María Eugenia: una vida de peregrinación en busca de una fe auténtica y comprometida

Casada y madre de tres hijos, María Eugenia Gutiérrez de Trujillo actualmente vive en Costa Rica junto a su esposo, pues las gemelas Natalia y Carolina, con 30 años, y Juan David, con 28, viven ya autónomamente. María Eugenia, en su mocedad, cursó administración de empresas y ahora dirige su propia empresa. En el transcurso de su vida ha residido en varios países. Ahora está afincada en suelo costarricense. La familia agustino-recoleta es desde hace años su casa espiritual.
testimonios | 03 mar 2014
María Eugenia con una ancianita

María Eugenia es una persona comprometida, recia en su fe y siempre dispuesta a revisar su vida, abierta a una continuada conversión en todos los órdenes, principalmente en el religioso. A María Eugenia la hemos entrevistado y nos ha respondido con toda franqueza.


Inmigrante a Costa Rica y empresaria. Hay empresas fáciles y arduas. María Eugenia, ¿cómo ha sido tu vida como empresaria?

Son 40 años en el comercio de diversa índole. Actualmente manejamos franquicias de marcas internacionales, de moda. Un gran reto en este mercado tan competitivo: los gustos cambian, las economías en crisis, la mentalidad de consumo cambiante... Gestionar una empresa es como llevar un barco en medio de una tempestad. Pero ahí vamos, diríamos, «con las botas puestas». Nuestros ancestros nos dejaron un gran legado y creo que el más grande fue el trabajo honrado, la familia unida y sobre todo nuestra fe.También los años nos cobran la factura y el cansancio acecha, pero llevamos en nuestras venas una saga familiar de gentes luchadoras, emprendedoras... Recuerda que venimos de una región colombiana, de las tierras paisas, las montañas exhuberantes que obligaron a nuestra gente campesina a vencer muchos obstáculos; un pueblo del que vivimos orgullosos. Nuestros ancestros nos dejaron un gran legado y creo que el más grande fue el trabajo honrado, la familia unida y sobre todo nuestra fe.


Aparte de tus funciones laborales, ¿has tenido alguna ocupación anterior que ha marcado tu vida, aunque ya no participes en ella?


Desde muy joven he pertenecido a diferentes grupos y asociaciones de diversa índole. Formé parte de un grupo misionero en Colombia, que asistía a comunidades muy heterogéneas: desde comunidades indígenas a zonas de prostitución en pueblos con asentamientos militares. Esta experiencia fue muy enriquecedora.

He formado también parte de diferentes grupos de ayuda social en centros de indigencia, asilos, personas marginadas... Pero tal vez la que ha dejado más huella en mí es el haber tenido la oportunidad de vivir muy de cerca la fundación de una casa de las Hermanas de la Caridad, de la madre Teresa de Calcuta. Trabajar con ellas desde su carisma dejó huellas imborrables en mi vida.

Fui un tiempo miembro activo de la Cruz Roja colombiana, como dama gris, institución que me hizo ver una realidad diferente de la vida y pude tocar muy de cerca el sufrimiento y las necesidades de la gente.

En mi actual país de residencia, Costa Rica, formé parte de un grupo médico que presta apoyo a diferentes comunidades indígenas en Talamanca. Actualmente, formo parte de un pequeño grupo de ayuda social que llega y toca puertas en diferentes barrios marginados de Costa Rica. Para terminar, soy miembro activo de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta, familia que ha marcado mi vida en los últimos ocho años.

Cada una de estas experiencias ha dejado una huella imborrable en mi vida; son parte de un peregrinar, pues de cada una he recogido momentos de mucha alegría y sobre todo de acercamiento a Dios por medio de los que sufren.


¿Te consideras una persona de fe?


Soy una persona de fe, no hay cuestionamientos, nunca los he tenido. Creo en Dios, creo en la vida maravillosa que me ha regalado. Creo en la gente. Creo en las causas nobles. Creo en la infinita misericordia de Dios.


¿Cuándo empezaste a valorar tu relación con Dios?


Creo que desde siempre. Nací en el seno de una familia muy religiosa. Mi abuela paterna me enseñó a rezar; por medio de ella conocí algunos santos agustinos sin saberlo, lo que descubrí ya en mi edad adulta, cuando conocí a los Agustinos Recoletos.

En mi juventud sentía una gran necesidad de dedicarme a la misión, a luchar por alguna causa misionera. Creo que de alguna manera fue una llamada vocacional o simplemente el apasionamiento de una persona en búsqueda... No sé si cerré mis oídos a una llamada de Dios; me lo he cuestionado en algunos momentos, pero en el camino que elegí, el matrimonio, he sido feliz y de alguna manera sigo proyectándome en una medida muy pequeña a descubrir en los que sufren esa presencia viva de Jesús.

