“Ser fraile y sacerdote agustino recoleto es lo mejor que me pudo pasar”

“Me gusta hablar de mi historia como una realidad todavía no acabada y, disculpa mi ingenuidad, abierta al futuro con esperanza.” Fabián Martín Gómez tiene 31 años y vive en la Casa de Formación San Agustín de Las Rozas (Madrid). “A pesar de los treinta y un años –dice– mi vida me parece aún un botón de flor que se va abriendo o un esqueje que está brotando. Y pongo estas comparaciones porque mis primeros años de vida estuvieron muy unidos a la vida de campo, al aire libre, pues nací en un pueblecito mexicano, Tepatitlán de Morelos”. A este joven le pedimos que nos cuente algunas cosas sobre su vida y su vocación religiosa y sacerdotal.
testimonios | 19 feb 2005

¿Pasaste tu infancia en tu pueblo natal? ¿En qué ambiente te desenvolviste?

La mayor parte de mi infancia alterné domicilio entre un pueblo llamado Capilla de Guadalupe,en los Altos de Jalisco, y una región rural a unos diez kilómetros de dicho poblado, denominada “La Cruz”. Entre la “Capilla” y la “Cruz”…, no está mal.

Yo soy el tercero mayor de once hermanos. Mis padres acogieron con alegría el hecho de que mis hermanos y yo viniéramos al mundo. En una ocasión en que estaba reunida toda la familia, a uno de mis hermanos se le ocurrió preguntar a mis padres que por qué tantos hijos; y mi madre, a su vez, preguntó que a quién no le hubiera gustado. A partir de ese momento la cuestión quedó zanjada.

Nuestros padres nos educaron en los valores cristianos y en varias prácticas de piedad popular: rosario en familia diario, rogativas por el buen temporal, devoción particular a la Virgen de Guadalupe, posadas navideñas, catequesis, eucaristía dominical, confesión mensual y un largo etcétera. Confieso que a veces muchas de estas prácticas religiosas me resultaban pesadas, aburridas e innecesarias. Aunque reconozco que dejaron en mí una especie de poso religioso que posibilitó y abrió en mí el sentido de Dios y, con ello, el sentido de mi vida.

Mi niñez y adolescencia fueron de lo más común y corriente, propio de un chico de aquel ambiente socio-económico y religioso: ayudar a mis padres en las tareas de casa, estudiar para sacar buenas calificaciones, jugar al fútbol con mis hermanos y con mis vecinos, hacer salidas en bicicleta a los poblados cercanos, alguna que otra travesura en compañía de los amigos, reuniones familiares...

Pero detrás de estos breves datos de mi vida personal -lo digo con satisfacción-, hay una historia más apasionante y calladaque mi historia personal. Me explico. Está mi familia directa, mis parientes, mis vecinos y las personas de mi pueblo en aquel tiempo tenían un sentido profundo de Dios.

Al parecer, quizá ya entonces, pero sin duda ahora, al hacer memoria de tu pasado, el sentido de Dios te marcó.

Si me gustaría remarcar un hecho que supuso para mí un cierto paso de ver la religión como algo propio de mi contexto social y cultural a buscar una relación personal con Dios. Cuando tenía catorce años participé en un encuentro juvenil de tres días. Consistía en un retiro organizado por jóvenes para los mismos jóvenes en el que se trataban distintos temas sobre la fe, la Iglesia, la vocación, etc. El tema que más dejó huella en mi interior fue el de “Jesús amigo”. Todo lo que yo idealizaba acerca de la amistad hallé, desde mi pobre fe, que Él, Jesús de Nazaret, cumplía todas mis expectativas. Cierto, lo hacía, pero más tarde descubrí que no tanto a mi modo como al suyo…

Me pones en la tesitura de preguntarte por tu historia vocacional especial, porque ese encuentro juvenil disparó las alarmas de tu sentido de Dios.

En varias ocasiones me han pedido que comparta mi testimonio vocacional. Al principio recurría al rollo monumental del discurso que aprendí en la catequesis sobre la llamada de Dios. Pero nunca ha faltado la pregunta aparentemente ingenua para el que la realiza, pero incómoda para el que la contesta: «Y tú ¿por qué quisiste ser fraile?» Esta pregunta arroja por tierra el discurso teórico y va directamente a las motivaciones humanas que te llevan a hacer una opción. Al principio me daba miedo descubrir a los demás que quería ser fraile por razones posiblemente menos “nobles y evangélicas”, por lo cual, me las apañaba para revestirlas de virtud: ser misionero, servir a los pobres, dar mi vida para servir a los demás. Con el tiempo he descubierto que Dios se valió de esas motivaciones menos “nobles” para salirme al paso. Sin embargo, por el camino descubrí “otras” motivaciones más sólidas, y no por eso menos humanas, que hacen sostenible una vocación para toda la vida: la principal es que me fío de Cristo y su mensajeme resulta bello y apasionante.

