Miguel Ángel González Villalba: la mirada optimista que embellece la vida

Nueve años, de 1970 a 1979, fueron suficientes para que el alma misionera del agustino recoleto Miguel Ángel González Villalba se llenara de tal manera que a sus setenta y dos años volvería a emprender desobrigas por el Purús y sus afluentes. ¡Una exageración! Miguel Ángel ha ejercido el ministerio sacerdotal fundamentalmente en España y en diversas parroquias desde que regresó de la misión de Lábrea, Amazonas en 1979, pero ha seguido sintiendo las misiones en lo más profundo de su ser. Dado su carácter comunicativo, la redacción de esta página web le ha planteado algunas preguntas, cuyas respuestas son un interesante testimonio misional.
testimonios | 17 feb 2005

¿Cuándo sentiste por primera la inquietud por las misiones?

Ya desde pequeño. Recuerdo que de niño, después de haber estado un año en el seminario de Pamplona, el párroco entonces de Los Arcos (Navarra), don Pablo Rodríguez, me dijo si no me gustaría ir al colegio San José de Lodosa, que eran frailes misioneros; y recuerdo que mi respuesta inmediata fue: “¡pues mejor!”. ¿Cuál fue la razón de esta propuesta? Me imagino que la economía de mi familia. Ya entonces me entusiasmaba leer la revista “Todos misioneros”, que publicaban los Agustinos Recoletos, que estaban en Lodosa donde entré.

¿Puedes describir cómo surgió tu destino para la misión de Lábrea en Amazonas? ¿Dónde estabas en aquel momento?

Estaba en el colegio San Agustín de Valladolid el año 1970. Se recibió un oficio del generalato de la Orden pidiendo voluntarios para la misión de Lábrea(Amazonas, Brasil) y se nos pedía escribir al padre general. Yo lo pensé poco tiempo y le escribí. Otros compañeros también lo hicieron. Si mal no recuerdo, del colegio San Agustínde Valladolidnos ofrecimos para ir a la misión siete frailes.

¿Recuerdas el tiempo antes de partir para el Brasil? ¿Fuiste con otros compañeros, qué ilusiones, qué proyectos y deseos o que comentarios hacías?

Se nos comunicó en muy poco tiempo a los que tuvimos la suerte de ser elegidos. Así que prácticamente unos días después terminaba el curso y, conociendo los pasos que teníamos que dar, una vez que acabó el curso fuimos a casa de vacaciones y nos despedíamos de la familia. Nos trasladamos a Madrid y entre papeleos en la embajada, médicos, etc., llegó el día 14 de agosto, día de nuestra partida por la noche. Así que tiempo para proyectos, ilusiones, deseos… tuvimos poquísimo. Nos acompañó el padre general de la Orden, Luis Garayoa.

¿Cómo fue el impacto al llegar a la misión? ¿Qué cosas llamaban vuestra atención?

Si te soy sincero, a mí personalmente no me pareció tan malo a primera vista, quitando el calor sofocante. Llegamos en dos avionetas desde Porto Velho, cuyo aeropuerto era muy poca cosa. En Lábrea nos esperaban con el tractor con su remolque, y para casa. Nos esperaba bastante gente. Hasta nos cantaron a nuestra llegada. Las construcciones las imaginaba peores a la vista externa.

A los días siguientes ya no era tan bueno: el calor, todo el día mojado, los mosquitos y sus efectos… el no entender ni una palabra a la gente, que la encontré muy cariñosa y acogedora.

Al día siguiente o a los dos días de nuestra llegada, “a la escuela”, con nuestro cuaderno. Comenzamos aprendiendo las palabras de los objetos de la clase, así que fíjate… Yo tiraba de grabador y con uno de los monaguillos –me acuerdo de su nombre: Benilton–, a intentar repetir las palabras que me iban enseñando. Esto duró poco tiempo, pues antes de un mes ya estaba hecha la distribución de los frailes: tres a Canutama, José Luis Villanueva, Gotxon Aulestiay Jesús Fernández; y a TapauáFrancisco Piérola, Jesús Morazay un servidor; y el superior y monseñor Florentino Zabalza, quedarían en la ciudad de Lábrea. A mi querido Pauiníno mandaron a nadie y se atendía desde Lábrea para la fiesta de Navidad y la de san Agustín.

