Domingo IV del tiempo ordinario: Profetas

«En este domingo no se nos tiene que ocurrir mirar para otro lado. Quizá el relato del evangelio nos resulta un tanto oscuro pero se nos vuelve a marcar cual ha de ser nuestra actitud. Hoy más que nunca, los cristianos estamos llamados a ser profetas»
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 03 feb 2019

¿Para qué sirve un profeta sin denuncia? ¿Para qué sirve un cristiano sin ser profeta? Parece que en algunas latitudes, como en la que me encuentro, aparecen muchos aficionados a profetas más cerca de charlatanes de feria o de visionarios predice-calamidades que de quienes denuncian, libres de toda atadura y dependencia, sin intereses económicos o partidistas, solamente guiados por el amor verdadero y la libertad.

El domingo pasado Jesús se presentaba ante sus paisanos como el Mesías, el enviado, el liberador que cumplía por fin la profecía de Isaías. Todos en la sinagoga estaba admirados y exultantes por tan buena noticia, pero la alegría no iba a durar mucho. Hoy continuamos en la misma escena. Jesús sigue hablando y anunciando su mensaje profético, pero sus oyentes se encolerizan cada vez más. Jesús presenta un mensaje universal, por ello pone los ejemplos de Elías y Eliseo que fueron enviados a ayudar a personas no judías, a paganos. Para sus paisanos esto es una ofensa, pues no entendían que Jesús no distinguiese entre judíos y paganos.

En ningún momento Jesús se deja enlatar. Hablar de Jesús, es hablar de un profeta, y hablar de un profeta es hablar de libertad, de independencia. Los evangelios nos presentan a Jesús huyendo de la palmada en la espalda. La única vez que aparece aclamado por las gentes es en su entrada en Jerusalén camino de su triunfo definitivo. En el resto de las ocasiones, a pesar del entusiasmo de la gente, Jesús huye, no se recrea en él. Además el factor de confianza, de familiaridad, de ser el hijo del carpintero, causa entre sus paisanos desprecio. O sea que este me va a decir a mí lo que tengo que hacer. Cuantas veces nosotros despreciamos lo que nos puedan decir aquellos que más nos quieren y asentimos a todo lo que nos viene de fuera. En Jesús se conjugan a la perfección: la libertad y el amor o mejor dicho el amor que da lugar a la libertad.

A nosotros en este domingo no se nos tiene que ocurrir mirar para otro lado. Quizá el relato del evangelio nos resulta un tanto oscuro, pero se nos vuelve a marcar cuál ha de ser nuestra actitud. Hoy más que nunca, los cristianos estamos llamados a ser profetas. En nuestra Iglesia están muy altos los niveles del colesterol producido por el cumplimiento, y muy bajos los niveles de profecía. Ser profeta consiste en leer la realidad a la luz del evangelio y eso va a hacer que haya muchas cosas que no concuerden, que deban denunciarse. Un profeta es un portador de Buenas Noticias, capaz de dar voz a los que no la tienen e intentar acabar con su sufrimiento. Estamos llamados a mirar y examinar nuestra realidad con honradez. No debemos conformarnos con una realidad que no se ajusta con el evangelio. Con esto no quiero decir que luchemos por imponer nuestros valores sino que nuestra verdadera lucha ha de ser por vencer las injusticias. Ser cristiano en el siglo XXI trae consigo la responsabilidad y el encargo de ser profeta, de no conformarse con la realidad. Es cierto que en la sociedad, y en bastantes sectores de la Iglesia, se premia al hipócrita y se condena al profeta. Sin embargo, por si sirve de consuelo, hoy en el evangelio cuando querían despeñar a Jesús, Él se abrió paso.

La enseñanza, el mensaje de este domingo es una invitación a no tener miedo a ser profetas, a ser portadores de libertad, a ser solidarios, generosos, a ser fuente de amor y bendición para cuantos conviven con nosotros. Recuerda la pregunta del principio: ¿Para qué sirve un cristiano si no es profeta?

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