Mi relación con Dios ha madurado con el correr de los años… He tenido muchísimos momentos de desierto, pero he encontrado bastones en el camino que me han ayudado muchísimo; esas ayudas generalmente han venido de sacerdotes o de personas cercanas que han sido inspiración en mi vida.


Dados los cambios que has tenido en tu vida, ¿dónde descansa y se alimenta tu vida de fe como una persona adulta?


Ya en mi edad adulta encontré una gran familia que llegó a mí inesperadamente por esas cosas del destino que no tienen explicación. mis momentos de angustia eran ausencia de Dios En esa familia, los Agustinos Recoletos, y en medio de una búsqueda desesperada de cambios en mi vida, descubrí un espacio que me abrió sus puertas y allí me fui reencontrando con mi esencia; allí fui redescubriendo que sin Dios nada soy, que mis momentos de angustia eran ausencia de Dios, que no importa cuán difícil se ponga el camino; Dios está conmigo, las dificultades son llevaderas. Dios dejó de ser alguien lejano. Dios se convirtió lentamente en la esencia de mi vida.


En este complicado discurrir de tu vida habrás pasado por momentos de tristezas y alegrías.

Somos seres en constante evolución, física y emocionalmente. Nuestro diario vivir acumula muchos momentos alegres desde que abrimos los ojos y nos damos cuenta de que Dios nos regala un nuevo día para vivir con alegría; y con esa actitud me enfrento con muchas realidades.

Podría enumerar en la continuidad de la vida los logros alcanzados: el nacimiento de los hijos, el regalo más maravilloso de Dios; verlos crecer; compartir con ellos sus ilusiones, alegrías, que en determinado momento se van convirtiendo en tristezas: sufrimos cuando lloran, cuando están enfermos o algo los inquieta, cuando luchan por sus sueños y, en algunos momentos, cuando solo encuentran piedras en el camino.

Creo que a toda madre que le hagan esta pregunta, siempre hablará de sus hijos como los momentos más sublimes de alegría y al mismo tiempo de dolor.


¿Alguna vez, en tu historia personal, has sentido que Dios estaba muy lejos, o ausente? ¿Cómo reaccionaste y cómo ves hoy aquellos momentos?

Ciertamente tuve esa sensación de lejanía de Dios muchas veces, pero lo más importante es que siempre he logrado descubrir el porqué de ese sentir, como cuando me he dejado arrastrar por mis sueños desmedidos, cuando me ha envuelto el materialismo, cuando he sido injusta o de alguna manera he herido a alguien…


¿Algún tiempo de especial confusión o sentimiento de ausencia de Dios?

Tal vez la época de mi vida en la que mi relación con Dios fue más árida fue en el tiempo que viví en los Estados Unidos. Fueron tiempos de búsqueda de crecimiento empresarial, dentro de un marco consumista, competitivo, difícil, donde una se deja arrastrar por un sistema que nos absorbe, hasta el punto de que ni siquiera se tiene tiempo para compartir con amigos; incluso ni con la propia familia. Mi mundo en esos tiempos era el mundo de la moda. Podrás imaginarte cuánto vacío deja la vanidad, la superficialidad. Buscaba esa pequeña llama que en mi juventud me hablaba de los más necesitados, de esos indigentes a los que llevaba pan y café en las noches frías; y me decía a mí misma: algún día... algún día… volveré…

En aquella etapa de mi vida viajé mucho, conocí a muchísima gente de diferentes culturas; era una joven en crecimiento profesional, una joven con ímpetus y deseos de conquistar el mundo; alcancé muchos objetivos, libré muchas batallas y recuerdo que en más de una ocasión buscaba esa pequeña llama que en mi juventud me hablaba de los más necesitados, de esos indigentes a los que llevaba pan y café en las noches frías; y me decía a mí misma: algún día... algún día… volveré…

Así viví, por espacio de diez años aproximadamente, hasta que, por circunstancias del destino, trasladamos nuestra residencia a Costa Rica. Aquí, una vida más tranquila. Un proceso diferente, tiempo para compartir y, poco a poco, en un proceso muy lento, esa llamita comenzó a encenderse de nuevo… Pero por más que me involucraba en alguna causa, sentía un vacío muy grande, nada lograba llenarlo; y lentamente descubrí que podría formar parte de mil fundaciones, apoyar diferentes causas, pero que allí no estaba lo que yo buscaba.