Jesús Fernándezy un servidor fuimos pronto de desobrigao correría por el río, acompañando a fray Casiano. En las orillas del Purús, ya era otra cosa muy diferente: se mascaba la pobreza de la gente, la falta de cultura, el servilismo y el miedo a manifestar los propios pensamientos a los demás.

¿Qué proyectos importantes o qué cambios viste en aquellos años en la evangelización o en la promoción humana?

Cuando llegamos había una serrería muy rudimentaria en Lábrea, pero hacía para aquel entonces un buen trabajo. De ella se encargaba João Constantino Junqueira, agustino recoleto. De los hermanos Maristas, el hermano Simónse dedicaba un poco a la mecánica, arreglo de piezas de motores… Tenía un pequeño torno.

En la educación las misioneras agustinas recoletasllevaban el centro educativo Santa Rita, con tres turnos de alumnos. El de la tarde-noche eran personas adultas; algunas hasta abuelas. Hacían lo equivalente a educación primaria.

Los hermanos Maristasllevaban lo equivalente a educación secundaria. También había alguna escuela municipal. Todo esto en Lábrea.

En los demás pueblos, pequeñas escuelas municipales donde aprendían los rudimentos del saber y a las que muchos no asistían.

La población que vivía a lo largo del Purús y sus afluentes no tenía nada de nada.

En cuanto a la salud, no había ni un médico ni enfermero en toda la prelatura de Lábrea, que tiene una extensión de unos de 220.000 kilómetros cuadrados.

El padre Saturnino Fernándezera muy solicitado para “recetarse”, que decían los labreenses. Acudían a nosotros a por medicinas, pues solíamos tener las más comunes o usadas entre la gente: para fiebre, para lombrices, para deshidratación de los niños y hasta para lepra. Es curioso que había leprosos que sólo nosotros, los frailes misioneros, lo sabíamos, y acudían todos los meses a por la medicina que se les daba (sulfamidas) para tomar todos los días. Con este medicamento la enfermedad quedaba controlada y no llegaba a tener los efectos externos tan conocidos y tan terribles.

Como ejemplo –para mí fue uno de los impactos más fuertes–, a los pocos días de llegar apareció un señor pidiendo al padre Saturninoun litro de alcohol. Cuando Saturnino subió adonde estábamos los demás comentó: “¿Sabéis para qué quería el alcohol? Para desinfectar el machete y cortarse unos dedos del pie que los tiene ya muertos y desinfectarlos.” Fue un verdadero shock.

¿Cómo era vuestra acción misionera? ¿Cómo actuabais? ¿Establecisteis algún plan?

En la misión, en las poblaciones se tenía la catequesis, se preparaba a las catequistas. La liturgia de los domingos y fiestas. Si eran del pueblo, se preparaba a los matrimonios prácticamente como aquí en la mayoría de las parroquias. Sin embargo, en el interior, a lo largo de los ríos, era otra cosa [la desobriga (el mismo nombre portugués nos lo dice) des-obliga]: se tenía una catequesis la noche anterior a base de parábolas evangélicas. Solíamos llevar un pequeño generador con el que teníamos un poquito de luz y se les proyectaban unas filminas y ensayábamos algún canto; “bendito” los llamaban ellos.

A la mañana siguiente, bien de madrugada, se preparaba todo el papeleo de bautizos, confirmaciones y matrimonios; celebrábamos la eucaristía y a continuación se hacían los bautizos, confirmaciones y matrimonios y dentro de cada celebración se les iba explicando los ritos, símbolos, etc., de cada uno de los sacramentos. Al terminar, se comía y rumbo al siguiente lugar. Así todos los días que duraba la “desobriga” y, como mínimo, hasta el año siguiente.

Como puedes imaginar esto no dejaba satisfecho a nadie.

