Fiesta del Bautismo del Señor: Tenemos que continuar el viaje

«Toca continuar el viaje. La vida sigue. Hemos de educarnos para saber percibir en nosotros la presencia del Espíritu. Éste hace que no bajemos la guardia, que no nos durmamos, que no nos sintamos derrotados, que no nos conformemos, que aspiremos siempre a más. No estamos solos».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 13 ene 2019

Viajar es uno de los hobbies favoritos de muchos de nuestros contemporáneos. La mejora general en los medios de comunicación favorece que pueda saciarse la curiosidad de conocer ciudades, países, continentes… Pero no todo es tan sencillo; viajar lleva consigo acarrear equipajes y, peor aún, prepararlo.

Celebramos el Bautismo de Jesús, su puesta en pista para comenzar la vida pública, su viaje en el que poco a poco, con el huso de la ternura y la rueca de la misericordia, empezó a tejer el tapiz de un mundo distinto más humano y más justo. No fueron pocas la dificultades, pero tenía un “ayudante” excepcional, una energía “diferente”: el Espíritu. Él es el gran protagonista de este día.

En el evangelio de hoy, a Lucas no le interesa entretenerse, como hacen otros evangelistas, en cómo sucedió el bautismo de Jesús. Nos sitúa en un día de bautismos y rápidamente centra la atención en lo que considera central, los efectos de ese bautismo. Se abrió el cielo, es decir que a partir del bautismo de Jesús, Dios entra en comunicación directa con los hombres. Allí comenzó a derramarse sobre el mundo la gracia, el favor de Dios para con los hombres que dura hasta nuestros días.

A continuación tiene lugar la unción de Jesús. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Lucas tampoco nos dice que la paloma se posara sobre su cabeza, detalle que haría mucho más gráfico lo que se quiere decir, pues el hecho de posarse implicaría que Jesús es el nido del Espíritu, su casa. Jesús queda inundado por el Espíritu y, por tanto, capacitado para la misión: Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones, afirma el profeta Isaías refiriéndose al Siervo de Yahvé.

Por último, se proclama la verdadera identidad: Tu eres mi hijo amado, el predilecto. Jesús tiene en sí la plenitud del Espíritu y todo el amor del Padre. Nos hemos encontrado en un momento con las Tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús cumple la voluntad del Padre con la fuerza del Espíritu Santo.

Jesús comienza su misión cerca de aquellos que más le necesitaban y de los que serán sus seguidores. Todos los que acudían a bautizarse manifestaban una intención de cambiar de vida, de ser purificados de sus pecados. Jesús se solidariza y muestra uno de los principios fundamentales que alivia el martilleo de las preguntas sin respuesta ante el dolor: Dios no anula el sufrimiento pero sí lo comparte.

El tiempo de Navidad, que hoy se clausura litúrgicamente, nos ha permitido reflexionar sobre esto: Dios envió a su Hijo al mundo para fundirse con lo humano de una vez para siempre y facilitar que podamos encontrarlo en la alegría y en la tristeza. Se han despejado las nubes, se han abierto los cielos: Dios nos ha mostrado a su Hijo, de carne y hueso como nosotros, y Él se ha convertido, ahora sí, en el Padre de todos, pues a cada uno en el momento de nuestro bautismo nos dice: Tú eres mi hijo amado, mi predilecto.

Toca continuar el viaje. La vida sigue. Hemos de educarnos para saber percibir en nosotros la presencia del Espíritu. Éste hace que no bajemos la guardia, que no nos durmamos, que no nos sintamos derrotados, que no nos conformemos, que aspiremos siempre a más. No estamos solos. Al igual que le sucedió a Jesús, y tomando el poema de Mario Benedetti, el Padre nos dice al oído: «No te rindas, por favor, no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento. porque no estás solo, porque yo te quiero». Hagamos el equipaje y sigamos tejiendo el tapiz del nuevo mundo, que Jesús inició y nosotros tenemos que continuar, corriendo los escombros, y destapando el cielo.

 

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