Por esto emprendí un nuevo camino; un camino que no ha sido fácil; un camino lleno de obstáculos, de sinsabores, tristezas y desolación. Y te preguntarás: ¿por que? Simple y sencillamente, porque decidí descubrirme a mí misma; decidí conocer a esa persona, llena de inquietudes, a esa persona en esa búsqueda, que no encontraba respuestas y me encontré con un ser humano, lleno de defectos, de dificultades, un ser humano con muchas necesidades, pero, sobre todo, con mucha necesidad del amor de Dios.


Este proceso reviste un parecido con la búsqueda del joven Agustín.

Probablemente tenga algún parecido en cuanto a esa necesidad de búsqueda que sentía en mi interior. Pero lo auténticamente valioso fue el encuentro con el amor de Dios. ¡Qué maravillosa experiencia! Creo que la mejor de mi vida. Mi proceso continúa; mi proceso no ha terminado; la diferencia es que ya no sufro; ya vivo desde mi indigencia, desde mis dificultades; la soberbia va quedando lentamente en el olvido y cada día se va manifestando con más fuerza la presencia de Dios en mi vida.


Pero esta actitud conlleva una serie de renuncias, una disposición a aprender y a renovarse siempre, y no será fácil.

La vida es un aprendizaje; aprendí de todas mis experiencias, descubrí que el consumismo no te lleva a ninguna parte; aprendí que no necesitamos máscaras o ropajes para ser mejores personas; aprendí que solo viviendo desde mí misma, con sencillez y alegría, y aceptando a los otros con humildad de corazón, podré dar lo mejor de mí y continuar ese camino que hoy está guiado por un Dios misericordioso.


Huelga la pregunta de si vale la pena creer en Dios.

Huelga. Sin Dios no existiríamos. Si no creyera en Dios, no creería en mí misma. Dios dejó de ser alguien extraño en mi vida. Dios es esa fuerza que habita en mí y que me hace un ser humano que vive en armonía con su entorno.

No creo que haya un ser humano sobre el planeta que no tenga un concepto de Dios, pues inclusive el ateo tiene sus convicciones de vida y en esas convicciones se topa, sin saberlo, con Dios.



¿Vivir la fe te hace sentirte contracorriente?

Desde mi interioridad, y en comunión con Dios, no me siento contracorriente. Cambia el cauce en algunos momentos; una se cuestiona, se inquieta, pero siempre se vuelve al cauce. Lo que me hace sentir contracorriente es cuando me esfuerzo por determinada causa y me enfrento a una sociedad de ciegos y sordos. Manejo una lucha interna muy fuerte, pero, poco a poco, he empezado a entender los tiempos de Dios.

Me siento contracorriente cuando oigo las críticas hacia las personas demasiado religiosas, cuando las tildan de “panderetas”… Y creo que cada uno vive la religiosidad a su manera, dentro de la necesidad de estar en comunión con Dios. Manejo una lucha interna muy fuerte, pero, poco a poco, he empezado a entender los tiempos de Dios.

Definitivamente, en nuestra sociedad no se logra del todo que haya una concordancia entre la religiosidad del ser humano y su diario vivir dentro de la familia, de la empresa y los diferentes ámbitos sociales.



Como persona de fe, ¿qué crees que puedes tú aportar a la sociedad civil?

Creo que mi mayor aporte es vivir con alegría y dar lo mejor de mí misma a todas las personas que me rodean. A partir de esa actitud, hay compromiso, hay gratuidad, hay comunión con Dios. Es mi ideal de vida. Sigo en esa búsqueda, pero creo que mientras haya inquietud, de alguna manera aportamos un granito de arena a nuestra sociedad.


En tu opinión, ¿qué papel debería jugar la Iglesia para dar testimonio de fe?

Si somos seres en evolución y parte de una Iglesia, los cambios deben generarse en todos los niveles, tanto en nuestras jerárquicas como en las laicales. La Iglesia, como institución, debe evolucionar, ir a la par de los cambios que exige el mundo moderno. Cada día el mundo es más pequeño, nos vamos convirtiendo en una unidad, independientemente de credos o razas; nos mueven los sistemas, las sociedades consumistas, la tecnología avanzada, sin hablar de la cibernética. La Iglesia debe caminar a la par de estos cambios que exige la sociedad actual. La Iglesia debe reinventarse y promoverse con imágenes y mensajes que compitan o que hablen el lenguaje de las nuevas generaciones.

Jesús de Nazaret
se impuso en su época contra muchas estructuras. Creo que hoy más que nunca Jesús está presente en la desolación y la pobreza física y moral en la que está inmersa una gran parte de la población del mundo. Nuestra misión, como laicos comprometidos y parte de una Iglesia, debe centrarse en buscar a ese Jesús que cada día llama con más fuerza a nuestros corazones, con un grito desesperado ante los desafíos a los que se enfrenta el mundo moderno. Nuestra opción preferencial por los pobres como Iglesia debe ser una prioridad.

