Celia Francos Recio, la discreción en la entrega

Celia, madre de dos hijos mayorcitos, es enfermera entregada por completo y discretamente a su trabajo. Colaboradora en el silencio y tras bambalinas. No es lo suyo los primeros planos, sino el desvelo y la cercanía, sin que se note. Voluntaria, de trabajo callado. Pero la fuerte experiencia de Sierra Leona, le ha hecho hablar. He aquí su experiencia.
testimonios | 13 feb 2005

Viaje a Kamabai y primeras emociones

Mi viaje a Kamabai empezó a rondarme la cabeza tras leer las cartas que el padre Juan Luis escribió relatando sus experiencias “En el país de los sueños”, como él denominó su estancia en Sierra Leona. Para Juan Luis era importante hacer camino y, sin duda, lo ha conseguido, ya que, gracias a sus vivencias y a cómo nos las ha trasmitido, nosotros decidimos seguir sus pasos hasta ese país de ensoñación que relataba en sus cartas y que, como en todos los sueños, las experiencias han sido unas veces muy dulces y otras muy amargas.

Hemos vivido un mes lleno de emociones y sentimientos encontrados. No ha pasado un día sin que experimentásemos algo que no nos encogiera el estómago o el corazón. Nunca olvidaré los paisajes de Sierra Leona, sobre todo los de Kamabai y sus alrededores. Los preciosos amaneceres, reflejo del contraste y de la belleza que no esconde la miseria, de la luz que se abre paso entre la oscuridad; las sonrisas, acompañadas de unos grandes y hermosos ojos, que en ocasiones parecen querer transmitir la misma luz a los mortecinos ojos occidentales que miran, pero no ven…

 

Los pikines sierraleoneses

Me emociono recordando nuestra llegada a las aldeas, donde salían Pikines (niños pequeños) de todas partes riendo, saltando, tocándote. En segundos nos rodeaba un grandioso tumulto de suaves voces y gritos desbordantes. Eran tan entrañables que no podía evitar achucharlos y besarlos. Quizá haya sido una de las experiencias con las que más he disfrutado y que más me ha sorprendido, porque ellos no están acostumbrados a demostrar el afecto de esta manera y, cuando les daba un beso, se extrañaban y se tapaban la cara. Soy consciente que es una muestra de su cultura y que esa convivencia cultural me ha enriquecido y me ha hecho crecer como persona. Me resultó paradójico que, pese a su extrema pobreza, algo que pueden disfrutar “gratis” fuera para ellos tan extraño.

Ha sido muy duro ver a los niños con sus barriguitas hinchadas por la falta de alimento, con los pies descalzos y la ropa rota; con sus gritos alegres y sus radiantes caras: ¡Nunca los olvidaré! Como “Bangué”, un niño de cuatro años que se nos unió en la visita a Kathanta, una aldea bastante alejada adonde nunca antes habían ido voluntarios y que hizo del anodino día una jornada inolvidable. Compartimos misa y comida en un baffa, admirándonos de la ilusión y alegría con que preparaban todo para ofrecérnoslo a nosotros. Me sentí muy afortunada por vivir esos momentos y compartir la pobreza común que enriquece y humaniza.

Hacia esos niños van dirigida las esperanzas del futuro, las escuelas que con tanto esfuerzo el padre José Luis Garayoa está proyectando para su gente con la impecable ayuda de muchas personas, entre ellos la Asociación Kamabai de Valladolid, “las alegres viejitas de Parquesol” que tal vez no conocen el inmenso bien que están llevando a cabo en su aparente “pequeña” e insignificante obra.

