“Les pregunto si vale la pena jugarse así la vida y me dicen que sí, pues todo lo del camino y aún más ya lo estaban sufriendo en sus países de origen”

La Parroquia de San Antonio en la localidad de Anthony (Nuevo México, Estados Unidos) continúa su labor con los peticionarios de asilo en Estados Unidos, mediante una casa de acogida, en colaboración con la Diócesis de Las Cruces.
noticias | 01 feb 2019

La Parroquia de San Antonio de la localidad de Anthony (Nuevo México, Estados Unidos) trabaja desde hace meses con los emigrantes mediante un programa de la Diócesis de Las Cruces, que tiene varias casas de acogida (entre ellas, la de Anthony) para las personas que han solicitado asilo o refugio en la cercana frontera entre Ciudad Juárez (Chihuahua, México) y El Paso (Texas, Estados Unidos).

Una vez hechos los primeros trámites, en caso de entrar en el programa de asilo, estas personas pueden entrar en Estados Unidos, aunque con medios electrónicos de localización, y dirigirse hacia algún lugar donde tengan parientes o conocidos en todo el territorio nacional. Desde que pasan la frontera hasta que pueden trasladarse con algunos de sus familiares, la Iglesia Católica les da cobijo.

“Todos hemos oído hablar de las caravanas que salen del triángulo norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala) hacia Estados Unidos. el presidente Trump está empeñado en construir un muro en la frontera, mientras que los migrantes siguen empeñados en pasar la frontera. ¿Quién podrá en esta pugna?”.

Se hace esta pregunta el agustino recoleto Ricardo Hinojal, que lleva años trabajando en las parroquias de los Agustinos Recoletos en los estados de Texas y Nuevo México, y ahora pertenece a la comunidad de Anthony.

De hecho, son muchas las iglesias de distintas denominaciones cristianas que se han unido en la tarea de facilitar la vida y ayudar a los mas débiles, en este caso los migrantes.

La Parroquia de San Antonio acoge todos los lunes a 20 familias peticionarias del estatus de refugiado y de asilo. Por medio de un equipo de voluntarios, se les atiende en todas sus necesidades primarias (alimentación, higiene y aseo, vestido, techo) y se gestiona su viaje con sus familias, que suele darse en un margen máximo de 48 horas desde que llegaron a Anthony.

Hinojal describe cómo son estas primeras 48 horas de los migrantes en Estados Unidos:

“El cambio por el que pasan al llegar a nuestra parroquia es imposible de describir, es de 180 grados respecto a lo que han vivido hasta ahora. Todos los voluntarios se colocan a la entrada del salón, y al bajar las familias del autobús de La Migra (policía de fronteras), les dan un aplauso de bienvenida. Algunos lloran, otros nos se lo creen. Han pasado por tantas dificultades desde que salieron de sus hogares que les parece imposible lo que ven”.

Inmediatamente los voluntarios empiezan a ofrecerles toda clase de servicios y ayuda. El trabajo está muy bien organizado y en un par de horas las familias han comido, se han aseado, empiezan a ver como algo ya real reunirse con sus familiares o conocidos ya presentes en Estados Unidos y descansan en cama y, por primera vez en meses o incluso años, un entorno seguro y pacífico. Sigue Hinojal:

“Las familias que recibimos suelen ser de un adulto con un niño, solo en algunos casos vienen el matrimonio con un hijo o dos. Los menores de edad son la garantía de pasar la frontera, puesto que una de las condiciones suele ser que alguien reclame a esos menores en Estados Unidos”.

Todos llegan con sus tobilleras de localización electrónica; cuando lleguen a su destino definitivo tendrán que presentarse ante un juez que dirimirá sobre su estancia en el país.

“Sus aventuras para llegar aquí han durado entre tres semanas y un mes, incluso hay casos de mucho más tiempo. Prácticamente todos han pasado por robos, violencias, extorsiones, engaños. Cuando duermen en Anthony, por primera vez sienten que pueden descansar en paz y tranquilidad; por primera vez no dependen ni están cerca las mafias organizadas, cárteles, agentes corruptos. Nadie puede imaginarse cómo viven la victoria en esa primera noche con nosotros. Les pregunto si merece la pena pasar por tantos peligros, jugarse la vida, y me dicen que sí, pues todo eso que sufrieron en el camino y aún más ya lo estaban viviendo en sus países de origen”.

Glany, Nicole y Taty

Glany es madre de dos niñas: Nicole, de 5 años, y Taty, de 3. Salieron de su tierra natal en Guatemala hace 15 días. En cinco de ellos estuvieron en autobuses y trenes hasta que llegaron a El Paso, donde las retuvieron durante diez días en los “corralones” de la policía de fronteras.