Asimismo, la Iglesia debe abrir espacios o foros que permitan a las personas opinar abiertamente sobre lo que espera de ella y de sus líderes; crear conciencia crítica que retroalimente no solo la estructura, sino, también, su forma. Nuestra educación religiosa ha sido estereotipada, al punto de que no emitimos juicios críticos que sean constructivos por temor o simplemente porque, según nuestra educación, la Iglesia es intocable.

Necesitamos una Iglesia más humana. Una Iglesia que toque el corazón del que sufre, una Iglesia que toque puertas y llegue a la gente con dinamismo. La sociedad entera tiene muchos vacíos; es una sociedad hastiada del materialismo y de las luchas sin sentido.

Se necesitan estructuras como los centros de espiritualidad agustino-recoleta (CEAR), en los cuales creo muchísimo: son una necesidad, son una urgencia. La depresión, la gran enfermedad del siglo, está causando estragos en el individuo, en la juventud sobre todo, por falta de amor y baja autoestima. Mientras no se trabaje al individuo desde su hondura, ayudándole a encontrarse consigo mismo y con sus valores, ni la Iglesia ni los gobiernos lograrán cambios significativos. En mi opinión, esto es un trabajo muy difícil de llevar a cabo por la escasez de líderes religiosos y de personas comprometidas, pero no imposible.

Finalmente, para no alargarme más, la Iglesia debe ser mediadora, orientadora y conciliadora entre el hombre y Dios.



Has hecho mención de los CEARs
(centros de spiritualidad agustino-recoleta). ¿Cuál es tu relación con la espiritualidad y carisma recoletos?

Aunque llevaba desde el año 1999 visitando el seminario San Ezequiel Moreno, en Pozos de Santa Ana (San José, Costa Rica), ingresé en la Fraternidad seglar agustino-recoleta en el 2003. Quiero estar ahí; estas personas sencillas vibran. Aquí se siente el amor de DiosAquí encontré dirección espiritual. En el seminario, casualmente, asistí al rito de emisión de las promesas del primer grupo de seglares agustinos recoletos en Pozos. Recuerdo cómo esa llama agustiniana empezó a encenderse en mí. Aquel día, sin saber qué era la fraternidad, me dije a mí misma: “Quiero estar ahí; estas personas sencillas vibran. Aquí se siente el amor de Dios”. Y fue así como solicité mi ingreso y ya en el 2003 hice mis promesas. Un día inolvidable; me sentí una chiquilla plena, una alegría que se desbordaba; sentía que era única en el mundo.

Mi caminar en la fraternidad me ha regalado una familia
, pero no todo ha sido color de rosa; me ha costado muchísimo entender la razón de ser de la misma. La Orden ha hecho un esfuerzo y sigue haciéndolo, sobre todo en la formación de los miembros de las fraternidades, pero yo estoy convencida que la fraternidad necesita además una acción de servicio. Una espiritualidad sin caridad, sin servicio al que lo necesita es como un árbol sin sabia. Es mi pensamiento, pero hay que caminar con lo que hay, con respeto, y Dios dirá hacia dónde vamos.


¿Cuál crees que es el aspecto más positivo del testimonio que hoy dan los cristianos y la Iglesia a la sociedad?

Nuestro testimonio, como cristianos, parte de una moral dinámica, basada en una búsqueda de crecimiento personal. El cultivo de la libertad con responsabilidad. Valorar más lo espiritual que lo material. Rescatar los valores. Rescatar nuestras tradiciones. Y, por encima de todo, solidaridad con los más necesitados. Todos, como cristianos comprometidos, estamos llamados a ser colaboradores del proyecto de Dios.


¿Que echas de menos en los cristianos y en la Iglesia como testigos de Jesús y su evangelio?

Creo que el no ser consecuentes con el Evangelio o con nuestras creencias; somos cristianos por conveniencia; buscamos a Dios en la desesperación, en la necesidad, pero ¡qué poco nos acordamos de Dios o de su infinita misericordia cuando en nuestro entorno todo es armonía!

Somos cristianos por tradición, y es muy poco el tiempo de que disponemos para descubrir esa fuerza maravillosa del amor que se mueve en cada ser humano y se niega a reconocer como fuerza vital en su vida.



¿Eres de las que piensas que “otro mundo es posible”? ¿Qué haces cada día para cambiar el mundo?

