Juan Jesús: “Siempre seré un mendigo, pero amado por Dios que supo descubrirlo”

Juan Jesús Olvera Martínez, joven mexicano del pueblo de Baxtla, Teocelo en el estado de Veracruz, es un agustino recoleto que se ordenó de sacerdote el 18 de setiembre de 2010 a los 29 años. Actualmente se encuentra en Londres aprendiendo a manejarse en inglés para ir posteriormente a la misión de Kamabai, en Sierra Leona. Juan Jesús relata a continuación la historia de su vocación.
testimonios | 16 feb 2005

Entre los 6 y 10 años.

Era un chiquillo de apenas seis años, pobre e insignificante, puesto que no destacaba por alguna cualidad extraordinaria. Quizá lo más llamativo de mí era mi flacura y mis cabellos rebeldes. Feliz vivía en medio del campo, jugueteando entre los cafetales, trepando en los naranjos y pescando diminutos pececillos en el riachuelo. La alegría de mi vida era el sol porque los días soleados eran el escenario adecuado para jugar y saltar por el campo.

Mi vida era simple pero llena de ilusiones. Si algo tenía claro era mi futuro, pues a la típica pregunta ¿qué quieres ser de grande? Respondía precipitadamente: Yo quiero ser maestro o padre. Desde entonces en mis juegos infantiles predominaba el jugar a la escuelita en donde yo era el profesor. También había juegos de talante religioso como imitar las escenas de la misa, del rosario o del vía crucis. Pero lo más atractivo de estos juegos era cantar, aunque se trataba más bien de gritos desentonados.

Pronto despertó mi interés por aprender a leer porque me encantaba escuchar la Biblia. A los siete años aprendí a rezar el rosario. Mis ilusiones se centraron en querer ser maestro o sacerdote aunque siempre prevaleció más la primera. No sé por qué quería ser sacerdote puesto que nadie en la familia había sido. Sutilmente fui aquietando esa idea porque cuando hablaba de ella solían reírse de mí o darme el avión.

Entre los 12 y14 años (secundaria)

Algunas veces retornaba la idea a mi mente pero con facilidad lograba olvidarla. Al inicio de mi adolescencia surgió con fuerza, pero acudí al vicario parroquial y me dijo que no era posible que así de fácil surgiera una vocación. Me dijo que una vocación se cultivaba. Me dijo que las personas deben ser realistas y sinceras consigo mismas porque Dios llama donde existe un medio propicio. No obstante me animó a seguir estudiando y me dijo que si volvía a sentir inquietud lo volviera a visitar. Fue entonces cuando me olvidé casi por completo de la idea del sacerdocio.

En plena adolescencia e inmadurez (17 años)

Cuando terminaba el bachillerato anhelaba y quería estudiar para profesor. Pero estaba desorientado y con temor ante el mundo. Contaba con diecisiete años y era un adolescente tímido y callado. Era reservado porque dentro llevaba un enjambre de inquietudes. Recuerdo que en cierta ocasión un profesor de matemáticas me dijo: Creo que tú para una carrera civil no sirves. Tu vida está en el seminario; ¿por qué no entras y te haces padrecito?Y aunque mi afán eran las humanidades, nunca me sentí tan indeciso que estuve vacilando cuatro años sin ingresar a la universidad.

Discernimiento vocacional diocesano (19 años)

En esos años, mientras servía de acólito en la capilla de mi pueblo, el vicario parroquial y yo empezamos a tratarnos y formamos un grupo de acólitos. Y en ese ambiente volvió a surgir la idea del sacerdocio. Se lo comenté y me invitó a participar en los pre-seminarios. Fueron unos encuentros propicios para cultivar la amistad pero no puedo decir lo mismo en lo referente al tema vocacional. Ahí tuve mi primer choque con la superficialidad humana que los seres humanos llevamos a flor de piel. Conocí a muchos jóvenes de distintos lugares de nuestra diócesis y el escenario del mundo empezó a ser menos hostil para mí. Mi horizonte se fue extendiendo y las ilusiones afloraban continuamente.