 

El baúl de los sueños

En mi corta estancia de un mes tuve la suerte de estar presente cuando llegó el contenedor, “El baúl de los sueños”, que con tanto esfuerzo el padre Juan Luis y su tropel de voluntarios vallisoletanos preparan y envían a Kamabai. Pude ver la impaciencia que genera su llegada entre los que lo esperan y percibí el gran bien que reportan sus múltiples objetos, porque en él va de casi todo, desde las máquinas de carpintería, hasta las toneladas de comida, sobre todo las indispensables papillas, pasando por los superfluos “pantys” que seguramente lucirán de maravilla en las piernas de algunas jóvenes muchachas. Creo que es de gran ayuda a la misión para cubrir necesidades básicas, especialmente la de esos niños desnutridos y mal alimentados. ¡En nombre de quienes las reciben y disfrutan, muchas gracias a todos los que lo hacéis posible!

Repartir esos sueños fue parte de mi experiencia y eco de una gozosa alegría al comprobar en directo el bien soñado y la realidad cumplida. Fuimos a un colegio a dar juguetes: ¡Qué caritas! Ninguno hablaba, lo decían todo con sus ojos, que eran la antesala del cielo y la penumbra de Dios. El corazón se te oprime de alegría al ver que repartes esperanza con un efímero kilo de arroz, un peluche de trapo o un viejo vestido desechado. ¡Qué pena que la conciencia atenaza un grito silencioso que irrumpe del interior! ¿Es justo, Señor? Sólo la confianza en su misericordia y la generosidad de la ayuda mitiga nuestro dolor.

 

Semana Santa diferente

Tuvimos suerte de vivir con ellos la Semana Santa, días muy especiales que celebran de forma diferente a nosotros: cantan, bailan y dan palmas al son de tambores… Pensaba en nuestras frías, envejecidas y rutinarias celebraciones: ¡Qué poco se parecen entre sí! Si no fuera porque creemos en el mismo Dios y adoramos a su Hijo Jesús diría que, además de estar en otro país, me encontraba practicando otra religión.

 

Miriam se despide de esta vida

Durante esos días viví la experiencia más cruda de todo el viaje. Conocimos a Miriam, una niña de quince años enferma de SIDA y tuberculosis que había sido abandonada por todos. Cuando llegó a la misión el padre Garayoa nos preguntó si la podíamos cuidar. Aceptamos sin dudarlo. Mi trabajo es cuidar enfermos y estoy acostumbrada a ver mucha miseria y dolor, pero esa niña era especial. En ella veía enfermedad, pobreza, sufrimiento y, lo más duro, abandono y soledad. Me resulta imposible describir su mirada y me siento impotente para expresar la mezcla de sentimientos que esa muchacha me inspiraba. Sé que ayudé a Miriam, noté su agradecimiento en la débil mirada y en sus enormes ojos que se iban apagando pidiendo clemencia y clamando bondad. Tras su muerte, con los ojos inundados de lágrimas, el corazón roto y la garganta muda, sólo pude esbozar una incipiente oración a Aquel que murió en una cruz por salvar a la humanidad. En la injusticia de una muerte inútil y en la soledad de la amargura pude comprobar que aquella muchacha me estaba ayudando a mí para ser fuerte y seguir luchando por la vida.

Tal vez debería terminar con un relato optimista o una vivencia alegre y esperanzada. Sin embargo, quiero despedirme con el testimonio de Miriam, con su vida marchita cuando apenas estaba a punto de florecer, intentando trasmitiros que no todo es de color de rosa, que no siempre la bondad triunfa sobre el mal ni el bien se impone a la maldad.

 

Un rayo de esperanza

Quisiera deciros muchas cosas más de este bendito país que me ha seducido y cautivado, pero también creo que faltaría a la verdad si no os digo que todavía queda mucho por hacer, que hacen faltan muchos contenedores para amortiguar el hambre de todo un país que vive en la indigencia y sueña no con mejorar sino con poder comer. El testimonio del padre Manuel Lipardo, del padre José Luis Garayoa, de Fr. Jamer, de Coco y de todos los voluntarios que como nosotros ponemos nuestro granito de arena, será el inicio de un precioso despertar. ¡Dios nos oiga y nos bendiga!

Celia Francos Recio
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