Mi mundo es diferente al tuyo, y de cada uno depende que sea mejor o peor. No creo que pueda cambiar el mundo. Cambio mis actitudes ante las circunstancias de la vida. Cambio mis luchas, mis proyectos, mis ilusiones, pero, sobre todo, trato de generar ambientes de paz y armonía y, en la medida de mis posibilidades, de una manera sencilla, aportar lo mejor de mí a quienes me rodean. Si en alguna medida nuestras actitudes son positivas y solidarias, sin duda algo cambiará.


¿Cómo te sientes ante la injusticia, la falta de solidaridad, el egoísmo y el pecado? ¿Crees que hoy estamos peor que antes o tienes una visión positiva?

Cuando hablamos de egoísmo, pecado, insolidaridad, injusticia… siento lástima de mí misma… ¡Qué esclavitud a la que lentamente, con el transcurrir de la vida, nos vamos sometiendo los seres humanos! Creo que es la manera como negamos a Dios en nuestro diario vivir; si no somos solidarios, somos egoístas y, si somos injustos, cometemos la falta más grande: falta de amor a nuestros hermanos y por ende a Dios.

No creo que estemos peor que antes ni mejor; las debilidades forman parte del ser humano desde siempre y cada ser humano, en sus constantes búsquedas, va descubriendo el camino para crecer como persona y aminorar la carga de descomposición en la que está inmerso el mundo.

Personalmente, veo el futuro con esperanza. En mis múltiples experiencias de viajes, considerándome una trotamundos, voy descubriendo en cada cultura, en cada raza, independientemente de sus creencias, una mirada cálida y una sonrisa en el rostro de las personas que me hablan solo de seres humanos que buscan ser felices, seres humanos a los que los mueve el amor. La brecha social definitivamente es una injusticia. He encontrado comunidades en Asia, donde el consumismo y nuestra forma de vida occidental no los ha tocado, y son personas que viven desde su fe, con alegría y esperanza, pero no hay que ir tan lejos. ¿Qué sería de nuestros pobres que viven en la miseria, si no fuera porque en ellos, a pesar de la desesperanza, brilla una pequeña luz de fe? La brecha social definitivimamente es una injusticia. Todos nos cuestionamos el por qué hay tanta desigualdad en el mundo. Y ante esto, creo que es una obligación moral de todos, como cristianos o personas de fe, solidarizarnos con los más necesitados dentro de las capacidades de cada individuo.



¿Te sientes en comunión con algún valor o valores de los que presenta la sociedad en la que vives?

El principal valor de la sociedad en la que vivo es el valor que se le da a la familia como centro de nuestra sociedad; en ella se cultivan los valores, principalmente, el respeto por los demás y por nuestro entorno. En la familia se cultiva la fe y también el respeto por nuestras tradiciones. En la familia se cultivan todas las condiciones que nos motivan a ser personas de bien.


Ya para terminar esta larga conversación. ¿Alguna experiencia «límite» entre tantas experiencias impactantes?

Hoy me sigue acompañando, sobre todo en los momentos más difíciles, una experiencia inolvidable, trágica; la experiencia más cruel, aterradora y salvaje que he vivido. Ocurrió el 7 de mayo 2007. Mi esposo, tres empleados y yo fuimos víctimas de un asalto a mano armada en nuestra residencia. Seis hombres encapuchados, con armas de fuego, nos sometieron a una tortura, física y psicológica, imposible de describir con palabras. Fueron dos horas donde reinó la impotencia, la soledad, la angustia, pero no así la desesperación, ya que nuestras únicas armas fueron la oración constante.

Desde el primer momento tratamos de mantener la calma y, lo más particular, partiendo de ese consejo de orar por el que te hace daño, en voz alta y suplicante, invocaba la protección de la Virgen Santísima para esos muchachos desenfrenados, oraba por sus familias y le pedía a Dios que se apiadara de ellos. De alguna manera, los sensibilizaba ya que en medio de sus exigencias y atropellos, me gritaban, desesperados, que no metiera a Dios, y me amenazaban de muerte si no me callaba. Lograba hacerlo por minutos, pero hacía caso omiso a sus exigencias y seguía orando en voz alta... Santa Rita, San Ezequiel estuvieron presentes y, sobre todo, la fuerza de la oración de las hermanas agustinas recoletas de Tecamachalco, México, religiosas muy cercanas a nosotros y que cada día nos encomiendan en sus oraciones.

Nos enfrentamos con la muerte de una manera muy dolorosa. Para mí, esta experiencia me lleva a pensar en un triunfo de la oración y la misericordia de Dios sobre las pasiones desenfrenadas de la delincuencia.


 

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