Domingo II del tiempo ordinario: Brindis de alegría

«Vivir en cristiano no es ni beberse la botella de un trago ni tampoco emborracharse con vino de oferta. El vino de nuestra fe debe ir poco a poco reposando dentro de nosotros para que podamos compartirlo y seamos capaces de ir transformando nuestro ambiente y sacar a los demás de su monotonía y su tinaja».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 20 ene 2019

De cada cepa saldrán mil sarmientos; de cada sarmiento mil racimos; de cada racimo mil uvas; de cada uva, quinientos litros de vino. Así animaba al pueblo el profeta Baruc, según cuenta un apócrifo. Lo nuevo iba a llegar, los tiempos nuevos cargados de esplendor, de alegría sin medida, representada en el vino, harán olvidar los tiempos antiguos vividos en el exilio.

Algo parecido está en fondo del evangelio de hoy, lleno de simbolismos. La boda era la gran fiesta de la familia, que duraba varios días. En este contexto, nos encontramos en un cambio de época, en un paso de la seriedad a la alegría, del gris municipal y espeso a la vida multicolor, del agua al vino, nunca mejor dicho. Dice el evangelista que había seis tinajas, número imperfecto, pues es el siete el que indica la perfección. Y éstas eran de piedra, o sea duras, inquebrantables, rígidas. Además, estaban llenas de agua, normalidad, rutina, sin sabor, sin olor… Pura monotonía y frialdad. De pronto toda esta imperfección desaparece y aparece el vino nuevo y bueno. El vino simboliza la alegría, era considerado el elixir de la vida. La Antigua Alianza, simbolizada por esa boda en la que se acaba el vino, se convierte en la Nueva Alianza, en la que el vino es abundante y de primera calidad. La vida recupera sabor y alegría desmedida. Pero ojo, es lo antiguo lo que se transforma; el vino, no sale de la nada.

Hoy en día las normas de circulación impiden, gracias a Dios, que se mezcle la bebida con el volante, lo que ha hecho que en muchas de nuestras celebraciones tengamos que prescindir de un invitado tan ilustre como es el vino. Sin embargo, en la vida cristiana, en la Iglesia, no hay control de alcoholemia ni carnet por puntos, aunque todavía quede más de cuatro papanatas empeñados en vigilar y juzgar la conducta del prójimo en nombre de Dios, sumando y restando puntos de acuerdo al numero de confesiones, asistencias y comuniones. Quienes así viven, por desgracia, se han quedado dentro de la tinaja, Su vida cristiana se ha quedado insulsa, insípida e inodora como el agua. Continúan viviendo en el, para ellos, casto blanco y negro en el que hasta un abrazo sincero es mirado con sospecha y recelo. Siguen metidos dentro del recipiente de las purificaciones, ahogando su fe en agua bendita con relaciones frías, palabras medidas y falsas piedades. Jesús no fue ningún aguafiestas sino que hizo que la fiesta continuase adelante.

Vivir en cristiano consiste en repartir y compartir nuestra alegría, la misma que se experimenta cuando se comparte una botella de vino alrededor de una mesa. Vivir en cristiano no es ni beberse la botella de un trago ni tampoco emborracharse con vino de oferta. El vino de nuestra fe debe ir poco a poco reposando dentro de nosotros para que podamos compartirlo y seamos capaces de ir transformando nuestro ambiente sacando a los demás de su monotonía y su tinaja.

Se nos vuelve a demostrar hoy que nuestro Dios no es el de la alegría medida y enlatada, sino el de la alegría desbordante que pueda contagiar a los demás.

 

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