos y triunfos, sino para capacitarse mejor para servir a los demás. En definitiva, es para afianzarse en el seguimiento de Cristo, intentando, con su ayuda, vivir como Él vivió. Por esta razón creo que lo auténtico de nuestra vocación consagrada en la Iglesia es llegar a darnos verdaderamente a los demás. Y dar es la mejor forma de recibir.


¿Qué ha supuesto para ti el mes de preparación inmediata a la profesión solemne?

Lo auténtico de nuestra vocación consagrada es llegar a darnos verdaderamente a los demás. Y dar es la mejor forma de recibirDurante el mes de julio en Monachil (Granada) he estado junto a otros jóvenes agustinos recoletos en un tiempo de preparación inmediata a la profesión solemne, que es la inserción definitiva en la Orden mediante la profesión de los votos solemnes.

Para mí ha sido como un punto de llegada y un punto de partida dentro de la vida religiosa consagrada. La auténtica preparación ya la llevo haciendo durante largos años. Pero esta preparación inmediata a la profesión solemne es una oportunidad para reflexionar con más profundidad en este estilo de vida.

Por lo tanto, no ha sido una meta, sino otro comienzo en la búsqueda de Dios.


¿Qué mensaje final dejarías a las personas que lean tu testimonio?

Me atrevo a decir que el auténtico caminante de la vida avanza únicamente cuando se siente impulsado por el amor. Nuestro camino será y se hará, en nuestro caso, según lo que amemos. Por lo tanto, es importante que no nos dejemos arrastrar por intereses superficiales y pasajeros. Nuestro camino será y se hará según lo que amemos.

Sea cual sea la situación del cada uno, es fundamental que busquemos siempre el sentido más profundo de nuestra vida y de las cosas que nos pasan. En definitiva, mi deseo para todos es que sean felices de verdad.
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