Pero Dios me volvió a hablar por boca de hombre y me dijo que ese no era mi camino. La vida diocesana era para otros, pero para mí había reservado algo distinto. No sabía qué, sólo que era algo diferente. Nunca he olvidado las palabras del promotor vocacional. Me dijo: Juan Jesús, tú vales mucho, pero este no es tu camino. Tu vocación es otra distinta a la vida sacerdotal diocesana. Fue entonces cuando descarté por completo mi idea sobre el sacerdocio puesto que ignoraba la existencia de la vida religiosa sacerdotal.

Una excelente experiencia como voluntario (19-20 años)

Mi corazón estaba inquieto, pero tenía miedo de echarme a volar y en medio de los titubeos propios de la edad, decidí colaborar como voluntario en la sierra de Veracruz. Durante un año presté el servicio de instructor comunitario, que es una especie de profesor rural pero sin título. En México el sistema educativo del Estado no llega a los pueblos alejados y los jóvenes con estudios de bachillerato concluidos pueden colaborar en ese trabajo. Me animé a entrar porque ya era tiempo de empezar a salir de mi burbuja pueblerina. Fue una experiencia inolvidable porque experimenté lo que es la soledad y la incomprensión de los demás. Con el paso del tiempo me gané a la gente del pueblo y al final del ciclo escolar me pedían que permaneciera otro año. Sin embargo, a pesar de todo me sentía insatisfecho y no quise repetir experiencia. Volví a mi pueblo, seguí sin estudiar mientras trabajaba en las labores propias del campo: recolectar café, sembrar maíz, podar árboles, entre otras.

Nuevo discernimiento vocacional (agustinos recoletos)

Hacia el año 2001 había decidido quedarme en la vida campirana pues ya me había acostumbrado a ella. Cuando mi vida parecía tener una perspectiva cierta, fui invitado a un retiro vocacional donde conocí a fray Álvaro Masís. En ese entonces él era promotor vocacional de los agustinos recoletos en el DF y Veracruz. En ese encuentro me invitó a conocer la casa de formación de Calzada del Hueso pero descortésmente le dije que no tenía interés. Fray Álvaro insistió en que debía conocerla y le dije que iría solo para que me dejara en paz. El 30 de noviembre de ese año llegué al DF para conocer el postulantado San Agustín. En la capilla había una frase: Hemos encontrado al Mesías. Me impresionaron dos cosas: la oración que hacían los postulantes con tanta seriedad y el silencio y el frío de la casa que me invitaban entrar al propio interior.

Postulantado 2002-2005

Me sedujiste Señor y me dejé seducirpues desde ese día ya nada fue igual. Tenía miedo ilusionarme de nuevo y descubrir que ésta tampoco era mi vocación. Así se lo expresé al padre Álvaro. Él solamente sonrió y me escuchó atentamente. De repente ya estaba iniciando el proceso de discernimiento vocacional. Este proceso fue breve, apenas siete meses porque el 4 de agosto de 2002 ingresé al postulantado.

La frase que resume esta etapa es de san Anselmo en su Proslogion: Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca,eso era lo que le pedía constantemente a Dios cuando intentaba comprenderlo con la razón. Me fasciné con el mundo filosófico y me convencí de la existencia de Dios. Sin embargo, una cosa me faltaba: amar a Dios, porque él me amó primero y dejar de lado las abstracciones cuando se convierten en espejismos del auténtico amor divino.

Noviciado 2005-2006

Y me llevaste al desierto para hablarme al corazón (Cf. Os 2,16). Mi noviciado ha sido la etapa más hermosa de mi vida. Lo más duro fue el cambio de país y el descubrir el valor de la diversidad cultural porque todos los novicios estábamos en tierra extranjera. Estuve privado de experiencias místicas para hablar de un auténtico cielo, pero en Monteagudo está el nido que me arrulló durante un año hasta convertirme en fraile.