A los dos años comenzó a insinuárseles, en los lugares de varias casas, a juntarse los domingos a rezar. El o la que sabía algún “bendito” lo enseñaba a los otros. Si alguien sabía rezar el rosario, que lo dirigiera y después que hablaran de sus cosas.

Más tarde, en lugares donde se reunían, se les hacía llegar a alguien que supiera leer una cuartilla impresa a multicopista de alcohol (no había otra cosa) con un texto del evangelio y tres preguntas lo más sencillas posible para que les sirviera para comentar el evangelio.

Al tiempo, el obispo prelado de Lábrea, Florentino Zabalza, liberó a Jesús Moraza, actual obispo de la prelatura labreense, para que con más tranquilidad fuera formando pequeñas comunidades a lo largo del río. Así fueron surgiendo en diversos lugares comunidades que se reunían los domingos, se celebraba la palabra de Dios, se alababa a Dios cantando y además se juntaban con más frecuencia para hablar de sus cosas y relacionarse más entre ellos. Unas comunidades funcionaban bien, otras no tanto y cada una tenía un dirigente al frente.

En la promoción humana, muy poca cosa. La situación económica era precaria, tanto que teníamos que mirar mucho, demasiado, por nuestra alimentación y vestido. Hay que tener en cuenta que nosotros fuimos a la misión para ayudar a la provincia hermana de Santa Rita, a la que pertenecía la misión de Lábrea.

Después de unos años de misionero vuelves a España; ¿qué valoración puedes hacer de aquella experiencia misionera?

Mi experiencia personal fue extraordinaria: me cambió la idea de pastoral, mi concepción de Iglesia como “pueblo de Dios”, en el que todos tenemos nuestra parte en la construcción del reino de Dios; la participación de los seglares en los ministerios laicales. Me hizo ver que lo que pueden hacer los seglares hay que dejárselo hacer, teniendo siempre cuidado de su formación, aunque no sea muy profunda. Me creó una conciencia de que en muchas ocasiones son los seglares los que nos dan ‘empujoncitos’ en nuestra labor pastoral.

Han pasado unos cuantos años y has vuelto al Brasil ¿cómo ha sido tu ilusión ahora ya con más años, por segunda vez…? ¿Qué te ha llamado la atención en esta segunda vez?

Me ha corroborado, con creces, aquella experiencia personal primera. De Guaraciaba do Norte(Ceará) me haría lenguas y no acabaría. Después de treinta y un años realmente me sentí admirado y a la vez me sentí útil. ¡Qué parroquia! ¡Qué laicado comprometido! ¡Qué buen trabajo el de nuestros frailes! Todos los días me acuerdo en mis oraciones para que el Señor les ayude a seguir adelante en el establecimiento del reino de Dios en aquella sierra de Ibiapaba. Si lo desean, volvería encantado.

La programación de la formación de los laicos, la asistencia de estos a todas las actividades de formación; la liturgia globalizada (lectores, música, ministros de le eucaristía, monaguillos, monitores, solistas…). La asistencia social –Cáritas– con los más necesitados; lar digno (hogar digno), alimentos, construcción de capillas y centros comunitarios. En fin, el trabajo de nuestros frailes es extraordinario.

Con frecuencia habrás querido transmitir tu interés por las misiones, por la necesidad de evangelizar y promover humanamente en otros lugares; ¿ves un eco de tus inquietudes entre los jóvenes, en los religiosos?

Como en la viña del Señor hay de todo. Entre los religiosos formandos me da la impresión de que hay buena disposición. A los jóvenes seglares les anima o se mueven más a través del voluntariado, pero los hay que pasan… o ni lo perciben. Las personas mayores responden con sus sacrificios y ayuda económica sobre todo, cuando se les pide. Entre los religiosos en cuanto a la evangelización en tierras de misión da el tufillo de que hay un poco de miedo. La causa sólo Dios sabe.

En cuanto a la promoción humana y respeto de los derechos del ser humano creo que ha ido mejorando desde hace bastantes años poco a poco, pero con pasos firmes, gracias a Dios.

Gracias, Miguel Ángel; que no te falte nunca el entusiasmo que es don de algún dios; para los creyentes en Cristo, un don de su Espíritu.

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