Allí les daban una pobre ración de comida, de tan mala calidad que Glany sufrió una congestión y hubo de ser ingresada en el hospital. Las niñas también enfermaron, con alta fiebre, pero solo se curaron porque sus pequeños cuerpos se agarraron a la vida y lucharon con fuerza, porque no tuvieron tratamiento médico en ningún momento.

Glany ya está en Anthony y necesita cruzar el país y llegar hasta Chicago, adonde tardarán otros dos días y medio de autobús para encontrarse con su pareja/padre. En su cara se ve la alegría y esperanza; aunque el camino sea largo ya han llegado a la última etapa.

Roberto y Noel

Roberto viaja con su hijo Noel, de 16 años. Tardó un mes en llegar desde Honduras. En la frontera de México le trataron muy mal y, después de mucha discusión, los llevaron a la cárcel, donde hubieron de convivir con los convictos de delitos.

Después de unos días, las autoridades mexicanas les metieron en un avión y los devolvieron a Honduras. Roberto se había cansado, no quería repetir experiencia; pero su hijo Noel le animó y convenció para intentarlo de nuevo.

Pudieron pasar la frontera esta vez, aunque hicieron oídos sordos a las promesas de las mafias de que si se quedaban durante un mes en los centros de retención de emigrantes les arreglarían la residencia.

En la frontera de El Paso estuvieron retenidos durante diez días por la policía fronteriza, hasta que les permitieron pasar y llegaron a Anthony, su primera noche ya dentro del país. Roberto es espabilado, hablador, decía no tener palabras para agradecer lo que recibió en Anthony. La misma noche se pudo arreglar su viaje hacia Dallas, donde vive un hermano de Roberto.

Pedro, María, Diego, Luis y Alicia

Esta familia salvadoreña salió de su país en junio del 2018: fueron siete meses que, ahora que se pueden ver ya desde el otro lado de la frontera, parecen salidos del guion de una película de miedo o aventura.

Pedro y María están con sus hijos Diego (6 años y enfermo del corazón), Luis (4 años) y Alicia (2 años). Pasaron en su viaje por secuestros, robos, amenazas de muerte, extorsiones, huidas sin rumbo, víctimas de mafias, carteles, sicarios y aprovechados y abusadores de cualquier calaña.

En El Salvador eran una familia acomodada, con un concesionario de vehículos. Todo iba bien hasta que las pandillas empezaron a extorsionar; Pedro las denunció, pero la Fiscalía exigió que esa denuncia fuese pública para empezar a actuar, lo que equivalía a la condena a muerte por parte de las bandas.

Con una tranquilidad pasmosa, dice Pedro:

“Los lideres de las pandillas son los policías, y el jefe de todas las pandillas es el presidente de la nación, así que o pagas o te matan”.

Lo curioso del caso es que el mismo fiscal, también amenazado, tuvo que salir del país un mes después que Pedro.

Pedro salió de El Salvador sin saber a dónde iría; había pensado en el estado mexicano de Tamaulipas para ofrecer una nueva vida a su familia. En la frontera entre Guatemala y México fue víctima de las mafias: primero con la extorsión, después con el secuestro.

En un descuido de los captores todos se escaparon corriendo. Tras ser asistidos, esta vez sin extorsiones, por la Policía Federal de México, acabaron en Ciudad de México. Pedro intentó sin éxito un visado de estancia en Canadá, y es entonces cuando pone los ojos en Estados Unidos. Así que deciden salir hacia Ciudad Juárez subidos en “La Bestia”, el famoso tren de carga que cruza México hasta la frontera con Estados Unidos.

Ya en la frontera, en principio son rechazados de nuevo, hasta que unos abogados les asesoran y finalmente se les permite a toda la familia entrar en Estados Unidos, principalmente al ser reconocida la enfermedad coronaria congénita de Diego.

El caso de Pedro (extorsión de las “maras” salvadoreñas, extorsión de las mafias en México, negación de entrada en Canadá y Estados Unidos) es tan paradigmático que un grupo de abogados quiere usarlo en las campañas contra la política del presidente en materia de refugiados y migrantes.

En Nueva York tienen parientes, y hasta allí se dirigen después de pasar un par de días en Anthony. Hinojal les desea lo mejor:

“Van marcados con sus pulseras en los tobillos, y en poco tiempo un juez estudiará su caso y decidirá. Ojalá lo consigan y termine su odisea”.
Síguenos en facebook twitter youtube Español | Portugués | English Política de privacidad | Webmail

Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino.

Paseo de la Habana, 167. 28036 - Madrid, España. Teléfono: 913 453 460. CIF: R-2800087-E. Inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, número 1398-a-SE/B. Desarrollado por Shunet para OAR Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino. © 2018 - 2019.