Teologado 2006-2010

En 2006 fui a Madrid para empezar los estudios de teología. Vanidad de vanidades, todo es vanidad (Qoh1,2). Innegable valor tienen los estudios pues nadie da aquello de que carece. El amor de Dios trasciende las reflexiones teológicas. La teología es más que estanterías de libros y su actualización está en el mundo. Eso fui descubriendo con el paso de los años cuando ante situaciones de dolor y sufrimiento fui incapaz de responder desde los libros. Sólo la fe puede nadar donde la lógica ni siquiera puede flotar. Me convencí de que estudiar es laudable siempre que se mantenga vivo el fuego del corazón capaz de enternecerse ante la mirada del pobre y necesitado. La fe sin la razón es ciega, pero la razón sin la fe es pura vanidad. Amar a Dios en los libros es un ejercicio mental saludable para sí mismo. Pero el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. El apóstol Pablo dice: La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.(1 Cor 13,8-9). Ha llegado el tiempo de aterrizar aquello que durante cuatro años fueron esquemas mentales.

Preparativos para la ordenación sacerdotal

Después de los ejercicios espirituales, el 14 julio de este año regresé a México para ser ordenado sacerdote en el templo de Santa Rita, Veracruz, Ver. Un ambiente de ilusiones me resguardaron los meses previos a mi ordenación. Frailes, monjas, familiares y amigos me felicitaban constantemente: la alegría era incontenible.

Detrás de mi sonrisa sincera como suele ser, se escondía el silencio y la soledad. Mi corazón estaba como adormecido mientras en mi interior luchaban la fe y el temor. El amor de Dios permanecía oculto en mi corazón, quizá como la levadura que silenciosamente fermenta la masa. Había en mí una tormenta interior más fuerte que el huracán Karl. Sólo vivía de las palabras del Maestro: En el mundo tendrán luchas. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. (Jn 16,33). Siempre supe que mi vida estaba en las manos de Dios, pero sólo en estos momentos experimenté con la razón y el corazón lo que significa estar arropado por el amor de Dios. Y aprendí a confiar en Dios cuando Él confió en mí. ¿Qué decir?, ¿qué pensar? NADA.

Sentir el vacío cuando todo parece tan pleno es una buena oportunidad para nosotros los orgullosos para que aprendamos lo que significa ser humildes. Sólo así seremos capaces de saborear la delicada misericordia divina. Esa fue la experiencia personal que precedió a mi ordenación sacerdotal: sentirme abandonado para dejarme encontrar por Aquél que todo lo puede.

Hubiera escrito experiencias místicas previas a mi ordenación, quizá hablarles de la paz interior, de la alegría, del destierro de los sufrimientos, etc. Pero la vida cristiana es una agonía. El cristiano que no lucha difícilmente puede gloriarse de ser cristiano. La batalla es el condimento de la vida. Y no hace falta que sea una batalla aguerrida, basta tener coraje para enfrentarse a sí mismo y aceptar que Dios nos ama y, aunque lo puede todo, prefiere contar con nuestras manos.

A lo largo de mi proceso formativo inicial siempre pensé en lo que podía ofrecerle a Dios. Y pronto supe que nada, pero no lo acepté. Me ilusionaron las misiones y el estar con la gente pobre. Quería dar algo que yo no había conocido: el amor de Dios. Sin embargo, raras veces le pregunté lo que Él me ofrecía. Con facilidad olvidé que Jesús me amó hasta entregarse por mí.

Ochos años de búsqueda me ayudaron a descubrir algo que era más que evidente. Ante Dios siempre me presenté con las manos vacías. Él me ha colmado de sus dones y con la gratuidad de su amor. La convicción que me condujo al sacerdocio siempre ha sido mi propia fragilidad. No hay más razón que esa: Dios nunca se ha arrepentido de haberme llamado. Siempre seré un mendigo, pero un mendigo amado por Dios que supo descubrirlo.

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