¿Cuál ha sido ese camino o recorrido vocacional hasta ser fraile agustino recoleto?

Cuando tenía 16 años entré a la casa de formación “San Pío X” que los frailes Agustinos Recoletos tienen en Querétaro, México. Me encantó la sencillez del lugar, la normalidad de las relaciones entre los compañeros, la alegría y jovialidad con que se desenvolvían las actividades y el estilo de acogida de los frailes que allí vivían. Pasé tres años en este lugar casi como en un “abrir y cerrar de ojos”. Concluyó una etapa, pero por dentro me resistía a pasar a la otra, pues estaba muy a gusto.

Después, con diecinueve años cumplidos, me fui a México, D.F. como el resto de compañeros que decidieron seguir en el proceso formativo. En esta etapa de mi vida joven entendí, gracias al estudio de la filosofía, que el ser humano estaba hecho para cosas grandes: para lo bueno, para la verdad, la belleza, la libertad y para el amor. Ello me complicaba la vida, pues me hacía ser inconformista y bastante crítico. Brotaban de mi interior, a modo de un venero, innumerables preguntas sobre el hombre, el mundo y Dios.

Terminé bien los estudios de filosofía en la universidad Pontificia de México y viajé a España en el 2003 para realizar la experiencia del noviciado. Me costó mucho el momento concreto en que me despedía de mi familia. En una cultura en que se nos inculca a “aguantarse como los machos”, me fue imposible contener las lágrimas. Sin embargo, los nervios del vuelo -pues era la primera vez que viajaba en avión- y la novedad de llegar a un lugar completamente desconocido cambiaron mi tristeza en admiración.

Recuerdo con mucho cariño el año de noviciado. El estilo del lugar y las características de la etapa nos empujaban a vivir intensamente el estilo de vida que, en principio, deseábamos abrazar para toda la vida. En este periodo de mi vida, entusiasmado por el momento y por lo que estaba en juego, llegué a pensar que “yo” era el que buscaba a Cristo. Pero la verdad es que, aunque me estaba preparando para ser fraile, no me “dejaba del todo” encontrar por Él; claro está, a su modo: el de la fe, la confianza y el abandono.

O sea, que solo un año, el año de noviciado, fue suficiente para ti para enrolarte definitivamente en la vida agustino-recoleta.

Esto se entiende en la medida que una persona adopta una actitud de fe confiada en el Señor, porque en la vocación a la vida consagrada no tiene por qué haber cosas “espectaculares”. Dios no ha actuado en mi vida como un “meteorito” caído del cielo o a modo de una intervención extraordinaria en un momento puntual de mi existencia; nada de eso. Aunque parezca que le quito encanto a mi vocación, quiero decir simple y llanamente que Dios se ha servido de una “historia de vida” común y corriente -la mía-, para insertar misteriosamente en ella su plan de amor y de salvación. Éste es el núcleo esencial de mi vocación.

Después de noviciado vendrían otros tiempos menos gratificantes en tu proceso formativo.

Después del año de noviciado en Monteagudo (Navarra, España) hice mi primera profesión religiosa juntamente con ocho novicios más, el 14 de agosto de 2004. Inmediatamente después de la profesión simple comencé con alegría los estudios de teología. Estos años, que pasé en el teologado de Marcilla (Navarra) y en la casa de formación San Agustín de Las Rozas (Madrid), fueron de intenso estudio, de responder por convicción y no por obligación a las exigencias de la vocación a la que Dios me estaba llamando; fueron años de afianzar un encuentro personal con Cristo, principalmente cultivando la oración; fueron años para consolidar un fuerte sentido de comunidad y de fraternidad. En esta etapa de la formación aprendí, gracias a Dios, que yo no estaba en la vida religiosa tanto para “autorrealizarme” como para aprender y asumir que el centro de mi vida no tenía que ser “yo”; aprendí a “des-centrarme”, es decir, entendí que o vivía mi vocación desde una relación de fe más allá de gratificaciones o dificultades, o ésta no sería sostenible.

