Domingo VIII del tiempo ordinario: Apliquémonos el cuento

«El evangelista ha recopilado hoy una serie de sentencias de la sabiduría popular y las ha colocado como final del discurso de la llanura. El seguimiento de Jesús no consiste solamente en imitarle o en aceptar con los ojos cerrados todo lo que nos pide, sino en dar un paso más y acercarnos a Dios de manera que nos inunde. Prendidos del fuego de Dios somos capaces de iluminar el mundo tal y como hizo Jesús».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 03 mar 2019

Una canción popular nos advierte: Por el filo de una espada, se pasea una culebra por mucho que corte el filo, más corta una mala lengua. Nuestras palabras son el vehículo con el que nos relacionamos con los demás pero son un arma de doble filo: pueden causar el mayor de los bienes, cargadas de cariño o consuelo; o el mayor de los males cuando van cargadas de odio o envidia. Sinceras o falsas, pensadas o espontáneas… son uno de nuestros mayores tesoros. Las decimos, las escribimos, las leemos y compartimos. Jesús es Palabra de Dios. Palabra de verdad, de amor sin medias tintas hacia nosotros. Y yo ¿qué palabra soy? Podemos preguntarnos en este domingo.

El evangelista ha recopilado hoy una serie de sentencias de la sabiduría popular y las ha colocado como final del discurso de la llanura. El seguimiento de Jesús no consiste solamente en imitarle o en aceptar con los ojos cerrados todo lo que nos pide, sino en dar un paso más y acercarnos a Dios de manera que nos inunde. Prendidos del fuego de Dios somos capaces de iluminar el mundo tal y como hizo Jesús. El evangelio de hoy nos pone sobre aviso para que no caigamos en el camino más fácil: el fariseísmo, donde el cumplimiento hueco de lo que está mandado tiene mucho más valor que la búsqueda de lo que se nos pide.

Pensemos honestamente sobre dos actitudes demasiado comunes: juzgar a los demás y creernos en posesión de la verdad. Si te consideras con buena vista para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. Estás ciego. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo. Si te consideras muy listo y bien preparado para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. No eres un erudito ni un investigador de altos vuelos, sino un alumno de educación infantil. A lo más que puedes aspirar, después de mucho esfuerzo, a parecer un erudito. Según el evangelio, debemos estar siempre con los oídos muy abiertos para escuchar lo que nos pueden decir los demás y con la boca bien cerrada para no engañar a los demás intentando llevar el agua a nuestro molino. Todos, creo, tenemos experiencia de lo desagradable que resulta convivir o relacionarse con un sabelotodo, que te ametralla a palabras y corrige cuanto dices, queriendo decir la última palabra sobre lo que hay que hacer o evitar. Pero el mundo no necesita maestros sino discípulos hambrientos de descubrir, aprender y poner por obra.

Si te consideras digno de juzgar y condenar a los demás, te equivocas y eres un hipócrita, más falso que un billete del Monopoly. Tus errores, tus limitaciones son mucho mayores. La viga de tu ojo es mucho más grande que la mota en el ojo de tu hermano y te impide ver bien. Si solo ves el mal, las cataratas te impiden disfrutar de todo lo bueno y bello que puedes disfrutar gracias a lo que hacen los demás..

La sentencia final no deja espacio a muchas interpretaciones: De lo que rebosa el corazón habla la boca. Hay palabras que es mejor no decir, porque no van a añadir nada nuevo o están llenas de odio o envidia o juzgan sin intentar comprender o son falsas o son chismes o contienen una crítica hiriente; o de burla que ignoran el sufrimiento del débil; o que apuñalan por la espalda esbozando una sonrisa. Desde luego que sabemos que es mejor callar aquello que no diríamos en persona, lo que genera desconfianzas y envenena a quien lo escucha.

A las puertas de la Cuaresma poner por obra este evangelio supone un excelente ejercicio de conversión, que haría sin duda de nuestro mundo un lugar más habitable y parecido al que Dios preparó para nosotros.

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