Hermana Hermosilla Torreón: “La vida religiosa es estar siempre disponible con alegría”

¿Quién soy? Mi nombre, Hermosilla Torreón Buno. Nací el 10 de noviembre de 1960 en el barrio de San Agustín, Talibon, Bohol, Filipinas, Asia, de una familia católica y sencilla. Soy la cuarta de los nueve hijos, cuatro chicos y cinco chicas.
testimonios | 11 feb 2005

Mi infancia
Desde la edad temprana de cinco años, empecé a asistir a las catequesis con mis hermanos durante las vacaciones de verano en mi país, especialmente en mayo. Esta catequesis se realizaba dentro de la actividad llamada Flores de Mayo, que aún existe hoy. Lo que más me gustaba era coger flores en el campo: me encantaban los colores, la belleza y la fragancia, sin saber que ya era una manera de contemplar la bondad de Dios. Lo que hacíamos después de las catequesis era rezar el santo rosario y ofrecer las flores a la Santísima Virgen con cantos marianos en español y bisaya, mi dialecto. El último día del mes recibíamos un rosario del cura párroco como premio.

En la escuela de primaria de San Agustín nos daban las clases de buena conducta y normas morales integradas con la religión durante la primera hora de las mañanas. A esa edad me llenaba de alegría entrar en la iglesia y oír por la radio Veritas los programas religiosos. Hubo momentos en que pensé ser monja, pero no hacía caso porque, a mi parecer, era algo imposible para mí; me sentía muy poca cosa: “¿Quién soy yo?” La vocación a la vida religiosa tal vez estaba ya metida en el fondo de mi corazón.

Mi adolescencia o las ansias de libertad

A los trece-catorce años estaba rodeada tanto por la actividad religiosa como la diversión juvenil.  Fue muy curioso, no me comprendía a mí misma, porque cuando tuve que estudiar en la educación segundaria no quise irme al colegio de mis hermanos, dirigido por las hermanas Agustinas Recoletas, sabiendo que ellas eran muy estrictas y me daba miedo. Con permiso de mis padres, me fui a un colegio de agricultura en Bilar, lejos de mi pueblo. Sólo me iba a visitar a mi familia cada tres meses. Después de un año me cansé y volví a mi pueblo. Continué y terminé mi educación segundaria en el colegio público de Talibon.
Luego tuve la idea de no molestar a mis padres para educarme, que no se preocuparan de mí. Para continuar mis estudios me marché de mi casa y me fui a la buena ventura a Tagbilaran City, la ciudad capital de Bohol, isla filipina. Allí trabajé como una niñera por las mañanas y estudiaba por las tardes.

La llamada de Jesús: “¡Ven y verás!”

Me matriculé en el colegio de los padres del Verbo Divino para estudiar el Bachelor of Science in Elementary Education. Después de tres años volví a mi pueblo y conocí a una profesora del colegio Santísima Trinidad y ella me contó que la nueva priora de la comunidad de las hermanas era muy buena y amable; me dijo que, si quería conocerla, me la presentaba. Entonces conocí a la madre priora a través de ella. Ella fue mi ángel Gabriel. En ese momento llegó la invitación del Señor: ¡Sígueme!  ¡Ven y verás! gritó a mi corazón; y la semilla escondida brotó.

Entré en el colegio como colaboradora de las hermanas en sus tareas de la comunidad; en secreto, una aspiranta. Pasé unos meses y tomé la decisión de entrar al convento. Aunque no tenía permiso de mis padres, hice el examen para entrar a ser monja, preparé los papeles y, cuando estaban preparados todos los requisitos, me fui a mi casa para pedir permiso. Mi familia estaba sorprendida. "Mi madre me dijo: ¡No seas loca!” No fue fácil para mi madre especialmente. Al final me marché con el corazón apasionado por el amor de Dios; me sentía muy valiente. Abandoné a mi familia y me embarqué rumbo a Manila donde está la casa madre de las hermanas Agustinas Recoletas.

Como a pesar de todos los tumbos, he vivido la fe, la esperanza y el amor en todo momento de mi vida; todos los pasos que he ido dando estuvieron acompañados por mi pobre oración: “¡Señor, ayúdame! ¡Gracias, Señor! ¿No estás dormido, Señor, a veces?” “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Hermosilla, “¡sal de tu tierra!”, o la misión
Llegó el momento de mi primera profesión religiosa. La celebración estuvo presidida por el P. Blas Montenegro, agustino recoleto, un misionero español en Filipinas. Yo estaba muy contenta. Después de la función derramé lágrimas de alegría cuando me felicitaron. Pasaron nueve años de formación recoleta. Después de mi profesión perpetua llegó el envío: "Sal de tu tierra" (Gn. 12,1). Recibí mi destino para venir a España.
Comprendo que cada ser humano está en este mundo para algo. Tenemos una misión que realizar en la tierra. Aquí, en España, me dedico a la tarea de lavandería-costura de la comunidad y echar una mano en otros servicios de la casa, por ejemplo, atención a enfermos y ancianos cuando hay necesidad, porque, en definitiva, la vida religiosa es estar siempre disponible con alegría, independientemente de lo que se haga. Y es que para seguir a Cristo necesitamos tener el alma muy libre y abierta a las divinas llamadas.

Un sacrificio gozoso
La consagración religiosa es un verdadero sacrificio, aunque puede vivirse gozosamente, pues la cruz no falta en ningún camino de la vida. Y es que una consagrada no goza de inmunidad afectiva, por lo que pasa como todos los demás por momentos tristes y dichosos. En mi caminar, un momento triste fue cuando murió un miembro querido de mi familia, aunque, desde la óptica de la fe, pueda vivirse con sentido y sentirse una compañera de Cristo en el dolor.

La vida religiosa, ¿vida rara o signo profético?
En el momento presente y en los países occidentales la vida religiosa pasa por especiales dificultades que afectan de lleno a los mismos religiosos: la falta de comprensión (a veces, rechazo) por parte de la sociedad, de modo que puede una sentirse un bicho raro. Pero esto mismo puede convertirse en un signo profético para la misma gente, si los consagrados saben “estar” y relacionarse con la gente.
La vida religiosa, fielmente vivida y testimoniada, puede ser una ayuda para mucha gente que desconfía de la Iglesia institucional, pues los religiosos, por vocación, lo que buscan es presentar el rostro de Jesús orante, que cura, que acompaña, que predica, que se entrega. Y esto habla al corazón humano. Por esto es por lo que va mi invitación: “¡Ven y verás!”

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