El día 6 de octubre de 2007, en la parroquia Santa Rita de Madrid, realicé la profesión religiosa definitiva, incorporándome de por vida a la Orden de Agustinos Recoletos. Al poco tiempo tres compañeros –Fernando Martín, José María Naranjo y Claudio do Nascimento– y yo recibimos el orden del diaconado el 1 de diciembre de 2007 en el colegio San Agustín de Valladolid. El arzobispo de esta diócesis, monseñor Braulio Rodríguez Plaza fue el ministro ordenante. Fue en esta ocasión cuando caí en la cuenta de que mi vocación no era para mí, sino para los demás. Comprendí, con cierta hondura, que mi vocación sería auténtica sólo en la medida en que yo fuera generoso con mi tiempo y mis cualidades para servir a los demás, no haciendo grandes cosas, sino aquello que me correspondía hacer en mi comunidad concreta, con las personas con las que día a día compartía la vida.

Casi hemos llegado a la cúspide del proceso formativo, por lo que parece.

Así parece, pero no es. Apenas terminé los estudios teológicos y superé la prueba de Bachillerato en teología, me trasladé a mi país, México, y recibí la ordenación sacerdotal en Capilla de Guadalupe el día 16 de agosto de 2008. Desde este momento sí que había que estar con las antenas desplegadas para ver, oír, comprender, escuchar, sentir…; me esperaban días “fuertes”, pues comencé a tratar con la gente, a cuyo servicio estaba puesto: celebrar la eucaristía y el sacramento de la reconciliación -confesión- y, sobre todo, escuchar con mucha atención y respeto lo que otras personas te compartían en un contexto de fe.

En una palabra, entraste en la acción pastoral.

Casi puede decirse que salí antes de entrar, porque ya en octubre tuve que comenzar estudios universitarios en Roma. El prior provincial del momento me envío a estudiar Teología Espiritual y Formación de Formadores. O sea, que dejé de estudiar en el Centro Teológico San Agustín teología para continuar estudiando teología y más cosas en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma. Y por cierto, no me costó mucho acostumbrarme al movido estilo de vida de la Ciudad Eterna.

¡Ciertamente la vida siempre te reserva sorpresas!; en una visión de fe: los caminos de Dios no coinciden con los nuestros, porque yo soñaba con ejercer mi sacerdocio en “nuestras misiones”, pero comencé mi ministerio sacerdotal amarrado al sillón y ejerciendo como mejor sabía de alumno universitario.

Al pronunciar la frase “la vida siempre te reserva sorpresas” da la impresión de esconderse alguna especial sorpresa en tu vida.

No me gusta hablar de la “gran sorpresa” para mí estando en Roma: Casi al finalizar el primer año en Roma me detectaron cáncer en el sistema linfático. Gracias a Dios, la enfermedad no estaba muy avanzada cuando me la detectaron y con un tratamiento de cuatro meses de quimioterapia lograron los médicos, ayudados por Alguien que de “medicina sabe mucho”, atajar la enfermedad. Fue un periodo muy duro, de fuerte desgaste físico, de dudas, de tristeza, de cierta obscuridad.

Pero en esta pequeña “noche oscura” y debilidad generalizada, el cariño que me manifestaron tantas personas, entre las cuales nombro principalmente a mi familia, a mis hermanos frailes y a mis amigos, hicieron emerger de mi interior el gusto por la vida, la confianza en los médicos y una fe que escapaba a mi control. Creo que fue en ese entonces cuando me dejé encontrar por Jesús “a su estilo”, el de la presencia, el silencio, la solidaridad con el sufrimiento, los detalles insignificantes…

Parece que al terminar de contar esta tu experiencia respiras tranquilo. Sé que terminaste los estudios en Roma con normalidad y, como los que terminan su preparación universitaria… ¡a enfrentarse a la vida! ¡A ejercer! Quizá, para terminar, quieras hacer alguna consideración.

No sé a quién puede interesar lo que digo ni quién me va a leer, pero quiero concluir esta mi historia afirmando que la considero como una historia de amor y salvación. Eso es mi vocación. Creo además que ser fraile y sacerdote agustino recoleto es lo mejor que me pudo pasar: me ha hecho feliz. Por esto le invito a cualquier posible lector a que también conecte con su historia de amor tan particular y tan personal que sin duda Dios está haciendo con él.

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